Opinión
Hay un sinnúmero de temas de actualidad. La guerra imperialista rusa contra Ucrania, además de Irán y China, riesgos serios para nuestra forma de vida, son asuntos de relevancia mundial. Sin embargo, como aficionado a la historia, esta semana me vuelco hacia un personaje olvidado hasta por sus propios gestores, un sujeto común y miserable que fue forjado como leyenda por la izquierda internacional, con la anuencia y participación de incontables tontos útiles que se hicieron eco de una fábula muy eficientemente fomentada.
La Revolución cubana, específicamente su artífice central, Fidel Castro, fue un notable gestor de mitos. Primero, se inventó para sí mismo una épica y un decoro inexistentes; después, con su maléfica creatividad, les instrumentó una historia heroica y de bondad a dos de sus instrumentos fundamentales, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara. Por supuesto, ambos ya estaban muertos, no eran rivales para el Crono antillano, siempre listo para comerse a los sicarios que pudieran significar una amenaza.
A Cienfuegos siempre lo presentaron como un individuo simpático, bonachón, de esos sujetos capaces de perdonarlo todo, aunque debemos añadir que nunca denunció los crímenes que presenciaba ni los que ejecutó.

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Empero, Guevara fue la creación maestra de la propaganda izquierdista, personificando, entre otras supuestas virtudes, la justicia extrema, lo que motivó que, en 1961, el filósofo Jean-Paul Sartre y su compañera Simone de Beauvoir le pidieran presenciar un fusilamiento, sin cuestionar por qué la víctima sería ejecutada.
Las fantasías sobre Guevara fueron numerosas. Los manipuladores de su imagen fueron extremadamente hábiles, ya que convirtieron a un guerrillero fracasado en todas sus encomiendas en héroe. Lograron que, a pesar de su homofobia, fuera adorado por sus potenciales víctimas. En fin, fue el epítome de las virtudes revolucionarias, el mejor referente de los odiadores de oficio, de los envidiosos y resentidos, porque, al final de cuentas, ellos no trabajan ni crean, sino que expolian y destruyen.
No existió un Ernesto “Che” Guevara romántico, sino un asesino en serie brutal, capaz de cometer asesinatos como el del capitán José de Jesús Castaño Quevedo, jefe del Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC) en Cuba, a quien asesinó a culatazos; idóneo para decir en Naciones Unidas, en diciembre de 1964, “Fusilamos y seguiremos fusilando”, e insuperable por su prontuario criminal para escribirle a Fidel Castro, en abril de 1967: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.
El tristemente conocido “Che” se satisfacía de representar los extremos más dolorosos. En una ocasión, le preguntó al dictador egipcio Gamal Abdel Nasser si la revolución había causado muchos exiliados en su país. La respuesta de Nasser fue negativa, a lo que Guevara argumentó que la profundidad de una verdadera revolución se medía precisamente por el número de individuos que se sentían obligados a exiliarse.
Este sujeto fue un acérrimo partidario de los conflictos bélicos. Propuso llevar la guerra a todos los rincones y escribió sobre la necesidad de conflagraciones como la de Vietnam. Expresó en más de una ocasión: “El camino pacífico está eliminado y la violencia es inevitable. Para lograr regímenes socialistas habrán de correr ríos de sangre y debe continuarse la ruta de la liberación, aunque sea a costa de millones de víctimas atómicas”.
Es cierto que se transformó en un ícono mundial de la rebeldía juvenil y la justicia social, pero detrás de esa imagen romántica hay una gran distancia respecto de su actuación histórica, documentada por varios historiadores y sustentada en testimonios. El verdadero Guevara, el asesino en serie, el hombre que le escribió a su primera esposa, Hilda Gadea, “aquí en la Sierra Maestra sediento de sangre”, no puede ser olvidado, porque probablemente sea la única garantía para que personalidades tan nefastas no se apropien de los tiempos.
Ernesto “Che” Guevara fue una creación de los enemigos de la libertad y de la dignidad humana, una falsedad de Fidel Castro y sus aliados que, por estar forjada en la mentira, se ha ido desvaneciendo, aunque, paradójicamente, siempre habrán de ser recordados por sus enemigos.
Tenemos el deber de no olvidar; solo así podríamos evitar que surjan nuevas quimeras destructivas como las que aún estamos padeciendo.
Autor
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.
El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto.























