"Siempre me ha encantado el desierto", escribió Antoine de Saint-Exupéry en *El Principito*. "Uno se sienta en una duna del desierto, no ve nada, no oye nada. Sin embargo, a través del silencio, algo palpita y brilla".
Tendemos a pensar en el silencio como una ausencia, una carencia. Sin embargo, en esa supuesta carencia, nos volvemos más conscientes de la presencia: nuestra propia presencia y la misteriosa presencia del mundo. Este nos habla en silencio, no en medio del tumulto. Por el contrario, el ruido y la estimulación excesivos sofocan la sencilla y hermosa conciencia de la existencia. Entierran ese latido, oscurecen ese resplandor.
Además, tiene un efecto negativo cuantificable en nuestra capacidad para aprender, recordar y crear. El ruido puede sacarnos del "estado de flujo" que encontramos en la quietud, un estado en el que somos capaces de ordenar nuestros pensamientos y abrirnos a la inspiración que nos ofrece el mundo.
Hay dos tipos de ruido que pueden dañar nuestra capacidad para pensar, concentrarnos y descubrir: el ruido literal y la sobreestimulación, sea cual sea la forma que adopten (auditiva, visual, mental). En cuanto al ruido literal, las investigaciones indican que las cantidades excesivas sabotean la cognición y la salud en varios frentes, incluyendo la capacidad auditiva, la capacidad de aprendizaje y los niveles de estrés corporal.

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Lo que está en juego
Vivimos en un mundo ruidoso. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU., el 12.5 por ciento de los niños y adolescentes —uno de cada ocho— ha sufrido daño auditivo permanente debido a una exposición excesiva al ruido. Los ruidos fuertes pueden dañar tanto las diminutas células del interior del oído (llamadas células ciliadas) como el nervio auditivo que transmite las señales de esas células al cerebro. Cualquier sonido por encima de los 70 decibelios —el volumen de una aspiradora o lavadora estándar— puede dañar potencialmente la audición con el tiempo. Y cuanto más fuerte es el sonido, menos tiempo tarda en dañar el oído.Pero no solo tenemos que lidiar con el daño auditivo. La estimulación sónica también puede interferir con las funciones cognitivas. Por ejemplo, los estudios han demostrado que a los niños les cuesta más concentrarse en salones de clase ruidosos y obtienen peores resultados en tareas de lectura y en la memorización de información. Su rendimiento académico es menor porque sus cerebros tienen que esforzarse más para filtrar el ruido de fondo e identificar qué es importante y qué no lo es.
Lynna Martínez-Khalilian, directora académica de Fusion Academy —una organización que trabaja con estudiantes que tienen dificultades en las aulas tradicionales— declaró a The Epoch Times: "Para algunos estudiantes —específicamente aquellos con TDAH, diferencias en el procesamiento auditivo o sensibilidades sensoriales— el esfuerzo requerido para filtrar el ruido de fondo puede consumir recursos cognitivos que, de otra manera, estarían disponibles para el aprendizaje".
Un estudio de 2018 de la Universidad de Wisconsin-Milwaukee reveló que el nivel promedio de ruido en una escuela urbana con altos índices de pobreza era de 63.7 decibelios, con un máximo de 85 decibelios. (Ninguna de las mediciones de sonido identificó niveles iguales o inferiores al nivel de ruido recomendado para las aulas, que es de 35 decibelios). Alrededor del 40 por ciento de los estudiantes reportó sentirse molesto por el nivel de ruido mientras realizaba un examen estandarizado de matemáticas, y cuanto más se sentían molestos por el ruido, más bajas eran sus calificaciones en el examen.
De manera similar, un estudio de 2019 descubrió que los estudiantes adolescentes obtuvieron resultados significativamente peores en una prueba de comprensión lectora cuando la realizaron con un ruido de fondo de 70 decibelios.
Incluso cuando el ambiente se vuelve más silencioso, puede ser difícil para los niños (y los adultos) acostumbrados a mucho ruido experimentar esa calma: sus cerebros se vuelven más "ruidosos" en el sentido de que los nervios auditivos permanecen más activos incluso cuando el entorno está en silencio.
Por supuesto, no todos los estudiantes son iguales, y algunos incluso se benefician de un ruido de bajo nivel.
Dulce silencio
Independientemente del nivel óptimo de ruido externo para cada estudiante en particular, todos se benefician de tener un "silencio" interno: un cerebro tranquilo y concentrado.Una forma en que las personas pueden trabajar para "calmar" sus cerebros es a través del deporte. Un estudio de 2019 descubrió que los atletas universitarios de la División I tienen un "ruido neuronal de fondo" reducido, lo que a su vez los hace más receptivos a los sonidos en comparación con quienes no practican deporte. ¿Por qué sucede esto? Una explicación probable es que los atletas tienen que aprender a responder a los estímulos auditivos adecuados —un compañero de equipo que pide el balón, un entrenador que grita instrucciones— en medio del bullicio de una competencia. También podría estar relacionado simplemente con un mayor nivel de condición física.
