¿Bab el-Mandeb, nuevo chokepoint de fricción marítima o el advenimiento de un nuevo orden geopolítico en Medio Oriente?

El buque portacontenedores Kota Rahmat se aproxima al estrecho de Bab el-Mandeb el 18 de enero de 2024 en Obock, Yibuti. (Luke Dray/Getty Images)
El buque portacontenedores Kota Rahmat se aproxima al estrecho de Bab el-Mandeb el 18 de enero de 2024 en Obock, Yibuti. (Luke Dray/Getty Images)
3 de octubre de 2026, 11:45 a. m.

Análisis

Entre el 10 y el 12 de septiembre de 2026 convergieron tres hechos que, leídos en conjunto, sugieren un movimiento estructural en el tablero de Oriente Medio. Primero, combatientes hutíes completaron la toma de la isla de Perim en Mayyun, en el centro del estrecho de Bab el-Mandeb, tras una ofensiva de dieciocho horas que, además, les entregó el puerto de Mokha y las islas Hanish y Zuqar, según Euronews y Moncloa.com. Segundo, drones lanzados desde la provincia iraquí de Maysan, territorio bajo influencia de milicias chiítas respaldadas por Irán, alcanzaron el oleoducto saudita Este-Oeste, Petroline, obligando a Riad a cerrar, preventivamente, la única vía terrestre que le permite exportar crudo hacia el puerto de Yanbu, sin transitar por el bloqueado estrecho de Ormuz, de acuerdo con La República e Infobae. Tercero, ambos golpes se produjeron apenas cinco semanas después de que Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaran el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, un pacto de asistencia mutua concebido, entre otras cosas, para disuadir precisamente este tipo de agresión híbrida, según France 24 e Infobae. De esta forma, la combinación de ambos ataques, no pareciera deber leerse como una simple fricción táctica adicional, sino, más bien, como una prueba al nuevo orden de seguridad suní que Riad, Ankara e Islamabad intentaban consolidar, y, como evidencia, de que Irán ha logrado proyectar poder simultáneo sobre dos frentes sin comprometer sus propias capacidades convencionales.

Introducción: tres golpes, un mismo mensaje

El viernes 11 de septiembre de 2026, combatientes hutíes desembarcaron, empleando lanchas rápidas, en la isla de Perim, tras la retirada de las fuerzas gubernamentales de Yemen, completando así el control sobre el punto donde el estrecho de Bab el-Mandeb se estrecha en dos canales de navegación, según Euronews. La operación, iniciada con la toma de Mokha y la isla de Zuqar, cercó a un contingente estimado en dos mil soldados gubernamentales en las islas Hanish y dejó a los hutíes en control de toda la costa yemení del mar Rojo, según reportaron Moncloa.com y La Jornada.

Veinticuatro horas antes, en la madrugada del jueves 10 de septiembre, el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita, también conocido como Petroline, con capacidad para transportar hasta siete millones de barriles diarios entre los campos de Abqaiq y el puerto de Yanbu, sufrió múltiples impactos de drones lanzados, según reconoció el propio gobierno de Bagdad, desde la provincia iraquí de Maysan, fronteriza con Irán, de acuerdo con El Financiero y La República. El Ministerio de Energía saudita ordenó el cierre preventivo del ducto mientras se evaluaban los daños, y el Consejo de Cooperación del Golfo calificó el ataque como una escalada peligrosa contra la integridad territorial e infraestructura vital del reino, según La República. Este ataque se enmarcó, según Infobae, en una semana de fuerte escalada regional en la que también los hutíes dispararon misiles y drones contra instalaciones energéticas en el sur saudita, mientras Estados Unidos atacaba petroleros iraníes.

La coincidencia temporal entre ambos episodios no es casual: se trata de dos ataques contra las dos únicas vías con las que Arabia Saudita contaba para sostener sus exportaciones petroleras mientras el estrecho de Ormuz permanece funcionalmente cerrado por la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, reportó Expansión. Con el ducto Este-Oeste detenido y Bab el-Mandeb bajo control de un actor alineado con Teherán, Arabia Saudita se encuentra, por primera vez desde el inicio de la crisis regional, sin ninguna ruta de exportación plenamente segura hacia los mercados internacionales, ni por mar ni por tierra.

