Transformación digital y la conquista de los polos en el siglo XXI

uzos de la Armada de Colombia toman muestras en la isla Livingston, en las islas Shetland del Sur (Antártida), el 27 de enero de 2024. Científicos e investigadores de diversos países colaboran en proyectos durante la X Expedición Antártica a bordo del buque de investigación colombiano 'ARC Simón Bolívar', diseñado exclusivamente para el desarrollo de proyectos científicos. (JUAN BARRETO/AFP vía Getty Images)
uzos de la Armada de Colombia toman muestras en la isla Livingston, en las islas Shetland del Sur (Antártida), el 27 de enero de 2024. Científicos e investigadores de diversos países colaboran en proyectos durante la X Expedición Antártica a bordo del buque de investigación colombiano 'ARC Simón Bolívar', diseñado exclusivamente para el desarrollo de proyectos científicos. (JUAN BARRETO/AFP vía Getty Images)
30 de octubre de 2026, 8:17 p. m.

Análisis

La expansión de la inteligencia artificial generativa ha elevado de forma notable la demanda eléctrica y de refrigeración de los centros de datos, mientras el calentamiento de la atmósfera y del océano reduce la eficiencia del enfriamiento en latitudes templadas y cálidas.

Aquí se examina si ese doble fenómeno está reorientando la infraestructura digital hacia latitudes altas y qué consecuencias tiene para la competencia entre grandes potencias en el Ártico y, con una lógica muy distinta, en la Antártica. Se sostiene que el clima es un factor de localización relevante pero secundario frente a la energía, la latencia y la seguridad jurídica, y que la infraestructura digital (centros de datos, cables submarinos y estaciones terrestres satelitales) se ha convertido en un nuevo vector de la rivalidad polar, junto con los recursos y las rutas marítimas.

“Quien lidere la Inteligencia Artificial gobernará el mundo” - Vladimir Putin, presidente de la Federación de Rusia, 1 de septiembre de 2017

Introducción

Desde 2022, la irrupción de los modelos de lenguaje de gran escala ha situado a la inteligencia artificial (IA) en el centro de la agenda tecnológica, económica y de seguridad. Sin embargo, detrás de cada consulta a estos modelos existe una infraestructura física que consume electricidad, agua y espacio.
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Esa materialidad conecta la IA con dos dinámicas globales: el cambio climático, que modifica las condiciones térmicas en que operan los centros de datos, y la geopolítica polar, que se intensifica a medida que el hielo retrocede, los espacios polares se vuelven accesibles y, con ello, el apetito por estos.

En el contexto antes planteado vale preguntarse: ¿en qué medida la demanda energética y de refrigeración que, requerida para la operación de la IA, combinada con el calentamiento global, incentiva el desplazamiento de infraestructura digital hacia latitudes frías, y cómo se articula ello con la competencia de las grandes potencias por los espacios y rutas polares?

Cabe una precisión inicial. La premisa de que el calentamiento oceánico "ha obligado" a las empresas a migrar hacia el norte excede la evidencia disponible. Las decisiones de localización responden principalmente a costos eléctricos, disponibilidad de energía renovable, incentivos fiscales y conectividad (Lei & Masanet, 2022; International Energy Agency [IEA], 2025). En ese sentido, el presente artículo trata el clima como una variable a analizar, no como un supuesto.

Es así como el presente análisis postula la combinación de tres enfoques. El primero, la geopolítica crítica de los espacios comunes, que concibe el Ártico y la Antártica como espacios de gobernanza especial y de disputa por el acceso (Dodds & Nuttall, 2016). El segundo, referido a la estrategia marítima clásica y contemporánea, subraya el control de rutas, puntos de estrangulamiento y accesos como base del poder naval y comercial (Mahan, 1890/1987; Till, 2018). Y el tercero, el del nexo clima–energía–cómputo, que estudia la huella energética, hídrica y de carbono de la IA (Strubell et al., 2019; Luccioni et al., 2023; Li et al., 2023).

La demanda energética de la IA

Los primeros estudios que alertaron sobre el costo ambiental del entrenamiento de modelos estimaron que entrenar ciertos modelos de procesamiento de lenguaje natural, con búsqueda de arquitectura incluida, podía emitir una cantidad de CO₂ equivalente a varias vidas útiles de un automóvil promedio, como indican Strubell et al.

Trabajos posteriores matizaron esas cifras, mostrando que la eficiencia del hardware, la arquitectura del modelo y la matriz eléctrica del lugar de entrenamiento podían reducir las emisiones en órdenes de magnitud y, por otra parte, estimando que una huella de carbono depende críticamente de la red eléctrica que lo alimenta.

Estudios preliminares calcularon que entre 2010 y 2018 la capacidad de cómputo de los centros de datos mundiales creció más de cinco veces, mientras que su consumo eléctrico aumentó apenas en torno a 6%.

