1962: Un avión de patrulla estadounidense P2V Neptune sobrevolando un carguero soviético durante la crisis de los misiles en Cuba. (MPI/Getty Images)
1962: Un avión de patrulla estadounidense P2V Neptune sobrevolando un carguero soviético durante la crisis de los misiles en Cuba. (MPI/Getty Images)
3 de noviembre de 2026, 1:47 p. m.

Opinión

La crisis de los misiles de octubre de 1962 fue uno de los episodios más peligrosos de la Guerra Fría. Durante trece días, el mundo estuvo al borde de una confrontación nuclear cuyas consecuencias habrían sido devastadoras. Para quienes vivíamos en Cuba y enfrentábamos el establecimiento de una dictadura totalitaria, aquellos acontecimientos tuvieron una dimensión particular: éramos testigos de una tragedia nacional que amenazaba con convertirse en una catástrofe universal.

Han transcurrido 64 años. Las incontables crisis que le han sucedido tal vez han deslucido un poco aquellos trece días de octubre, pero quienes los vivimos los cargaremos en la mochila hasta el día del juicio final. Aunque, en honor a la verdad, creo que muchos de los que estábamos enrolados en la lucha contra el totalitarismo en gestación, en aquel entonces, no fuimos capaces de percatarnos de lo cerca que estuvimos de que el delirio de grandeza del tirano en jefe, Fidel Castro, pulverizara el mundo.

Cuba era un caos controlado por la nueva clase gobernante: la desorientación ciudadana era absoluta, el régimen incentivaba la envidia y la confrontación, la represión estaba presente en toda la sociedad, y la desconfianza y la duda hacían presa de todos.

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Las consignas eran mandamientos de imperioso cumplimiento. La progresiva falta de suministros, el control de la prensa y las confiscaciones de bienes formaban parte de un plan gubernamental para desestabilizar a la población y aplastar la creciente oposición.

Los Castro y sus lacayos no dejaban nada al azar: el miedo tenía que señorear sobre todos. La confusión era total. Reaccionábamos ante la violación de nuestros derechos, la represión, los encarcelamientos masivos y el fatídico paredón, cuyos ecos resonaban de un extremo a otro de la Isla, pero no nos percatábamos de la magnitud de los acontecimientos, que superaban con creces nuestros niveles de comprensión.

Octubre de 1962: Fotos aéreas de espionaje de una base de misiles balísticos de alcance medio, con etiquetas que detallan diversas partes de la base durante la Crisis de los Misiles en Cuba, San Cristóbal, Cuba. (Hulton Archive/Getty Images)Octubre de 1962: Fotos aéreas de espionaje de una base de misiles balísticos de alcance medio, con etiquetas que detallan diversas partes de la base durante la Crisis de los Misiles en Cuba, San Cristóbal, Cuba. (Hulton Archive/Getty Images)

Reconozco que no estábamos preparados para el reto que enfrentábamos. Éramos unos adolescentes dispersos en varios centros de segunda enseñanza; actuábamos por principios, inspirados en los valores trascendentales de la Patria, pero no pasábamos de ser unos simples extras en lo que sería la gran tragedia cubana, que ni los más avispados de nosotros, Aquilino Álvarez y el hoy escritor José Antonio Albertini, pudieron imaginar.

Por su parte, la entonces incipiente dictadura sabía lo que quería y qué hacer; sus líderes no conocían límites en su falta de escrúpulos. Entregó la soberanía nacional a la Unión Soviética. El país se convirtió en el portaaviones del Kremlin en el Caribe. Se militarizó la sociedad y el régimen mostró su verdadero rostro, que muchos de nosotros ya conocíamos.

Destruir a Cuba y lo cubano era su objetivo; la ruina de la nación cubana, su principal meta. Después, escogió a Estados Unidos como enemigo internacional. Washington y el pueblo cubano lo subestimaron. Nadie concibió la ausencia absoluta de valores patrios del liderazgo castrista ni su propósito de convertir la Isla en una satrapía del Kremlin con tal de lograr el apoyo material y político que requería para perpetuarse en el poder, mientras Fidel Castro aspiraba al liderazgo mundial que, al parecer, siempre ambicionó. Un proyecto para el cual la crisis de octubre le fue particularmente útil.

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Durante meses se dijo que había misiles en Cuba. Algunos no lo creíamos. Recuerdo a un compañero apodado "Billín", que repetía incesantemente que los misiles estaban camuflados entre las palmas. Insistía tanto en eso que lo rebautizamos como "Palma Atómica". Ni los propios enemigos del castrismo creíamos a Fidel capaz de hundir la Isla en el mar, como había llegado a plantear en La historia me absolverá. Nos reíamos, pero las sospechas crecían.

Grandes camiones, conducidos y protegidos por soviéticos, con cargas completamente cubiertas, atravesaban las zonas rurales, y se ordenaba a la población de los lugares por donde transitaban que se encerrara en sus casas. La resistencia informó sobre esos movimientos; varios de sus integrantes fueron a presidio por sacar información sobre aquellos manejos.

El despliegue de militares fue atemorizante. El ejército y las milicias fueron movilizados. Por todas partes se emplazaron unas ametralladoras soviéticas conocidas como "cuatro bocas"; el miedo se expandió como nunca antes.

El derribo del U-2 fue falsamente atribuido a Fidel Castro. Aun cuando parecía que el mundo se rompería en mil pedazos, el ego del dictador supremo seguía creciendo. Castro estaba, como se dice coloquialmente, en su salsa. Siempre había querido la muerte de los otros sin importar el costo, al extremo de que le pidió a Nikita Jrushchov que bombardeara preventivamente a Estados Unidos antes de que Cuba fuera atacada.

No tengo dudas de que soñaba con misiles atómicos ensombreciendo el sol: una especie de Nerón que, mientras disfrutaba de un tabaco Cohíba, contemplaba complacido cómo se extinguía la vida en la Tierra, incluida la suya. Su filosofía de vida fue ganar, sin importar el costo.

Conclusiones

Han pasado más de seis décadas y todavía me estremece recordar aquellos días. La humanidad escapó de la hecatombe nuclear, pero Cuba no pudo librarse de la tragedia que se había iniciado. La crisis de octubre demostró hasta dónde puede llegar un gobernante cuando su ambición de poder se impone sobre la vida de sus compatriotas y el destino de la nación. Para quienes vivimos aquellos acontecimientos, la lección permanece intacta: ningún pueblo debería quedar a merced de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo para satisfacer sus delirios de grandeza.

Autor

Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.

El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. 

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