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A los dos hechosrelatados en párrafos precedentes es conveniente incorporar un tercero, a saber, la firma, el 7 de agosto de 2026 en La Meca, del Acuerdo de Defensa Conjunta entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, un pacto de asistencia mutua con lenguaje inspirado en el artículo 5 de la OTAN que reunió al segundo ejército más grande de la Alianza Atlántica, la principal potencia energética y religiosa del Golfo, y al único Estado de mayoría musulmana con arsenal nuclear, según France 24 e Infobae. Si el propósito estratégico de ese pacto era disuadir precisamente el tipo de agresión híbrida que Arabia Saudita sufrió esta semana, la ausencia de cualquier respuesta operativa visible del bloque frente a los ataques constituye en sí misma un dato geopolítico de primer orden, tanto o más relevante que la propia toma de Perim.

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Chokepoints, infraestructura crítica y disuasión híbrida

La literatura sobre seguridad marítima define los choke points como pasos naturales o artificiales donde la geografía concentra críticamente el tránsito internacional de energía, mercancías y fuerzas navales, transformándolos simultáneamente en fuentes de vulnerabilidad estructural para el sistema económico global y en instrumentos de coerción para quien logra controlarlos, explicó Camarero en 2026. Desde la perspectiva de la geoeconomía en la dimensión marítima, los chokepoints, la geografía estratégica, la arquitectura institucional y las capacidades de poder de los actores no operan como dimensiones separables, sino como variables interdependientes, cuya articulación específica produce configuraciones de orden observables: cooperación institucional, disuasión competitiva o coerción geoeconómica, sostienen López-Niño y Montero-González en su estudio de 2026. Ese marco se apoya, a su vez, en la tradición del institucionalismo liberal de Keohane en 1984, para quien las instituciones reducen los costos de transacción y generan expectativas estables de reciprocidad, y en la corrección que introduce Strange en 1988, al advertir que, esas mismas instituciones, distribuyen de manera asimétrica autoridad y recursos entre los actores que coordinan.

Lo ocurrido con el oleoducto Este-Oeste obliga a extender ese marco más allá del chokepoint marítimo, incorporando la infraestructura energética terrestre como objetivo funcionalmente equivalente. El citado oleoducto no es un estrecho ni un canal, pero cumple la misma función estructural: concentra un volumen crítico de flujo energético en un corredor lineal estrecho y vulnerable, cuya interrupción tiene efectos sistémicos inmediatos sobre la capacidad exportadora de un actor central del mercado petrolero mundial. En este sentido, Petroline puede entenderse como un "chokepoint terrestre" funcionalmente análogo a Ormuz o Bab el-Mandeb, en línea con la advertencia de Farrell y Newman, quienes en 2019 señalaron que, la interdependencia armada opera no solo sobre redes financiero-digitales, sino sobre nodos físicos, cuya concentración genera vulnerabilidades y apalancamientos políticos equivalentes.

Un segundo aspecto relevante a considerar es la disuasión extendida mediante pactos de defensa mutua. La firma del Acuerdo de La Meca responde a una lógica de intentar vincular la seguridad de Arabia Saudita con la de Turquía y Pakistán, bajo una cláusula de ataque conjunto, buscando, de esta forma, elevar el costo de cualquier agresión contra territorio saudita mediante la disuasión convencional turca y la disuasión nuclear paquistaní, según France 24. No obstante, cláusulas de asistencia mutua sin mecanismos operativos públicos ni umbrales de activación claramente definidos, corren el riesgo de no traducirse en respuesta efectiva ante agresiones de baja intensidad ejecutadas por proxies no estatales, precisamente el tipo de ataque más difícil de encuadrar como "ataque armado" en el sentido clásico, el cual activaría una cláusula de defensa colectiva.