Sin embargo, estudios más recientes, advierten que la incorporación masiva de IA generativa a servicios de uso cotidiano, como los buscadores, podría elevar de manera significativa la demanda eléctrica del sector.

El informe del Lawrence Berkeley National Laboratory estima que los centros de datos estadounidenses consumieron en torno al 4.4 % de la electricidad del país en 2023 y proyecta un rango de entre 6.7% y 12% hacia 2028 (Shehabi et al., 2024).

A escala global, la IEA proyecta que el consumo eléctrico de los centros de datos más que se duplicaría hacia 2030, con la IA como principal motor de ese crecimiento.

La refrigeración añade una segunda dimensión: el agua. Se estima que la huella hídrica de la IA, sumando la refrigeración directa y el agua consumida en la generación eléctrica, es una restricción emergente, particularmente en regiones con estrés hídrico.

Esta creciente necesidad ofrece una primera explicación del atractivo que generan sectores geográficos de temperaturas más frías y con abundancia de recursos hídricos y energéticos.

Calentamiento, refrigeración y localización de los centros de datos

El océano y la atmósfera continúan calentándose. La Oficina Meteorológica del Reino Unido (Met Office) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) proyectan que este año 2026 será el cuarto año consecutivo en superar el umbral de 1.4 °C (con un promedio estimado en torno a los 1.46 °C).

Asimismo, el pasado mes de agosto fue el más caluroso registrado (empatando con julio de 2023), alcanzando una temperatura media global en superficie de 16.96 °C (unos +1.65 °C sobre la era preindustrial), según la ONU.

Por otra parte, los océanos han mantenido temperaturas de superficie históricas, con olas de calor marinas afectando a más del 80% de las superficies oceánicas durante la primera mitad del año.

En esta línea, informes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la OMM advierten que el planeta se encamina a superar de forma temporal el límite crítico de 1.5 °C del Acuerdo de París en los próximos años, impulsado además por la transición hacia un nuevo episodio del fenómeno de El Niño.

Para los centros de datos ello implica mayor demanda de enfriamiento mecánico y menor disponibilidad de free cooling en zonas templadas y cálidas.

No obstante, la evidencia no permite afirmar que el clima sea la causa principal de la futura localización de la infraestructura digital. La IEA destaca la disponibilidad de energía, la capacidad de la red y los plazos de conexión como los factores limitantes del despliegue de centros de datos.

En el norte de Europa, el predominio de la electricidad hidroeléctrica y eólica a precios competitivos y los incentivos fiscales son, con frecuencia, determinantes tan importantes como la temperatura ambiente.

Un Ártico que se abre

El Ártico es una de las regiones donde las alteraciones respecto de los registros climáticos han manifestado sus mayores variaciones. Estudios muestran que desde 1979 esta zona se ha calentado casi cuatro veces más rápido que el promedio global. El retroceso del hielo marino modifica el cálculo estratégico y comercial de la región.

Debido a lo señalado, estudios proyectan que hacia mediados de este siglo, las rutas transárticas serán navegables para buques con refuerzo para hielo en el verano, y para buques sin refuerzo en escenarios de altas emisiones.

Lo antes indicado abre el debate sobre tres rutas. La Ruta Marítima del Norte, que bordea la costa rusa y está sujeta al régimen regulatorio de Moscú. El Paso del Noroeste, que atraviesa el archipiélago canadiense y es objeto de una controversia jurídica: Canadá lo considera aguas interiores, mientras que Estados Unidos y otros actores lo consideran un estrecho utilizado para la navegación internacional.

Y la Ruta Transpolar, aún planteada en forma teórica, cruzaría el océano Ártico central y quedaría fuera de las jurisdicciones costeras, lo que le confiere un valor geopolítico particular.

La infraestructura digital se superpone a esta geografía, ya que los cables submarinos de fibra óptica y las estaciones terrestres de comunicación satelital en latitudes altas, como las de Svalbard o Groenlandia, ya están presentes.

Esta nueva realidad geográfica, producto de mayores tiempos sin la presencia de hielos o una disminución en su espesor que permite abrir nuevas rutas navegables para naves a las que antes les estaba negado el acceso, lleva a mirar cómo las potencias y naciones ribereñas se presentan ante estos cambios.

Rusia concibe el Ártico como un espacio central para su economía y su seguridad, vinculando el desarrollo de la Ruta Marítima del Norte con la explotación de hidrocarburos y con el fortalecimiento de su presencia militar y la de su flota de rompehielos (Dodds & Nuttall, 2016).

