Dafne Wiswell sabía que su padre, un gran aficionado a la comida poco saludable, no sería capaz de seguir la recomendación de su cardiólogo de adoptar una dieta mediterránea. Por ello, ella y su hermana ayudaron a Fred a iniciar un régimen que le resultara más agradable: rico en productos de origen animal —con abundante carne de res y queso— y que incluye únicamente aquellos vegetales verdes que él tolera. Cuando Fred sigue esta dieta, sus biomarcadores cardiovasculares mejoran.
"Es algo sorprendente", comentó Wiswell a The Epoch Times, añadiendo que, al seguir este plan, su padre experimenta un aumento en sus niveles de energía y su peso vuelve a situarse en un rango más saludable.
El régimen de Fred contradice décadas de recomendaciones nutricionales orientadas a la salud cardíaca, las cuales sugieren reducir el consumo de carne roja y otras fuentes de grasas saturadas. No obstante, para Fred —quien ha necesitado la colocación de 10 stents—, esta dieta representa una mejora nutricional en comparación con sus hábitos habituales.
Si bien la dieta de Fred no es ideal para todo el mundo, pone de relieve problemas en el enfoque limitado que, durante décadas, han mantenido las directrices dietéticas respecto a las grasas saturadas.

Salud real, sin ruido.
En Epoch Salud seleccionamos investigaciones, consejos de expertos y remedios naturales para cuidar tu bienestar y el de tu familia.
Suscríbete y recibe cada semana lo más relevante en salud, directamente en tu correo.
Además, un nuevo estudio noruego sugiere que la base científica de dietas como la de Fred es mucho más compleja y menos clara de lo que, durante décadas, han dado a entender las recomendaciones sobre la salud cardiovascular.
Las actuales directrices dietéticas de Estados Unidos recomiendan que no más de 20 gramos —o el 10 por ciento de las calorías diarias— provengan de grasas saturadas. El consejo que hemos escuchado durante décadas es el siguiente: sustituir la mantequilla por aceite vegetal al cocinar, consumir pollo y pescado en lugar de carne de res, y optar por los frutos secos como tentempié en vez del queso.
El estudio siguió una dirección opuesta. Los participantes con obesidad más que duplicaron la cantidad de grasas saturadas en su dieta, de modo que más del 30 por ciento de sus calorías provenían de este tipo de grasas. Siguieron dietas bajas en carbohidratos, que representaban menos del 10 por ciento de su ingesta calórica. A modo de comparación, otros dos grupos fueron asignados a dietas con un mayor contenido de carbohidratos. Los tres grupos consumieron la misma cantidad de proteínas, limitaron los azúcares añadidos a no más del 2 por ciento del total de calorías e ingirieron aproximadamente 17 onzas (unos 480 gramos) de vegetales al día.
A lo largo de dos años, se realizaron varias mediciones de los lípidos —colesterol y triglicéridos—.
En el grupo que siguió una dieta baja en carbohidratos y rica en grasas, los triglicéridos —un tipo de grasa que el cuerpo utiliza para almacenar energía— disminuyeron entre un 20 y un 35 por ciento, mientras que el colesterol HDL (lipoproteínas de alta densidad), conocido como colesterol "bueno", aumentó entre un 5 y un 18 por ciento. Sin embargo, el colesterol LDL (lipoproteínas de baja densidad), o colesterol "malo", aumentó entre un 5 y un 10 por ciento en este grupo. Esta es la cifra que preocupa a los cardiólogos. Se cree que las partículas de LDL pueden penetrar en las paredes arteriales, provocar inflamación y formar placas. Si una placa se rompe o se erosiona, puede bloquear el flujo sanguíneo hacia el corazón y causar un infarto.
El LDL por sí solo no cuenta toda la historia
El LDL mide la cantidad de colesterol que transportan estas partículas —según su peso—, pero no cuántas partículas hay. Otro marcador, la apolipoproteína B (apoB), ayuda a estimar el número de partículas con potencial para formar placa, ya que cada partícula lipídica transporta exactamente una molécula de apoB. Más partículas significan una mayor probabilidad de formación de placa. El problema es que la apoB no forma parte de un perfil lipídico estándar; se trata de una prueba más avanzada que, no obstante, se está volviendo cada vez más común.En este estudio, la apoB —que normalmente se eleva cuando lo hace el LDL— no aumentó en el grupo que siguió una dieta baja en carbohidratos y rica en grasas, a pesar de que el LDL sí aumentó. Los autores señalan que el incremento de LDL parece deberse a la presencia de partículas de mayor tamaño. "Este patrón podría reflejar un procesamiento más eficiente de los lípidos y justifica una mayor investigación sobre las implicaciones de la dieta para la salud", escribieron los autores. En un comunicado de prensa, destacaron que un aumento en el LDL no debería considerarse un factor de riesgo por sí solo sin examinar otros biomarcadores.