Finalmente, el concepto de guerra híbrida o de "zona gris", según citó Jordán, 2021, citado en López-Niño y Montero-González, 2026, resulta indispensable para interpretar la lógica común a ambos ataques: ni los hutíes en Bab el-Mandeb ni las milicias chiítas en Maysan actúan como fuerzas regulares de un Estado que declara la guerra, sino como actores proxy, reduciendo de esta manera, el riesgo de una respuesta convencional de gran escala. En ese sentido, cabe plantearse a los hutíes como un actor híbrido con autonomía relativa, ya no solo como un simple proxy iraní, que ha encontrado la forma de explotar su posición estratégica en Bab el-Mandeb para desencadenar una crisis en el Mar Rojo y convertirse en un nuevo actor de la seguridad marítima internacional, replicando de forma limitada la lógica de las rentas de protección, como plantea Arellanes en su estudio de 2025.

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Anatomía de los dos golpes: Bab el-Mandeb y Petroline

Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, a través de este, con el océano Índico, constituyendo el tramo sur de la ruta marítima que une Asia con Europa vía el canal de Suez y el Mediterráneo. Por este corredor transita aproximadamente una cuarta parte del comercio marítimo mundial y unos 4,5 millones de barriles diarios de petróleo con origen en Oriente Medio y Asia, de acuerdo con el Centro de Estudio Grl. Mosconi en un análisis publicado en 2026, elaborado con datos de la Administración de Información de Energía de Estados Unidos. La isla de Perim se ubica exactamente en el segmento más angosto del estrecho, dividiéndolo en dos canales navegables, lo que otorga, a quien la ocupa, una posición de observación y despliegue, que reduce drásticamente el margen de maniobra de cualquier buque que transite por sus aguas, según Moncloa.com. A diferencia de los ataques con drones y misiles que los hutíes venían ejecutando desde noviembre de 2023 contra buques mercantes, la toma de Perim representa un salto cualitativo, por cuanto pasó a la ocupación territorial directa y sostenida del punto físico de mayor valor estratégico del corredor.

El oleoducto Este-Oeste, por su parte, es la columna vertebral de la estrategia saudita de diversificación de rutas de exportación frente al bloqueo de Ormuz. Con una extensión de unos 1.200 kilómetros entre los campos de Abqaiq y las terminales de Yanbu, el ducto había sido llevado a su capacidad máxima, hasta siete millones de barriles diarios, precisamente para compensar la casi total paralización del tránsito por Ormuz. Arabia Saudita ya había recibido ataques previos contra esta y otras instalaciones petroleras atribuidos a milicias proiraníes operando desde territorio iraquí, al punto de haber lanzado, a finales de julio, una ofensiva conjunta con Estados Unidos en represalia, según El Financiero. El hecho de que, a pesar del pacto de La Meca, firmado apenas semanas antes, el ducto haya vuelto a ser alcanzado con éxito, sugiere que ni la disuasión bilateral saudí-estadounidense ni la nueva arquitectura trilateral lograron elevar de forma efectiva el costo de la agresión para los grupos armados y sus patrocinadores.

La combinación de ambos golpes es lo que dota al episodio de su verdadera dimensión estratégica: con Ormuz funcionalmente cerrado desde febrero, con Petroline detenido por daños y motivos de seguridad, y con Bab el-Mandeb bajo control de un actor hostil a Riad, Arabia Saudita se encuentra, al menos de manera temporal, sin ninguna vía de exportación de crudo plenamente operativa y segura, de acuerdo con El Español.