Estados Unidos, por su parte, es un Estado ártico por la región de Alaska y por su presencia en Groenlandia a través de la Base Espacial de Pituffik. Su estrategia de 2022 enfatiza la seguridad, la adaptación al cambio climático, el desarrollo económico sostenible y la cooperación internacional. Fue reforzada con la reciente firma del Acuerdo Trilateral de Seguridad para el Ártico, en el mes de septiembre recién pasado, entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia.

China se define como un "Estado cercano al Ártico" y propone una "Ruta de la Seda Polar", integrada en su iniciativa global de conectividad. Lo anterior podría entenderse como parte de una estrategia que refleja la ambición de convertirse en gran potencia polar, apoyada en ciencia, inversión y diplomacia.

Finalmente, los Estados nórdicos, Canadá y la OTAN completan el cuadro de análisis en el Ártico. La incorporación de Finlandia y Suecia a la Alianza Atlántica, en 2023 y 2024, respectivamente, reconfiguró el equilibrio de seguridad. En términos de gobernanza, el Alto Norte se rige por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) y por mecanismos como el Consejo Ártico.

La Declaración de Ilulissat, en 2008, reafirmó el compromiso de los cinco Estados ribereños de resolver las disputas conforme al derecho internacional. Sin embargo, la cooperación se ha visto tensionada por la rivalidad geopolítica reciente, lo que ha aumentado la importancia de proteger infraestructuras críticas como cables y centros de datos.

La Antártica: una lógica distinta

La Antártica no sigue la misma dinámica ártica. El Tratado Antártico (1959) congela las reivindicaciones territoriales, reservando el continente para fines pacíficos y promoviendo la cooperación científica, mientras que el Protocolo de Madrid (1991) prohíbe la actividad minera y establece un régimen de protección ambiental. Sin embargo, las decisiones de los próximos decenios determinarán el futuro del continente, en un contexto de presiones climáticas y de creciente interés por los recursos.

En este marco, un centro de datos en la Antártica aparece como inviable, jurídica y logísticamente, pese a su clima extremadamente frío. De esta forma, el interés estratégico sería otro: la presencia científica, la logística y la proyección desde las puertas de acceso. Ciudades como Punta Arenas, Ushuaia, Hobart, Christchurch y Ciudad del Cabo cumplen la función de plataformas de acceso, y los pasos australes (Estrecho de Magallanes, Canal Beagle y Pasaje de Drake) adquieren relevancia estratégica como vías de conexión interoceánica y de acceso al continente.

Desde una perspectiva sudamericana, Chile ocupa una posición particular como país puerta de entrada a la Antártica, con una presencia creciente de infraestructura digital en su territorio continental. Ello sugiere que el vínculo entre IA y polos en el hemisferio sur, opera menos por la instalación de centros de datos en el hielo y más por el posicionamiento logístico, científico y de conectividad en las latitudes australes.

Conclusiones

-La demanda de energía generada por las infraestructuras asociadas a los centros de datos que habilitan la IA es real y creciente, y la eficiencia, que contuvo el consumo en la década pasada, ya no basta para compensar el aumento de la carga.

-El calentamiento global y las restricciones hídricas aumentan el atractivo de los climas fríos, pero el principal factor de localización sigue siendo el acceso a energía abundante, limpia y barata, junto con la seguridad jurídica y la conectividad.

-La apertura del Ártico está creando una convergencia de rutas, recursos y conectividad en la que las potencias compiten por presencia, normas y control de infraestructura.

-La Antártica, producto del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid, ha logrado una contención relativa respecto del avance hacia la explotación de sus espacios por lo que, al menos en el corto plazo, parece improbable el establecimiento de infraestructura de datos, pero no la de la conectividad digital como cables submarinos, por lo que, la proyección, hacia la Antártica y los pasos australes, debe pensarse también en clave de infraestructura digital y energética.

-Una agenda de futuro requiere analizar la localización de nuevas inversiones, evaluar la seguridad de los cables submarinos polares y estudiar el papel de las puertas de acceso australes en la proyección antártica.

Sobre el autor

El Contraalmirante (R) Leonardo Quijarro Santibáñez es estratega naval y especialista en logística de defensa con más de 38 años de servicio en la Armada de Chile. Ingeniero Naval Electrónico y Especialista en Estado Mayor, ocupó altos cargos de conducción estratégica, entre ellos Subjefe del Estado Mayor General de la Armada, Director de Ingeniería y Sistemas Navales, Director General de Logística y Presidente del Directorio de Astilleros y Maestranzas de la Armada (ASMAR). Es Magíster en Ciencias Navales y Marítimas con diplomados en Ingeniería Industrial y Gestión de Empresas, Asuntos Antárticos y Alta Dirección. Es profesor residente en la Academia de Guerra Naval y docente investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos. Coautor del libro Tecnologías emergentes y su impacto en la guerra naval (2023) y Senior Fellow del MSI². El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami o MSI², es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría.

Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición de The Epoch Times

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