El costo de la creatividad
Tanto el ruido físico como el “ruido” metafórico (en el sentido de estimulación y distracción constantes) pueden agotar la fuente de creatividad e inspiración en la mente y el alma humanas. El Dr. Neel Burton señaló en Psychology Today que pensadores destacados como Kant, Proust, Kafka, Darwin, Platón, Aristóteles y Epicuro detestaban el ruido y buscaban lugares tranquilos para su reflexión. Como señala Burton, el filósofo Arthur Schopenhauer escribió un ensayo en el que se quejaba de la forma en que los ruidos fuertes interfieren con el pensamiento y la creación artística. Él mismo era muy sensible al ruido y consideraba que este rasgo estaba relacionado con las actividades intelectuales. Escribió, con cierto tono irónico:"Ciertamente hay personas, es más, muchísimas, que sonreirán ante [mi situación], porque no son sensibles al ruido; sin embargo, son precisamente estas personas las que no son sensibles al razonamiento, al pensamiento, a la poesía o al arte, en resumen, a ningún tipo de impresión intelectual: un hecho que debe atribuirse a la calidad tosca y la textura gruesa de sus tejidos cerebrales".
Si bien la afirmación de Schopenhauer de que quienes no se ven afectados por el ruido también son insensibles al pensamiento profundo es obviamente injusta y egoísta, no está del todo equivocado sobre la conexión entre la quietud —interior y exterior— y la inspiración.
"La inspiración necesita espacio para aterrizar", dijo Trish Leigh, una neurocientífica cognitiva especializada en adicción digital, en un video reciente de YouTube. "Pero en esta vida de constante sobreestimulación digital, ese espacio no está disponible". Vivimos envueltos no solo en ruido literal, sino también en el “ruido” de las constantes distracciones digitales, notificaciones y anuncios: una capa de estimulación que confunde al cerebro, superpuesta al ritmo ya de por sí agitado de la vida moderna.
Leigh explica que la creatividad y la inspiración brotan del suelo bien labrado del aburrimiento. Solo cuando hay espacio para aburrirse, para reflexionar y para dejar que la mente divague, la creatividad tiene la oportunidad de florecer. Vemos cómo esto se manifiesta especialmente en los niños. En aquellos lejanos días previos a Internet, los niños tenían que soportar una mayor dosis de aburrimiento, pero desarrollaban una mayor capacidad para el pensamiento original y especulativo; por ejemplo, convirtiendo montones de palos en fuertes y torres de guijarros en ciudades. Tenían tanto la motivación (el aburrimiento) como la libertad (tiempo sin estructura y sin distracciones) para ser creativos. Pero hoy en día, con los ojos y los dedos pegados a los dispositivos, el aburrimiento —y los mundos que abre— no tiene tiempo de aflorar.
Esto se aplica igualmente a los adultos. Como estamos tan acostumbrados a recibir estimulación constante y descargas de dopamina de nuestros dispositivos, nos quedamos estancados en el "modo de consumo" en lugar del "modo de creatividad". Nos hundimos en un ciclo de estimulación, colapso y entumecimiento, lo que nos lleva a buscar estimulación nuevamente. El ruido nunca se detiene. La quietud nunca tiene tiempo de instalarse sobre nosotros.
El pensamiento creativo cobra vida cuando activamos lo que se conoce como la "red por defecto" en nuestro cerebro: las áreas que se activan durante el descanso, la reflexión y la tranquilidad, donde procesamos y meditamos. Pero cuando nos volvemos adictos a los estímulos digitales (u otras dosis nocivas de dopamina), la red por defecto no tiene oportunidad de activarse. "Cuando te bombardean con lo que se conoce como estímulos supernormales —notificaciones, alertas— que están literalmente diseñados para mantenerte enganchado, de esa manera tu cerebro no puede entrar en la red por defecto", afirmó Leigh. "Se mantiene en modo de supervivencia. ... Está en un estado de tensión cerebral".
Una solución sencilla
¿Qué hacer al respecto? ¿Cómo domar el tumulto y invocar la quietud? Leigh aconsejó romper conscientemente el ciclo de hábitos automáticos que buscan dopamina. "Elige la conciencia en lugar del piloto automático", dijo.A continuación, busca una desintoxicación de dopamina, aunque eso comience simplemente con pasar unos minutos sin el celular, sin exigir gratificación y estimulación instantáneas.
Por último, desarrolla rituales de alineación con un propósito: rutinas sencillas que te ayuden a conectarte con la tierra y a asentarte en el momento presente, con la suave gracia de la quietud que envuelve tu cuerpo. El ritual de Leigh consiste en sentarse en silencio cada mañana, preferiblemente al aire libre. Esto proporciona una dosis de dopamina (a un nivel saludable), serotonina y oxitocina.
Este tipo de rutina tranquila, que invita a una alegría suave al inicio del día, es mucho mejor que recurrir de inmediato al celular, lo cual provocará una saturación poco saludable de dopamina, lo que conduce al agotador ciclo de estimulación-caída-entumecimiento-estimulación descrito anteriormente. Es un poco como empezar el día con una dona: te estás preparando para picos y caídas de azúcar en la sangre durante todo el día.
Silencio. Quietud. Paz. Bienes escasos en la sociedad actual, que funciona a base de la economía de la atención. Sin embargo, se pueden recuperar y, con ellos, una parte importante de nuestra humanidad. Cuando lo hacemos, nuestros oídos, corazones, mentes y almas se benefician.