El Acuerdo de La Meca: promesa de disuasión suní y su primera prueba de fuego

El 7 de agosto de 2026, en el Palacio Al-Safa de La Meca, el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salman, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y el primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif firmaron el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, ampliando el acuerdo estratégico de defensa mutua que Riad e Islamabad ya habían suscrito en septiembre de 2025. El texto, cuyo contenido íntegro no ha sido divulgado públicamente, establecería que cualquier ataque armado contra alguno de los tres Estados será considerado un ataque contra todos ellos, y busca fortalecer la defensa colectiva ante cualquier acto de agresión, según France 24 y Voltairenet.org. El pacto reúne tres capacidades complementarias de gran peso simbólico y militar: el poder convencional turco, segundo ejército de la OTAN por tamaño; el peso energético y la autoridad religiosa saudita como custodio de los lugares sagrados del islam; y la disuasión nuclear paquistaní, único arsenal atómico del mundo musulmán, de acuerdo con Infobae. En la reunión ministerial de seguimiento celebrada en Estambul a finales de agosto, el canciller turco Hakan Fidan describió la alianza como abierta a cualquier Estado de la región que comparta sus principios de soberanía, integridad territorial y no injerencia, y confirmó que Egipto podría, eventualmente, incorporarse al bloque, cuya sede permanente quedó establecida en Arabia Saudita, según Infobae.
Los hechos de la semana del 8 al 12 de septiembre constituyen, en algún sentido, la primera prueba del Acuerdo de La Meca. El resultado, hasta el momento, ha sido, cuando menos, ambiguo: ni Turquía ni Pakistán han anunciado ninguna medida operativa en respuesta a los ataques contra el territorio y las rutas de exportación sauditas, y el propio príncipe heredero saudita llamó, personalmente, al presidente estadounidense para solicitar apoyo militar directo contra los hutíes, solicitud que fue rechazada (El Español, 2026). Esta falta de activación visible de la cláusula de defensa mutua frente a un ataque de baja intensidad, pero de alto valor estratégico, ilustra el problema de la credibilidad ambigua señalada: la guerra híbrida, ejecutada por proxies no estatales, parece diseñada, específicamente, para operar por debajo del umbral que activaría una respuesta colectiva de un pacto de defensa formal.

Actores, intereses y márgenes de maniobra

Irán como actor de doble frente. El dato más relevante del episodio es que Teherán logró proyectar presión simultánea sobre dos flancos distintos, el marítimo, vía los hutíes en Yemen, y el terrestre, vía milicias chiítas en Irak, sin comprometer, directamente, sus propias fuerzas convencionales, que permanecen concentradas en la confrontación con Israel y Estados Unidos desde febrero, según Infobae. Esta capacidad de sostener presión de desgaste sobre Washington mientras desafía, simultáneamente, a Arabia Saudita, mediante actores proxy plausiblemente negables, es consistente con la realidad del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como institución que ha convertido la guerra híbrida en política exterior de Irán, proyectando poder en Siria, Irak, Líbano y Yemen a través de su Fuerza Quds, como señala Arellanes en su estudio de 2025.

Arabia Saudita. El reino enfrenta el escenario más adverso desde el inicio de la crisis regional: su ruta marítima alternativa por Yanbu queda comprometida por la situación en Bab el-Mandeb en el mismo momento en que su ruta terrestre hacia esa misma terminal es neutralizada por ataques directos, de acuerdo con La República y Moncloa.com. A ello se suma la presión sobre la recién estrenada red de seguridad colectiva con Turquía y Pakistán, que, hasta el momento, no ha producido ninguna respuesta operativa visible, según se ha mencionado, lo que podría erosionar la credibilidad del pacto ante la propia opinión pública saudita y ante el resto de las monarquías del Golfo que aún no se han sumado a él.

Irak, escenario y víctima colateral. El gobierno iraquí confirmó que los drones que atacaron el oleoducto Este-Oeste en Arabia Saudita fueron lanzados desde la provincia de Maysan, fronteriza con Irán, y el primer ministro Ali al-Zaidi respondió destituyendo al comandante de operaciones de esa región y ordenando una investigación urgente, según La República. Arabia Saudita, por su parte, agradeció la decisión iraquí de solicitar tiempo para actuar contra las milicias responsables antes de emprender cualquier represalia directa, según Infobae, lo que sugiere que Riad prefiere, al menos por ahora, evitar una escalada bilateral con Bagdad, dado que equivaldría a abrir un tercer frente militar simultáneo.

Turquía y Pakistán. Ambos socios del Acuerdo de La Meca han evitado, hasta el momento, cualquier pronunciamiento que sugiera una interpretación amplia de la cláusula de defensa mutua frente a estos ataques híbridos, lo que resulta consistente con el carácter "puramente defensivo" que sus firmantes atribuyeron al pacto desde su origen, según Voltairenet.org, pero que, también, expone el riesgo de que la alianza termine funcionando como un instrumento de disuasión simbólica frente a agresiones convencionales de gran escala, sin capacidad real de respuesta frente a la guerra de baja intensidad que Irán ha demostrado saber sostener mediante proxies.

Análisis: ¿fricción táctica o advenimiento de un nuevo orden?

