La guerra de Irán y el talón de Aquiles financiero de China

La guerra en el Golfo no originó la vulnerabilidad financiera de China. Pero ha encarecido la energía, tensionado las cadenas de suministro y expuesto las limitaciones de un modelo sostenido por la deuda, la sobreproducción, la opacidad y el crédito dirigido

Esta fotografía de archivo, facilitada por la Oficina del Ejército Iraní el 12 de marzo de 2025, muestra buques de guerra participando en unas maniobras militares conjuntas entre Irán, Rusia y China en el golfo de Omán. Las armadas de Irán, Rusia y China están llevando a cabo maniobras militares frente a las costas de Irán esta semana con el fin de reforzar la cooperación, según informan los medios de comunicación iraníes. (-/Oficina del Ejército Iraní/AFP vía Getty Images).
Esta fotografía de archivo, facilitada por la Oficina del Ejército Iraní el 12 de marzo de 2025, muestra buques de guerra participando en unas maniobras militares conjuntas entre Irán, Rusia y China en el golfo de Omán. Las armadas de Irán, Rusia y China están llevando a cabo maniobras militares frente a las costas de Irán esta semana con el fin de reforzar la cooperación, según informan los medios de comunicación iraníes. (-/Oficina del Ejército Iraní/AFP vía Getty Images).
9 de octubre de 2026, 11:04 a. m.
Actualizado el9 de octubre de 2026, 11:06 a. m.

Opinión

La guerra de Irán no creó la fragilidad del sistema bancario chino, pero sí está elevando el costo de sostenerlo. Beijing llega a esta crisis externa con una economía lastrada por la deuda inmobiliaria, gobiernos locales endeudados, una baja demanda de crédito y bancos regionales con balances opacos. El conflicto encarece la energía, perturba las rutas marítimas y debilita la rentabilidad de empresas que ya operan con márgenes estrechos. Aún no estamos ante un Lehman Brothers chino. Estamos ante algo más propio de un régimen de partido único: una erosión prolongada que el Estado puede administrar durante años, pero no resolver por decreto.

Por qué importa

China sigue siendo la segunda economía del mundo y el principal rival estratégico de Estados Unidos. Su poder financiero sostiene, directa o indirectamente, a regímenes hostiles como Irán, Rusia, Cuba, Venezuela y Nicaragua. Si la economía china se debilita, Beijing tendrá menos recursos y más incentivos para proteger sus intereses en el exterior: presionar mediante el comercio, subsidiar sectores estratégicos, asegurar activos y mercados en América Latina y respaldar a gobiernos afines. Una China económicamente debilitada no será necesariamente menos agresiva.

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Una guerra externa sobre una enfermedad interna

La disrupción en el estrecho de Ormuz y las amenazas persistentes contra el tráfico marítimo han mantenido el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril. Para China, gran importador de hidrocarburos, eso significa una factura energética mayor, presión sobre los costos industriales y una carga adicional para una demanda interna ya débil. La decisión de los refinadores chinos de restringir las exportaciones de combustibles para proteger los inventarios domésticos confirma que Beijing está priorizando la seguridad energética por encima de su papel estabilizador en los mercados regionales, según Reuters.
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La exposición es real. Antes de la guerra, cerca de la mitad de las importaciones chinas de crudo y el 36 por ciento de su suministro total dependían de rutas que atravesaban el estrecho de Ormuz. Beijing cuenta con reservas estratégicas, proveedores alternativos y corredores por oleoducto. Esos amortiguadores reducen el riesgo de un apagón eléctrico. No eliminan el costo de una interrupción prolongada ni el impacto en la industria ni en el consumidor, de acuerdo con un análisis del Center for Strategic and International Studies de 2026.

El problema ya no es solo la escasez física, sino también la logística. Los fletes de tanqueros hacia Asia llegaron a multiplicarse de aproximadamente 30 mil dólares a 1,2 millones de dólares diarios, elevando el costo del transporte hasta cerca del 27 por ciento del precio del petróleo entregado, según Reuters. El petróleo puede llegar, pero lo hará más tarde, con mayor riesgo y a un precio más alto.

