Uno de los aspectos clave del Partido Comunista Chino (PCCh) es que siempre debe proyectar confianza, control y poder. Sin embargo, cuando se trata de su enorme economía sumergida basada en monedas digitales, podría estar fallando en los tres frentes.
La economía minuciosamente planificada de China opera bajo un tecnoestado sin efectivo, donde se rastrea cada yuan, se supervisa cada transacción y se controla a cada ciudadano mediante el escaneo de un código QR. No obstante, bajo esta fachada de vigilancia fluida, se está abriendo una enorme brecha estructural.
La economía sumergida digitalizada de China se está expandiendo rápidamente, lo que implica que el PCCh podría estar teniendo dificultades para controlar su economía, más allá de lo que jamás hubiera imaginado.

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El nuevo paradigma del "dinero volador"
Para comprender por qué Beijing podría estar enfrentando dificultades, es preciso entender que las economías sumergidas ya no funcionan a base de maletines repletos de efectivo. En China, el mercado gris ilícito opera casi en su totalidad en el ámbito digital.El principal método o canal para la fuga de capitales chinos en la actualidad es un concepto de transferencia de valor centenario —conocido como feiqian o "dinero volador"— (mecanismo informal para transferir dinero) que ha sido readaptado para la era de la alta tecnología.
En una operación tradicional de feiqian, el efectivo físico nunca cruza la frontera. Un ciudadano adinerado de Shanghái entrega yuanes (moneda nacional) a un intermediario clandestino mediante transferencias bancarias internas, billeteras digitales o cuentas locales. Simultáneamente, una red asociada en Hong Kong, Vancouver o Londres deposita el valor equivalente en dólares estadounidenses, moneda extranjera o criptomonedas en una cuenta offshore (en el extranjero) propiedad del cliente.
Dado que estas transacciones paralelas emparejan activos nacionales con fondos extranjeros, los movimientos de capital reales no dejan huella alguna en las reservas oficiales de divisas de China. Sin embargo, según datos de inteligencia financiera internacional y estimaciones del Departamento del Tesoro de EE. UU., tan solo en los últimos cuatro trimestres salieron de China más de 250,000 millones de dólares en flujos ilícitos a través de redes informales.
El gran problema para el PCCh es que, si bien puede supervisar las transacciones, no puede supervisar las intenciones. Además, estas redes en la sombra operan gracias a la eficiencia digital —y dependen de ella—; se valen de billeteras electrónicas nacionales, facturación comercial, transferencias de criptomonedas entre particulares (P2P) y plataformas de pago de terceros para liquidar operaciones discretamente.
Por consiguiente, millones de ciudadanos, empresarios y delincuentes pueden sacar su patrimonio del país. Cuando decenas de millones de ciudadanos deciden trasladar silenciosamente sus ahorros a activos denominados en dólares o a criptomonedas, no existe cortafuegos lo suficientemente robusto como para detectar todas y cada una de estas operaciones.
¿Qué tan extendido está el fenómeno del "dinero volador"?
La trampa de una moneda nacional hiperdigitalizada
Beijing pasó la última década celebrando la eliminación total del efectivo y convirtiéndose en la sociedad con menor uso de dinero físico del planeta, donde los sistemas de pago móvil representan aproximadamente el 90 por ciento de las transacciones minoristas en los puntos de venta.Desde tiendas exclusivas y vendedores de a pie hasta repartidores no registrados y puestos de mercados informales, la economía sumergida y la economía de plataformas (gig economy) del país adoptaron los pagos digitales mediante códigos QR. Los billetes se convirtieron en reliquias obsoletas.
Sin embargo, esta hiperdigitalización generó dos vulnerabilidades críticas para el Partido Comunista Chino (PCCh).
Por un lado, dio lugar a una exclusión sistémica, dejando a millones de personas mayores, trabajadores rurales y visitantes extranjeros al margen de la actividad económica básica en China.