Interrogantes sobre las enfermedades cardíacas
El cardiólogo Dr. Jared Spitz y Jacobson señalaron varias limitaciones:Resultados en enfermedades cardíacas: El estudio realizó un seguimiento de los marcadores sanguíneos, no de los infartos. "Hasta que no contemos con pruebas, en este tipo de población, de que este tipo de dieta y los cambios asociados realmente reducen lo que más nos preocupa —es decir, los infartos—, creo que el tratamiento intensivo del colesterol LDL seguirá siendo nuestro objetivo terapéutico", afirmó Spitz.
Abandono del estudio: De los 193 adultos que comenzaron el estudio, solo el 30 por ciento permaneció en él a los 12 meses y el 16 por ciento a los dos años; en cada grupo, el porcentaje de personas que abandonaron fue similar al finalizar el estudio. Las personas que permanecen en un ensayo dietético suelen ser diferentes de las que lo abandonan, lo cual puede sesgar los resultados. Registro de la propia ingesta: Los participantes llevaron sus propios diarios alimentarios durante tres días cada dos semanas.
Un grupo reducido de personas que completaron el estudio: "Una, dos o tres personas pueden alterar considerablemente los datos —señaló Jacobson— y, por tanto, hacer que algo parezca estadísticamente más significativo". Añadió que la nutrición es un campo difícil de estudiar, ya que los investigadores no pueden encerrar a las personas en un hogar y supervisar todo lo que consumen durante años.
¿Son las grasas saturadas el problema?
La cuestión de si las grasas saturadas aumentan, por sí mismas, el riesgo de padecer enfermedades cardíacas es objeto de un debate prolongado. Una revisión publicada en Advances in Nutrition, que analizó 31 publicaciones —las cuales abarcaban 32 revisiones sistemáticas y metaanálisis—, no halló una relación consistente entre el consumo de grasas saturadas y las enfermedades cardiovasculares o la muerte. Dos revisiones detectaron efectos perjudiciales; tres, efectos beneficiosos en relación con el accidente cerebrovascular; y la mayoría no encontró una asociación significativa o mostró resultados contradictorios. Los autores señalaron que estos hallazgos neutrales plantean dudas sobre la evidencia que vincula las grasas saturadas con las enfermedades cardiovasculares.El cardiólogo Dr. William Davis, autor del libro Wheat Belly (que promueve una dieta sin cereales), va más allá. Afirma que nunca se ha establecido una relación causal y que el colesterol LDL es un indicador de riesgo deficiente.
Davis declaró a The Epoch Times que basarse en los aumentos del colesterol LDL para vincular las grasas saturadas con las enfermedades cardíacas ha llevado a los investigadores por un camino equivocado durante décadas. "Este estudio contribuye a cuestionar aún más esa idea", añadió.
¿Qué significa esto en la práctica?
Ni Spitz ni Jacobson tienen previsto modificar sus recomendaciones de mantener bajo el consumo de grasas saturadas.Jacobson suele iniciar a casi todos sus pacientes en una dieta mediterránea; posteriormente, ajusta la ingesta de grasas y carbohidratos mediante pruebas genéticas (genotipo ApoE), las cuales permiten predecir cómo responde cada individuo a las grasas de la dieta. Alrededor del 60 por ciento de sus pacientes posee un genotipo que, según ella, responde mejor a la dieta mediterránea. Otros, en cambio, podrían necesitar reducir aún más el consumo de grasas.
Spitz añadió que la popularidad de las dietas ricas en grasas y bajas en carbohidratos está generando un interés que los médicos no pueden pasar por alto, incluso si consideran que tales regímenes conllevan riesgos para la salud cardíaca. "Requiere mucha comprensión sobre cómo reaccionan las distintas personas y, tal vez, entender qué motiva a los pacientes", señaló.
Según su hija, para Fred, sustituir la comida rápida y los aperitivos ultraprocesados —que consumía durante sus años como camionero— por alimentos integrales ha mejorado sus biomarcadores y su salud general.
El problema es lo que ocurre después: se siente mejor, vuelve a consumir comida basura y termina necesitando otro stent. Es frustrante presenciar esto, comenta su hija, porque resulta evidente que la dieta le ayuda.

