El impacto sobre los bancos es indirecto, pero material. Un petróleo más caro deteriora los márgenes empresariales, eleva el riesgo de impago y dificulta la recuperación de los sectores endeudados. También restringe la capacidad del gobierno para estimular una economía que no responde con el vigor esperado ante nuevas líneas de crédito. En otras palabras, la guerra eleva el costo de administrar problemas que ya existían antes de que se disparara el primer misil.

La transmisión financiera opera en cinco pasos: el aumento de los precios de la energía y de los fletes reduce los márgenes de las manufactureras y los exportadores; una menor rentabilidad incrementa el riesgo de mora; la desaceleración reduce la recaudación de los gobiernos locales; esos gobiernos dependen aún más de vehículos de financiamiento para refinanciar deuda; y los bancos regionales, ya expuestos a promotores inmobiliarios, gobiernos locales y empresas estatales, absorben la presión. La guerra no convierte automáticamente una cartera en incobrable. Reduce el espacio para que los balances ya debilitados se recuperen.

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Los tres factores que llevaron al sistema a este punto

Primero, la implosión del modelo inmobiliario y el endeudamiento local. Durante décadas, el crecimiento chino descansó en la construcción, la venta de terrenos y el crédito dirigido. Cuando el mercado inmobiliario se deterioró, los promotores perdieron liquidez y los gobiernos locales vieron caer una de sus principales fuentes de ingresos. Los bancos regionales, íntimamente ligados a esas economías provinciales, quedaron expuestos a una combinación peligrosa de activos cuestionables y de un respaldo fiscal menguante.

Segundo, una economía con crédito barato pero con demanda solvente escasa. Las tasas bajas no han generado una expansión crediticia saludable porque las empresas y los hogares no desean asumir más deuda en un contexto de incertidumbre, deflación y menor rentabilidad. El Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte que el ajuste prolongado del sector inmobiliario y sus efectos sobre las finanzas locales siguen debilitando la demanda doméstica y alimentando presiones deflacionarias.

Tercero, la fragilidad de los bancos pequeños y regionales. El cierre y la absorción de entidades no son una reforma cosmética. Es una respuesta a problemas de capitalización, de calidad de los activos y de gobernanza. El análisis de estabilidad financiera del FMI en 2025 identifica al sector inmobiliario y a los vehículos de financiamiento de gobiernos locales como vulnerabilidades que pueden transmitirse a los bancos, especialmente en las regiones económicamente más débiles.

La ventaja y la trampa de Beijing

El Partido Comunista Chino conserva herramientas que no existen en democracias abiertas: control de capitales, dominio de la banca estatal, capacidad para ordenar fusiones y dirigir el crédito. Esas herramientas reducen la probabilidad de una corrida bancaria inmediata. También permiten ocultar pérdidas, perpetuar empresas inviables y convertir a los bancos en vehículos de política partidista, no en asignadores eficientes de capital.

Esa es la trampa. Beijing puede evitar un colapso súbito, pero no puede decretar confianza empresarial, demanda de crédito rentable ni productividad. Cada rescate encubierto, cada fusión forzada y cada inyección de capital compran tiempo. Ninguna de esas medidas resuelve por sí sola el problema central: un modelo económico que generó demasiada deuda y demasiada capacidad improductiva.

Conviene reconocer el argumento contrario. China cuenta con una base doméstica de depósitos, controles de capital, bancos estatales y rutas alternativas de suministro de energía. El FMI considera que los principales bancos cuentan con capital y liquidez significativos, aunque advierte que las vulnerabilidades subyacentes pueden estar subestimadas debido a las limitaciones de los datos disponibles. Estas defensas hacen improbable una corrida bancaria comparable a las de las crisis occidentales. Pero son defensas contra el pánico, no curas de la insolvencia encubierta, de la inversión improductiva o de la falta de demanda privada. El riesgo más verosímil no es un día de pánico; es una década de crecimiento cada vez más administrado.

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Juicio estratégico de MSI²

La guerra de Irán no provocará, por sí sola, el fin del sistema financiero chino. Sí, puede acelerar la transición hacia un estancamiento financiero administrado, en el que el Estado preserva la estabilidad nominal a costa de un menor crecimiento, una mayor asignación política del crédito y una carga creciente sobre los contribuyentes y los ahorristas. Para Estados Unidos y sus aliados, la conclusión no es de complacencia. Geopolitical Futures observa que la demanda interna sigue débil, la recuperación inmobiliaria es insuficiente y la deuda local limita el margen para nuevos estímulos. Beijing compensa esa debilidad recurriendo a las exportaciones y al crédito dirigido, pero esa fórmula tiene límites claros.