Por otro, el Banco Popular de China (BPC) ha visto rebajada su soberanía y control monetarios. A medida que la población abandonaba por completo el uso de billetes, se hizo evidente que depender exclusivamente de infraestructuras digitales comerciales privadas volvía a la economía frágil y vulnerable ante fallos electrónicos u otras interrupciones de la red. Si una red falla o si, por cualquier motivo, las personas pierden el acceso a sus billeteras digitales, el comercio y el resto de las actividades económicas se paralizan por completo.
Se difunde la imagen de China como líder en el ámbito de las monedas digitales, pero ahora el país se enfrenta a dificultades para controlarlas, ya que cientos de miles de millones de yuanes están saliendo del territorio sin dejar rastro
¿Cuál es la respuesta del partido comunista chino (PCCh) ante esta debacle?
La ilusión de las normativas de "reintroducción del efectivo"
Ante esta trampa digital, el Banco Popular de China (PBOC), en colaboración con los organismos reguladores nacionales, promulgó normativas obligatorias sobre los "servicios de cobro y pago en efectivo en yuanes", obligando a los comerciantes físicos, a los proveedores de servicios públicos y a las empresas a aceptar billetes físicos, so pena de enfrentar severas sanciones administrativas.Por supuesto, el Estado presentó estas leyes como una iniciativa compasiva con el fin de defender los derechos de los consumidores y proteger a los sectores vulnerables, como los ancianos de zonas rurales y los turistas. Sin embargo, un análisis más detenido del funcionamiento de la economía informal de China revela la verdadera situación. Es posible que el Partido Comunista Chino (PCCh) esté perdiendo el control sobre los flujos de capital, y que su red de vigilancia basada en transacciones sin efectivo no esté logrando frenar la fuga de capitales.
Al obligar a que el efectivo vuelva a circular, las autoridades centrales intentan preservar el estatus de la moneda física como medio de pago legal frente a una transición total hacia lo digital. Además, Beijing busca establecer un nivel mínimo de liquidez en efectivo.
La amenaza a la estabilidad económica
La contradicción en el núcleo de la economía china es ahora evidente.Por un lado, el Estado exige legalmente a los comerciantes locales que acepten billetes físicos. Por otro, la verdadera economía sumergida —ese motor masivo y sofisticado que traslada riqueza fuera de China— opera totalmente a través de redes digitales que eluden por completo el sistema bancario físico.
Esta dinámica amenaza la estabilidad económica de China de varias maneras.
Por ejemplo, la elevada demanda de divisas extranjeras en los canales feiqian ejerce una presión a la baja sobre el yuan dentro de la propia China. Esto amplía la brecha entre el tipo de cambio interno (onshore), fuertemente controlado, y el tipo de cambio internacional (offshore). Esta situación obliga al Banco Popular de China (PBOC) a agotar recursos para estabilizar el yuan.
La incapacidad para controlar la fuga de capitales del país amenaza la capacidad de Beijing de aprovechar la riqueza interna para financiar inversiones respaldadas por el Estado. En resumen, los controles de capital del PCCh han perdido eficacia, ya que grandes sumas de dinero salen de China a través de canales digitales.
A medida que la riqueza abandona el país en lugar de impulsar la inversión interna, el consumo, el sector bancario y otros ámbitos, la base impositiva y la inversión nacional de China disminuyen, lo que hace más pobre al país y eleva la carga de impuestos.
La lección que está aprendiendo el PCCh es contundente: ningún mandato autoritario puede restaurar la confianza en una economía cuando sus fundamentos se deterioran. El Partido puede obligar a un vendedor ambulante a aceptar un billete de 20 yuanes, pero no puede forzar a sus ciudadanos a mantener los ahorros de toda su vida atrapados en una economía en declive.
Mientras el crecimiento interno se estanque y el valor de los inmuebles caiga, el "dinero volador" digital de China seguirá escapando al control de las autoridades de Beijing.
Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de The Epoch Times.


