Dados los antecedentes presentados en párrafos precedentes y, en base a la pregunta planteada como base de este artículo, pareciera que la respuesta sería más matizada a la que hubiera sido posible formular observando exclusivamente la toma de Perim. Lo ocurrido entre el 10 y el 12 de septiembre de 2026 no es solo la ocupación de un punto geográfico crítico por un actor no estatal, sino la demostración práctica de que Irán puede, de manera simultánea y coordinada, neutralizar las dos rutas de escape energético que Arabia Saudita había construido para sobrevivir al cierre de Ormuz, apenas semanas después de que Riad, Ankara e Islamabad presentaran al mundo una nueva arquitectura de seguridad suní diseñada, en teoría, para prevenir exactamente este tipo de escenario.

Si el criterio para distinguir entre "fricción táctica" y "nuevo orden geopolítico" es la capacidad de un actor para alterar de forma sostenida la estabilidad y gobernanza regional, la evidencia disponible se inclinaría hacia la segunda interpretación. Los episodios de Bab el-Mandeb y Petroline muestran una configuración de coerción geoeconómica, sin que la arquitectura institucional representada por el Acuerdo de La Meca haya logrado, hasta el momento, mediar en esa presión de manera efectiva.

Esto no equivale a afirmar que el orden suní liderado por Riad, Ankara e Islamabad esté condenado a la irrelevancia, ni que Irán haya "ganado" de forma definitiva la partida regional. Teherán sigue enfrentando el desgaste de una guerra directa con dos potencias militares y, a propósito de su relación con los hutíes, estos últimos conservan una autonomía relativa que limita el control efectivo que la nación persa puede ejercer sobre sus tiempos y objetivos operativos, según Arellanes en su estudio de 2025. Pero sí es posible afirmar que este año 2026 marca un punto de inflexión en el que el control efectivo sobre puntos geográficos e infraestructuras se disputa cada vez más entre Estados soberanos y coaliciones formales, por un lado, y redes de actores híbridos coordinados por Teherán.

Escenarios prospectivos
  1. Escenario de consolidación híbrida. Irán mantiene su estrategia de proxies coordinados, hutíes en el mar Rojo, milicias chiítas en Irak, sin comprometer fuerzas regulares, mientras el Acuerdo de La Meca permanece como un instrumento de disuasión simbólica sin traducción operativa, consolidando un nuevo statu quo de inseguridad energética permanente para Arabia Saudita y las economías globales.
  2. Escenario de activación del pacto trilateral. Ante la reiteración de ataques, Turquía y Pakistán deciden dotar de contenido operativo al Acuerdo de La Meca, lo que marcaría el nacimiento efectivo de una arquitectura de seguridad suní autónoma en la región de Oriente Medio.
  3. Escenario de escalada horizontal hacia Irak. Arabia Saudita opta por una respuesta militar directa contra las milicias en territorio iraquí, replicando el patrón de la ofensiva conjunta con Estados Unidos de julio de 2026, con el riesgo de convertir a Irak en un nuevo teatro abierto del conflicto regional.

Conclusiones

La captura de la isla de Perim por los hutíes, leída de forma aislada, podría interpretarse como un episodio más de una larga crisis del mar Rojo iniciada en noviembre de 2023. Pero su coincidencia casi inmediata con el ataque al oleoducto Este-Oeste saudita, y la circunstancia de que ambos golpes se produjeran apenas cinco semanas después de la firma del Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, obligan a una reflexión un poco más ambiciosa: la de un Irán que, sin abandonar su confrontación directa con Estados Unidos e Israel, ha logrado desafiar simultáneamente a un actor regional de primer orden, Arabia Saudita, y, por extensión, a la naciente coalición suní que pretendía erigirse como garante autónomo de la seguridad energética del Golfo y el mar Rojo. Más que preguntarse si Bab el-Mandeb se ha "cerrado" en sentido estricto, la pregunta más analítica sería si el pacto de La Meca sobrevivirá como arquitectura de seguridad creíble a su primera prueba o si este año 2026 será recordado como el año en que Teherán demostró que la guerra híbrida multifrente puede neutralizar, sin disparar un solo misil convencional adicional, tanto la disuasión de potencias militares de primer orden como la de una de seguridad colectiva suní recién estrenada.

El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. 

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