Michael Froman, presidente del Council on Foreign Relations y exrepresentante comercial de Estados Unidos, advierte en un reciente ensayo publicado en Foreign Affairs que China ya no puede resolver sus desequilibrios internos trasladando indefinidamente su sobrecapacidad al exterior. El superávit comercial chino alcanzó casi 1,2 billones de dólares en 2025. Ese excedente puede aliviar tensiones internas por un tiempo, pero también presiona industrias, empleos y gobiernos en Estados Unidos, Europa y América Latina. Lo que comienza como una debilidad financiera doméstica puede convertirse en un problema geoeconómico mundial.

Hay señales concretas que deben vigilarse: intervenciones en bancos urbanos relevantes, ampliación de los rescates provinciales, nuevas recapitalizaciones estatales, aumentos sostenidos de la morosidad y dificultades para renovar la deuda de los gobiernos locales. Si varias de esas señales aparecieran simultáneamente, China pasaría de administrar debilidades conocidas a enfrentar un problema de confianza sistémica.

Conclusión

Beijing puede seguir evitando una crisis visible mientras conserve el control sobre los bancos, el crédito y los flujos de capital. Pero ese control tiene un costo: menor crecimiento, empresas endeudadas que sobreviven gracias al apoyo político y una economía cada vez menos capaz de generar confianza. La guerra en Irán agrava esa presión al encarecer los precios de la energía y las rutas comerciales. Las fusiones bancarias muestran que el problema ya no puede ignorarse; solo se está redistribuyendo.

El conflicto también ha puesto a prueba el margen energético de Beijing. China no ha anunciado una liberación formal de sus reservas estatales de crudo, pero sus refinerías redujeron las compras externas y recurrieron a inventarios comerciales acumulados antes de la crisis. A comienzos de mayo, esos retiros rondaban un millón de barriles diarios, según Reuters. La maniobra dio aire al sistema, sin eliminar su exposición a precios elevados, rutas marítimas inciertas y datos de inventario que el Gobierno chino no divulga, de acuerdo con información de Reuters y la Administración de Información Energética de Estados Unidos.

Washington debe tratar este asunto como un frente de competencia económica y de seguridad hemisférica. Eso exige vigilar las redes que facilitan la venta de crudo iraní a refinerías chinas, reducir la dependencia de cadenas de suministro vulnerables y asegurar el acceso de Occidente a minerales críticos. También exige algo más difícil: presentar a nuestros socios en América Latina alternativas reales de financiamiento e infraestructura, con reglas claras y sin la dependencia política que suele acompañar al capital de Beijing. RAND ha señalado que la respuesta más efectiva frente a la coerción económica china combina la coordinación entre aliados con apoyo tangible a los países bajo presión. Esa es precisamente la tarea pendiente en nuestro hemisferio, según Frederick & Shatz.

Implicaciones estratégicas

1. La guerra en Irán no creó las debilidades del sistema bancario chino, pero sí ha aumentado el costo de contenerlas.

2. La crisis inmobiliaria, la deuda de los gobiernos locales y la debilidad del crédito privado siguen siendo los principales focos de presión.

3. Las fusiones bancarias pueden contener, a muy corto plazo, un problema local, pero también trasladan activos deteriorados y obligaciones a instituciones más grandes y al Estado.

4. El control del Partido Comunista sobre la banca y los capitales reduce el riesgo de una crisis súbita. No resuelve la falta de demanda, la inversión improductiva ni los problemas de solvencia.

5. Deben vigilarse los rescates de bancos urbanos, las recapitalizaciones estatales, el deterioro de la cartera crediticia y las dificultades de los gobiernos locales para refinanciar sus deudas.

6. La fragilidad económica de China tendrá consecuencias fuera de sus fronteras. Estados Unidos debe responder con una estrategia que combine la seguridad económica, cadenas de suministro resilientes y una presencia financiera sólida en América Latina.

7. El uso de inventarios comerciales de petróleo da a Beijing margen de maniobra ante una crisis, pero no corrige su dependencia de rutas marítimas vulnerables, de importaciones energéticas, de reservas opacas y de un conflicto de carácter prolongado en Irán.

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times

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