Lo que la medicina estadounidense perdió en los últimos 50 años
En las tardes de invierno en Great Neck, Nueva York, el joven Frank Ittleman veía a su padre entrar en casa tras pasar frío, con su sombrero fedora en la cabeza y una pesada bolsa negra en la mano. Las habitaciones delanteras de su pequeña casa hacían las veces de consulta médica, llenas de armarios de madera oscura y con una enorme máquina de rayos X apoyada contra la pared. En el sótano, las placas de rayos X se secaban en un cuarto oscuro habilitado en el conducto del carbón.