Opinión
El castrochavismo dejó en América Latina una profunda herencia de autoritarismo, populismo, corrupción y deterioro institucional. Aunque algunos de sus principales exponentes han perdido el poder, las estructuras políticas, sociales y económicas que consolidaron continúan condicionando el futuro democrático de varios países de la región.
Ignoro si estamos cerca del final de los regímenes inspirados por Fidel Castro y Hugo Chávez, léase Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia, sin olvidar Ecuador, que pudo librarse gracias a la soberbia y fatuidad de Rafael Correa, uno de los payasos más conspicuos que hayan desgobernado una república latinoamericana, solo comparable con el cocalero Evo Morales, aunque muy lejos del letal Daniel Ortega.
No obstante, todos los sujetos mencionados se caracterizan por un populismo que lindaba con lo absurdo, una profunda y extendida corrupción, además de una ineptitud para gobernar sus respectivos países, sumada a la habilidad para proclamar una visión nacionalista mientras traspasaban la soberanía del país al aliado más prometedor.

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La propuesta castrochavista derivó de la alianza entre Castro y Chávez. Previamente, el tirano cubano había intentado, a través de la violencia y de una manipulación sistemática de la realidad, imponer gobiernos a su imagen y semejanza en el hemisferio, proyecto en el cual solo cosechó fracasos, puesto que, aunque Daniel Ortega llegó al poder por medio del terror, contó con la asistencia de algunos países vecinos y de otros no tan cercanos geográficamente, como la Venezuela de Carlos Andrés Pérez, quien, según Sergio Ramírez, entregaba 100,000 dólares mensuales a los sandinistas, y los Estados Unidos de Jimmy Carter, quien le retiró toda la ayuda al dictador Anastasio Somoza, lo mismo que hizo Eisenhower con Fulgencio Batista.
Castro, con treinta años ininterrumpidos en el poder, fue testigo del arribo de Hugo Chávez a la primera magistratura de Venezuela, fatídica coexistencia que tuvo como resultado, fuese por acuerdo previo o entendimiento sobre la marcha, una coalición en la que se fundieron sus respectivos odios contra la democracia, la libertad y el respeto a la dignidad humana, junto con la rencorosa envidia que profesaban hacia Estados Unidos, forjando la indecorosa propuesta que hoy llamamos castrochavismo, no sin antes haber proclamado que estaban a favor del socialismo del siglo XXI.
Es apropiado reconocer que la nueva alianza fue exitosa. Los hermanos Castro proveyeron su capacidad subversiva, represiva y de tergiversación de la realidad, mientras Chávez y Nicolás Maduro aportaron toda la riqueza de Venezuela, que, embolsada por Chávez y Maduro, como buenos tiburones, salpicó a sus crías, subsidió el totalitarismo castrista y compró voluntades políticas con una diplomacia petrolera que condujo al erario venezolano a la bancarrota.
Este programa captó rápidamente numerosos partidarios, entre los que se destacaron el corrupto y farsante Luiz Inácio Lula da Silva, el hipócrita más aberrante entre todos los políticos latinoamericanos, y los no menos nefastos Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Aunque, en honor a la verdad, a estos canallas nunca les faltaron aliados, tanto que hubo una corriente que se llamó la “marea rosa”, cuyos integrantes siempre estaban prestos a respaldar sus propuestas, entre los que se recuerda al expresidente de República Dominicana, Leonel Fernández.
Deslastrarse de los legados castrochavistas no es sencillo, porque dejan huellas tan profundas como lastimosas. Rafael Correa dejó el poder en 2017 y todavía el país padece su herencia. La clientela que instrumentó bajo sus mandatos continúa ansiosa por el retorno, sacramentada por el correísmo y protegida por su devoción.
El ejemplo de Bolivia es todavía más desafiante. Evo Morales intentó perpetuarse en el poder de manera indefinida, cubriéndose de una falsa legitimidad. Sin embargo, el fraude fue descubierto y tuvo que renunciar, causando en el país un período de ingobernabilidad bien complejo, hasta que llegó al gobierno uno de sus tiburones más preciados, Luis Arce Catacora, quien, como voraz piraña, clavó sus afilados dientes en Morales, su antiguo protector.
Sin embargo, el país del altiplano sigue preñado de castrochavismo. El actual presidente, Rodrigo Paz Pereira, no ha podido encauzar el país hacia una verdadera democracia; numerosos problemas siguen amenazando la libertad y la ruta hacia una sociedad libre.
Venezuela es todavía más oscura. El dictador está preso, pero la dictadura continúa. Hay numerosos presos políticos; los exiliados no cuentan con garantías para su retorno y no se avizoran elecciones en las que estén garantizados los derechos de todos.
Sobre Cuba y Nicaragua, casi nos quedamos sin comentarios. La tierra de Rubén Darío padece una dictadura de dos que ensombrece los gobiernos somocistas. Sus abusos son innumerables: presos políticos, destierros masivos y crímenes, sin olvidar el ultimátum de que no habrá elecciones en un país donde los comicios bajo el yugo Ortega-Murillo siempre han sido fraudulentos.
Conclusión
El mayor desafío no consiste únicamente en poner fin a los gobiernos identificados con el castrochavismo, sino en desmontar las estructuras y prácticas que dejaron arraigadas. Recuperar instituciones, libertades y una verdadera cultura democrática será una tarea mucho más compleja y prolongada que la simple sustitución de quienes ejercen el poder.Autor
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.
El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto.
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