Opinión
La corrupción está ligada estrechamente al ejercicio de la política. Pero no significa que sea inevitable o que todos quienes se dedican a la política sean corruptos, incluso si tienen o han obtenido recursos propios.
Pero debe reconocerse que se trata muchas veces de excepciones. Hay la idea generalizada de que la política es intrínsecamente una profesión corrupta.
Y esto se extiende incluso a los puestos de gobierno. Así pues, la política en todos los ámbitos del sistema, incluyendo el del ejercicio de gobierno o el ámbito representativo, tiene una fama negativa muy consolidada.

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Sin embargo, hay líderes políticos y sociales que han sido leales a sus representados y si han obtenido recursos es por otras vías, sin traicionar a quienes les han dado su confianza para ejercer el liderazgo.
También hay quienes a pesar de los puestos tienen una vida modesta. No son la generalidad y son la excepción. Pero prevalece aquella famosa sentencia mexicana muy lapidaria: "Político pobre, pobre político".
Las profesiones asociadas a la política tales como la consultoría o la asesoría de alto nivel, han tenido un camino tortuoso en el sistema político mexicano. De hecho la profesionalización de estas funciones nace durante la modernización salinista, aunque los resabios de la vieja política y el desprecio a la tecno política renace con la entronización morenista en el poder.
La eficacia de la vieja política en la manipulación de masas ha hecho que la corrupción del sistema viva un verdadero boom. Renace o se fortalece la política corrupta igualando o superando en algunos casos los viejos antecedentes como el de la modernización del alemanismo.
La clásica novela de José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, rememora aquel periodo alemanista cuando el país se modernizó, se marginó de la política a los generales y hubo un boom de políticos privilegiados que buscaron sacar del atraso al país, mientras al mismo tiempo crearon sus fortunas personales.
La literatura de Pacheco es, finalmente trágica, al retratar este fenómeno y rechazarlo mediante el símbolo del suicidio de Mariana, su mítico personaje, en ésta su hermosa e inolvidable novela.
Por su parte, la modernización salinista se expresó en distintos aspectos sociales, económicos y políticos, como un cambio de paradigmas, proyectando una transformación ciertamente histórica.
Sus resultados fueron complejos, desde haber logrado el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos —el cual ha sido sostén económico del país durante cuatro décadas—, hasta el último año del sexenio, bautizado por el escritor Cristopher Domínguez como "annus horribilis".
Ese año de 1994 se significó por un alzamiento armado indígena en Chiapas, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, la conversión de los Tesobonos de pesos a dólares y un desequilibrio en la balanza de pagos con Estados Unidos, lo cual presionaba una devaluación del tipo de cambio del peso con el dólar.
Esto último, mal manejado por el gobierno entrante de Ernesto Zedillo, produjo una enorme fuga de capitales y en cadena una quiebra generalizada de miles de empresas. Solo en el rubro de los Tesobonos la pérdida del país con las corredurías bursátiles fue de 75 mil millones de dólares.
Pero las privatizaciones del salinismo —al igual que en los favoritismos del alemanismo—, crearon grandes fortunas al grado que todavía persisten ahora los mismos nombres que emergieron en esa coyuntura.
Las modernizaciones mexicanas no tuvieron como un propósito central evitar las distorsiones económicas y políticas que produce la corrupción.
Eso fue un gran error del viejo régimen, pues propició finalmente el sustento demagógico que alimentó la llegada al poder por parte del obradorismo. Morena capitalizó el resentimiento social y el hartazgo frente a la corrupción política.
De manera paradójica uno de los grandes beneficiarios del salinismo con la privatización de Telmex, Carlos Slim, se convirtió en uno de los principales impulsores del obradorismo, particularmente por disgustos particulares con el gobierno peñista, como en el caso de la cancelación oficial de los cobros a las llamadas a provincia.
El hecho es que el obradorismo prometió erradicar la corrupción política y crear un régimen austero donde no tuvieran cabida los abusos persistentes en el sistema.
Y si algo no resultó cierto de las promesas del nuevo régimen morenista, que restauró estilos y métodos del viejo priismo que se creía ya enterrado, fue precisamente la que correspondía al tema de la corrupción.
El recuento es negativo. La clase política morenista ha igualado e incluso superado precedentes. Ser político morenista no solo es ahora sinónimo de enriquecimiento, sino de total impunidad. Los recuentos e investigaciones periodísticas, las denuncias y las exhibiciones impunes de esta desmedida corrupción son abundantes.
Pero la corrupción en el sistema es autodestructiva. El ex presidente López Obrador logró imponer al frente del Instituto Nacional Electoral (INE) a su ex presidente, Guadalupe Taddei, quien ahora ha sido señalada con pruebas de distintos actos de corrupción después de que sustituyó la dirección colegiada por su poder unipersonal. Por ejemplo, la Auditoría Superior de la Federación responsabiliza de un faltante de 63 millones de pesos a la actual presidente del INE.
Un proveedor del INE se ha beneficiado con cientos de millones de pesos de contratos opacos y de asignación directa. Pero hay grabaciones que demuestran una relación de noviazgo e intimidad de este proveedor con Guadalupe Taddei.
Y también es algo grotesco. El proveedor de apellido Hernández le financió las vacaciones al hijo de Taddei en París, en un hotel que cuesta $200 mil pesos la noche. Y la presidente del INE dijo: "Yo estaba muy preocupada por mi hijo quien no salía de vacaciones y un proveedor me ofreció llevarlo a París. No veo en ello ningún abuso de mi parte, sino la preocupación de una madre por su hijo".
Guadalupe Taddei no solo debe ser destituida, sino juzgada penalmente. Y esto es una oportunidad para que la sociedad civil rescate al INE y deje de estar en manos de un partido, lo que distorsiona los procesos electorales.
Si Morena insiste en seguir controlando al Instituto Nacional Electoral, estaría persistiendo en un acto de corrupción tan grotesco como el de Taddei, que no entiende se trata de un grave conflicto de interés el que un proveedor sea su novio y se lleve a su hijo a pasear a París.
Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de Epoch Times Español.





















