El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en el Palacio del Planalto, en Brasilia, el 2 de septiembre de 2026. (Evaristo SA / AFP vía Getty Images)
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en el Palacio del Planalto, en Brasilia, el 2 de septiembre de 2026. (Evaristo SA / AFP vía Getty Images)
24 de octubre de 2026, 9:53 a. m.

Opinión

Hay líderes políticos nacionales que, por circunstancias muy específicas, se convierten en símbolos de propuestas políticas o ideológicas que trascienden las fronteras. Otros alcanzan esa dimensión por la entidad que representan, su talento personal o, simplemente, por un golpe de los tiempos, sin que falten quienes ascienden gracias a su asociación con sujetos que, mediante la fuerza o su habilidad para el crimen y la manipulación, cosecharon laureles para repartir.

Ese es el caso de Luiz Inácio Lula da Silva, compañero de aventuras de dos notables forajidos: Fidel Castro y Hugo Chávez. Aunque entiendo que Lula, por sus características personales y el coloso (Brasil) en el que ha actuado, habría alcanzado altas cotas internacionales, su asociación con ambos autócratas le resultó muy beneficiosa por el entramado operativo que uno y otro manejaban, sin descartar las vastas riquezas que el militar venezolano golpista malversó.

Lula está terminando su tercer mandato y es el mandatario brasileño que más tiempo ha ejercido el gobierno por la vía electoral. Sin embargo, debería estar preso, ya que en 2017 fue condenado por corrupción pasiva y lavado de dinero, en el marco de la Operación Lava Jato, a más de 12 años de cárcel. Sus condenas fueron anuladas de manera definitiva en 2021 por el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil.

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Sin restarle talento ni tenacidad, conviene recordar que Lula se formó y desarrolló como dirigente sindical y líder político bajo un régimen militar. Bajo un régimen como el de los Castro, no habría tenido esa oportunidad, salvo que fuese un devoto servidor. En 1980, con el respaldo de intelectuales, en su mayoría devotos del marxismo, fundó el Partido de los Trabajadores (PT), de orientación socialista, una agrupación política antisistema cuya existencia autorizó y permitió la Junta castrense, otro hito que su colega del Foro de São Paulo no le habría permitido alcanzar si lo hubiera intentado en Cuba.

El primer gran escándalo de corrupción en el Partido de los Trabajadores fue conocido como el mensalão, que involucró a ministros, dirigentes del partido, empresarios, banqueros y a una de las figuras clave del PT: el exguerrillero y jefe de gabinete de Lula, José Dirceu, un verdadero aliado de la dictadura castrista.

El PT ha sido una de esas agrupaciones políticas cuyos líderes claman por el imperio de la justicia social, pero, cuando acceden al gobierno, la mayoría de sus dirigentes se transforman en pirañas que devastan los bienes de la nación para su provecho personal. La corruptela evidenciada en el partido se manifestó nuevamente bajo el gobierno de Dilma Rousseff, quien fue escogida como heredera por Lula cuando Dirceu se encontraba en prisión.

Lula, a quien considero corrupto, ha beneficiado desde el poder a sus aliados. El respaldo político que le dio a Hugo Chávez fue más que generoso, como quedó evidenciado en expresiones como esta, de 2008: "el mejor presidente que tuvo Venezuela en los últimos cien años", o en su mensaje de 2012 en apoyo a su reelección: "Tu victoria será nuestra victoria".

Su relación con Fidel Castro fue todavía más estrecha. Llamaba a Castro "hermano mayor", mientras fortalecía los vínculos económicos con el totalitarismo insular mediante el incremento de líneas de crédito comercial por valor de cientos de millones de dólares, acuerdos de cooperación en el sector petrolero, donde la participación de Petrobras era notable, y el impulso a proyectos conjuntos de infraestructura, como el puerto del Mariel.

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Ambos idearon el Foro de São Paulo, una especie de Tercera Internacional Socialista que ha sido particularmente útil para seguir ejerciendo influencia y control sobre los asuntos sociales y políticos latinoamericanos, manipulando las prácticas democráticas a su conveniencia durante las elecciones y las protestas sociales.

Lula da Silva ha sido un subversor de la democracia, tan nocivo como lo fueron Castro y Chávez. Las victorias de propuestas populistas inspiradas en el marxismo en países como Bolivia, con Evo Morales, y Ecuador, con Rafael Correa, fueron posibles gracias a la imagen falsamente mesurada del dirigente brasileño. Él fue el verdadero inspirador porque logró éxitos en la gestión política de su país, a diferencia de Castro y Chávez, que fueron un rotundo fracaso.

En conclusión, una eventual victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil impulsaría a quienes, en todo el hemisferio, trabajan arduamente para destruir nuestros valores ciudadanos. Su derrota es esencial para la consolidación de la democracia y la libertad en las Américas. Ojalá los brasileños lo comprendan.

Autor

Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.

El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. 

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