Opinión
Europa comenzó a adoptar una postura más dura en sus negociaciones comerciales con China.
Se trata de un cambio importante respecto a años anteriores, cuando las grandes empresas europeas mantenían operaciones rentables en China y utilizaban su influencia política para garantizar que nada proveniente de su parte del mundo ofendiera a Beijing.
Sin embargo, las circunstancias cambiaron. La nueva competencia de los productores chinos locales hicieron que las operaciones europeas en China —antes rentables— resulten mucho menos atractivas; al mismo tiempo, una oleada de exportaciones chinas hacia Europa ha perjudicado a los productores locales.

China, más allá de la propaganda.
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A su vez, los aranceles impuestos por la administración Trump han limitado las opciones de China en Estados Unidos. Por ello, los europeos son conscientes de que, por ahora, China necesita más que nunca las ventas en Europa, y decidieron aprovechar esta ventaja en sus negociaciones con Beijing. Está por verse cómo evolucionará la situación, pero se trata de un giro significativo de los acontecimientos.
Hasta hace un par de años, Europa parecía disfrutar del comercio con China. Incluso cuando el presidente Donald Trump se quejaba del impacto que las importaciones chinas tenían en la economía estadounidense —e imponía aranceles con la esperanza de revertir ese daño—, los consumidores europeos seguían disfrutando de un flujo constante de productos chinos a precios más atractivos que los de los bienes fabricados en Europa.
Al mismo tiempo, las grandes empresas europeas disfrutaban de operaciones sumamente rentables en China, donde parecía existir un gran apetito por los productos europeos. El sector automotriz sirve como ejemplo: entre 2003 y 2022, las ventas de Mercedes en China crecieron un 24 por ciento anual; las de BMW, un 20.2 por ciento anual; y las de Audi, un 12.6 por ciento anual. La balanza comercial de la Unión Europea con China se deterioró ligeramente, pero durante la mayor parte de este periodo la situación se mantuvo bajo control.
Sin embargo, en los últimos dos años, el panorama ha cambiado radicalmente. El impulso de Beijing —a través de su programa "Made in China 2025"— para obtener ventajas en tecnologías avanzadas y productos de alto valor ha mermado considerablemente los niveles de ventas de los que antes gozaban los exportadores europeos.
La situación de los automóviles alemanes sigue siendo un buen ejemplo. En el segundo trimestre de este año, las ventas de Mercedes en China cayeron un 30 por ciento respecto a los niveles registrados 12 meses antes. Las ventas de BMW disminuyeron un 25 por ciento en los 12 meses que finalizaron en el tercer trimestre de este año, mientras que las de Audi cayeron un 12 por ciento durante el primer trimestre.
Ante descensos similares en las ventas a China de otros productos europeos, el sector empresarial del continente se muestra mucho menos dispuesto que antaño a abogar por una postura más conciliadora de la UE respecto al comercio con China.
Paralelamente, China —tras haber perdido cerca del 50 por ciento de sus ventas en Norteamérica debido a los aranceles impuestos por Trump en 2025, y habiendo recuperado muy poco desde entonces— intensificó sus esfuerzos por aumentar sus ventas en Europa. En 2025, las importaciones de la UE procedentes de China crecieron un 12.5 por ciento. Esta tendencia continuó en 2026, con un incremento del 8 por ciento durante los 12 meses que concluyeron a mediados de año.
El déficit comercial de la UE con China pasó de 66,140 millones de euros en el primer trimestre de 2024 a 103,340 millones de euros en el segundo trimestre de este año; es decir, casi se duplicó en poco más de dos años. Dado que la comunidad empresarial europea ya no apuesta por un comercio sencillo con China, y ante la creciente presión sobre las autoridades europeas para que actúen —impulsada por un déficit comercial cada vez mayor—, los funcionarios de la UE comenzaron a exigir concesiones a Beijing con mucha más firmeza que antes. Cabe destacar que Francia y Alemania —las dos mayores economías de la UE— unieron sus fuerzas para presionar a China con el fin de obtener dichas concesiones.
La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, manifestó públicamente que el comercio con China podría erosionar el "pilar" de la fortaleza económica europea: la industria manufacturera de tecnología intermedia.
París dejó clara su postura en febrero mediante un informe gubernamental titulado, de forma provocadora, "La apisonadora china", en el que se describen las importaciones procedentes de China como una amenaza para el bienestar europeo. El canciller alemán, Friedrich Merz, se hizo eco de estas preocupaciones.
Como si esto no fuera suficiente para otorgar a los europeos una mayor capacidad de negociación, China —en un contexto de escaso crecimiento interno— ha hecho que su economía dependa aún más de las exportaciones. Su programa "Made in China 2025" —que inyectó miles de millones en sectores como los vehículos eléctricos, la industria aeroespacial, los semiconductores, la computación cuántica y la tecnología biomédica, entre otros— ha generado una capacidad productiva que supera con creces lo que su propia economía interna, poco robusta, puede absorber. Esto convierte a las exportaciones en la única vía para justificar tales inversiones masivas. Y, dado que el potencial de crecimiento de las ventas en Estados Unidos es limitado, Beijing necesita, muy especialmente, los mercados europeos.
Esta necesidad urgente impide que Beijing presione a Europa con la misma agresividad que ha mostrado en ocasiones anteriores. Antes de este reciente giro, las quejas europeas sobre los subsidios de Beijing a sus exportadores, o sobre las trabas a las ventas europeas en China, apenas lograban concesiones; a lo sumo, se obtenían promesas retóricas sobre el fomento de la compra de productos europeos por parte de los ciudadanos y las empresas chinas.
Si la UE hubiera impuesto aranceles a los vehículos eléctricos chinos —como ocurre desde hace relativamente poco—, Beijing habría respondido con acusaciones beligerantes de incumplimiento de la normativa europea y con amenazas de represalias.
Sin embargo, ahora que la economía china depende en mayor medida de sus ventas en Europa, Beijing adoptó una postura mucho más conciliadora. En un cambio drástico respecto a su comportamiento pasado, Beijing acordó recientemente limitar las ventas de vehículos eléctricos e híbridos europeos a 350,000 unidades anuales, estableciendo un tope de crecimiento futuro del 6 por ciento anual. Los europeos saben que, en palabras de Elvire Fabry —directora de comercio y seguridad económica en el Instituto Jacques Delors, con sede en París—, Europa solo dispone de una "pequeña ventana de oportunidad". El reconocimiento de esta ventaja limitada llevará, sin duda, a las autoridades de la UE a presionar aún más a Beijing en los próximos meses.
Se habla de ampliar el tope a las exportaciones de vehículos eléctricos mediante una medida similar para el sector químico. En este sentido, la UE está debatiendo la creación de lo que denomina un "instrumento de diversificación", con el fin de garantizar que las empresas europeas cuenten con cadenas de suministro que no dependan exclusivamente de China.
Parece que Beijing sobreestimó su capacidad de influencia en Europa, como ya ocurrió en Estados Unidos.
Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de The Epoch Times.
















