¿México se encamina a ser un Estado fallido?

Un manifestante agita una bandera mexicana durante una marcha en contra del gobierno de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en la plaza del Zócalo de la Ciudad de México, el 15 de noviembre de 2025.  (EVA FONSECA/AFP vía Getty Images)
Un manifestante agita una bandera mexicana durante una marcha en contra del gobierno de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en la plaza del Zócalo de la Ciudad de México, el 15 de noviembre de 2025. (EVA FONSECA/AFP vía Getty Images)
21 de septiembre de 2026, 10:48 a. m.

Opinión

La pregunta con la que titulo este artículo corresponde a una visión que antes hubiera sonado absurda, pero ya no lo es, de hecho se trata de una posibilidad que algunos ya ven como una certeza.

Pero es necesario interrogar en este sentido: ¿qué tanto tiempo es "antes"? ¿Y por qué ahora algo así resulta posible y antes no lo era, incluso hubiera sido absurdo plantearlo?

El Estado moderno en nuestro país surgió de la Revolución mexicana, cuyo arco comienza en 1910 y culmina nominalmente en los años treinta del siglo XX.

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Una Revolución que comenzó por una demanda general de democracia frente a la dictadura porfirista y culminó en un proceso social con demandas de justicia laboral y agraria.

Un millón de muertos, la destrucción del antiguo orden económico, hambrunas, peste, violencia desatada: saqueos, violaciones, masacres, desolación en varias regiones del país. Un saldo del que se habla poco, pero la historia lo consigna.

Es también un proceso que va del caudillismo revolucionario hacia un orden institucional que seguía siendo, por lo menos en su definición ideológica, como "revolucionario".

Y este nuevo orden duró varias décadas y conjugaba de manera sui géneris dos conceptos: el institucional y el revolucionario. Esa era su identidad y se le reconocía así a pesar de la contradicción manifiesta.

Esa contradicción era su fuerza. El PRI no gobernaba a pesar de ser institucional y revolucionario al mismo tiempo, gobernaba precisamente por eso. Era un administrador de la crueldad.

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Mi tesis, la que sostuve en _El laberinto de la crueldad_, es que México no es el laberinto de la soledad que vio Octavio Paz. Es el laberinto de la crueldad. Pero durante setenta años, esa crueldad fue administrada. Dosificada. Predecible. Había reglas no escritas: sabías a quién sobornar, a quién temer, a quién pedir perdón. El Estado tenía el monopolio de la violencia, pero también el monopolio de la traición.

Eso es lo que se rompió.

"Antes" es antes de que ese monopolio se fracturara. Antes es 1988-2006. Después, la crueldad dejó de ser administrada por el centro y empezó a ser subcontratada.

Y aquí es donde entra la categoría de Estado fallido, que no significa que no haya Estado. Somalia no es nuestro espejo. El Estado fallido mexicano, si llega, no será por ausencia, será por duplicación.

Hoy tenemos dos haciendas: el SAT y el cobro de piso. En Celaya, en Uruapan, en Chilpancingo, el empresario paga dos impuestos y solo uno le da recibo. Tenemos dos ejércitos: el oficial que pide permiso para entrar a Aguililla, y el otro que ya vive ahí. Tenemos dos justicias: la que archiva 97% de los homicidios y la que encarga a Las Furias - esas Erinias de barrio que hacen justicia porque la oficial no llegó nunca.

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Un Estado fallido no es el que no existe. Es el que existe y ya no sirve para lo que fue inventado: proteger.

Los indicadores internacionales ya no nos tratan como anécdota. En el índice de Fragilidad 2024, México escaló a la zona de "alerta elevada", no por pobreza, sino por dos variables: aparato de seguridad fragmentado y legitimidad en caída. Traducido: el Estado ya no convence de que puede protegerte y ya no te convence de que debe mandarte.

La Revolución mexicana nos dio un Estado que duró casi un siglo porque entendió algo brutal: en México el orden nunca ha sido lo contrario del desorden. Ha sido su administrador.

Cuando el administrador renuncia, lo que queda no es el caos. Lo que queda es lo que vemos todos los días en la nota roja y que ya no nos escandaliza: la crueldad sin administración. La crueldad por deporte. Sade puro, como lo advertí en mi libro sobre Justine.

Por eso la pregunta ya no es absurda.

No nos estamos convirtiendo en Somalia. Nos estamos convirtiendo en algo más cercano a lo que somos: un Estado sádico. Que mira, que registra, que a veces lamenta, pero que ya no interviene.

Y esa es la peor forma de fracaso.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.

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