Opinión
El centenario del nacimiento de Fidel Castro invita a reflexionar sobre las consecuencias de su legado político y social en Cuba. Más allá de los daños materiales causados por el régimen, persisten profundas secuelas intangibles del totalitarismo en la sociedad cubana: el miedo, la pérdida de la esperanza y el deterioro de valores fundamentales. La influencia del castrismo también trascendió las fronteras de la Isla y contribuyó al surgimiento y fortalecimiento de regímenes autoritarios en América Latina.
Hay quienes opinan que las personalidades nocivas de la historia, de dimensión personal o colectiva, deben ser ignoradas, tal y como si no hubieran existido, consideración que no comparto, porque mientras las consecuencias de sus obras se padezcan, el causante de los males no debe ser olvidado.
Hago esta reflexión porque el pasado 13 de agosto, el individuo más nefasto de la historia de Cuba habría llegado a los 100 años, aunque muchos de nosotros hubiéramos preferido que no hubiera nacido.

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Reconozco que he abordado este tema con anterioridad, pero el hecho de que lo que resta del totalitarismo castrista esté conmemorando el centenario de Fidel Castro, junto con su sangriento y destructivo legado, me obliga a transitarlo nuevamente porque, como entendiera José Martí, la verdad no es un simple dato o concepto abstracto, sino un deber moral vivo.
Por supuesto, considerar que Fidel Castro fue el único culpable de la tragedia cubana sería un craso error. Tuvo numerosos colaboradores, entre los que destacan su hermano Raúl, el verdugo más eficiente del totalitarismo; Ramiro Valdés; y los siempre recordados Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos, sin olvidar a los criminales anónimos y no anónimos que, con su vileza, construyeron un sistema de horrores de muy difícil repetición.
A los 100 años del natalicio del tirano más despiadado que ha padecido América, de los cuales vivió 90 años y tiranizó personalmente a un pueblo durante 49, es apropiado afirmar que ni un segundo de su larga existencia estuvo orientado o comprometido con hacer el bien. Fidel Castro vivió para satisfacer sus ambiciones más nefastas, sin importar el precio que tuvieran que pagar sus seguidores y, menos aún, sus enemigos.
Castro fue un encantador. Literalmente, un encantador de serpientes, porque de los muchos que sedujo, la mayoría fueron viles reptiles que cumplían ciegamente sus órdenes. Su capacidad de seducción fue enorme, equivalente a la ingenuidad de quienes le sirvieron ciegamente.
Castro irrumpió en la política a través del pandillerismo universitario. No pudo acceder al liderazgo de la Federación Estudiantil Universitaria y se asoció con los dos grupos más violentos que operaban en la década de los 40 en la Universidad de La Habana.
No estoy escribiendo algo nuevo. Lo anteriormente expresado se ha dicho y se repetirá durante décadas. Las ruinas causadas son tan vastas y profundas que las huellas de su destrucción serán muy difíciles de erradicar e imposibles de olvidar.
Los daños materiales han sido incontables. No obstante, hay profundos conocedores de la realidad cubana, como el profesor Dagoberto Valdés y el escritor José Antonio Albertini, quienes afirman que los mayores perjuicios, el legado más negativo de Fidel Castro y sus sicarios, son aquellos que no se pueden palpar ni ver: los daños intangibles al ser humano. Entre ellos destacan el miedo, una emoción que, cuando empieza a recorrer tu columna vertebral, nunca la abandona, y la pérdida de la esperanza, una expectativa que, cuando se marchita, jamás revive.
No es que los cubanos hubieran vivido en una pecera inmune a esos sentimientos y emociones; en la Isla nunca dejó de haber problemas y distaba de ser un paraíso. Pero quienes vivimos la República, con sus muchas imperfecciones, podemos atestiguar, ante cualquier corte, que la herencia negativa de esa familia a nuestra nación no tiene igual.
Las acciones condenables del totalitarismo insular, como hemos referido en más de una oportunidad, han trascendido las fronteras. De no ser así, la dupla de criminales integrada por Daniel Ortega y Rosario Murillo no le habría construido un monumento al tirano difunto.
Los regímenes de Nicaragua, Bolivia y Venezuela surgieron y se fortalecieron a la sombra de los hermanos Castro. De no ser por Fidel y Raúl, Daniel Ortega y Evo Morales serían simples delincuentes y Hugo Chávez, un payaso que incurrió en el narcotráfico.
Conclusión
Un siglo después del nacimiento de Fidel Castro, las consecuencias de su legado continúan formando parte de la realidad cubana. Recordarlo no implica rendirle tributo, sino examinar las huellas de un sistema que, además de destruir instituciones y recursos, dañó profundamente la confianza, la esperanza y el tejido moral de una nación. Mientras esas consecuencias persistan, también persistirá el deber de preservar la memoria y señalar a quienes fueron responsables de ellas.Autor
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.
El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto.
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