Opinión
La cancillería estadounidense acaba de publicar un documento, en mi opinión, una especie de sumario judicial contra el totalitarismo castrista, que será muy útil para que la opinión pública nacional se convenza del peligro que encierra para este país y los valores culturales de Occidente la estructura de odio que rige en Cuba desde 1959.
El documento titulado “Cuba: la capital del comunismo del Siglo XXI” consolida las numerosas actividades contra Estados Unidos y contra lo que esta nación representa, que han sido orquestadas o auspiciadas por la mayor de las Antillas desde el mismo año en que accedió al poder.
Cierto que, aunque mucha de la información es de conocimiento público, es la primera vez que un documento oficial de una instancia tan importante del gobierno federal, como el Departamento de Estado, compila tanta y variada indagación sobre las acciones criminales del castrismo.

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La labor destructiva de los hermanos Fidel y Raúl Castro contra Estados Unidos se inició en el mismo año de la victoria insurreccional, en paralelo con la procura de establecer en Cuba un sistema totalitario que imposibilitara la gestión independiente de la población.
Veamos algunas instituciones creadas por el totalitarismo insular que durante años, los ciegos que no quieren ver y los sordos que prefieren no escuchar escogieron considerarlas aparatos inofensivos dedicados a labores intelectuales, amistad o información.
El Instituto de Artes e Industria Cinematográfica, ICAIC, fue fundado en marzo de 1959. El primer aparato del castrismo que le regaló Fidel a su amigo Alfredo Guevara. El ICAIC se utilizó para glorificar la revolución y denostar a Estados Unidos.
Uno de los aparatos más poderosos del castrismo, que ha cumplido la mayoría de sus propósitos con éxito, fue la agencia desinformativa Prensa Latina, constituida a mediados de 1959. Esta entidad fue inspiración de Fidel Castro, del asesino en serie Ernesto “Che” Guevara y del periodista guerrillero Jorge Ricardo Masetti, su primer director general, quien murió en combate.
La idea de crear un centro de desinformación, básicamente orientado a desmentir a las agencias capitalistas generando sus propias informaciones y editando las ajenas, por supuesto, nunca se expresó tan claramente. La idea se le ocurrió a Fidel Castro en el Aula Magna de la Universidad de Caracas, fundamentándola en la necesidad de combatir lo que llamó el monopolio informativo de las agencias.
En abril se creó la Casa de las Américas, supuestamente un centro cultural totalmente ajeno a los polos ideológicos que representaban Estados Unidos y la entonces pujante Unión Soviética. La Casa otorgaba premios y magnificaba prestigios, particularmente entre los creadores jóvenes ansiosos por labrarse un sitio en el mundo intelectual; también invitaba a creadores a participar como jurados, con todos los gastos sufragados por el Estado.
No obstante, los potenciales jurados, como los concursantes, debían tener credenciales que contaran con el visto bueno del oficialismo y cuyos trabajos correspondieran a los postulados de la Revolución, o sus premios podían ser cuestionados, como le ocurrió al poeta Heberto Padilla, 1968, cuya obra fue publicada, pero censurada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el aparato que controla con manos de hierro a los autores cubanos.
La Casa de las Américas no solo seducía y comprometía a intelectuales latinoamericanos, sino también a estadounidenses, ya fuese sirviendo de jurado o como concursante. El objetivo era captarlos para que, a su regreso, llevaran un mensaje de inconformidad a sus centros de estudio y trabajo, labor que cumplió, con igual o mayor éxito, el Instituto de Amistad con los Pueblos, ICAP, en diciembre de 1960, un cuerpo que contaba con amplios recursos económicos con los que encandilaba a los sujetos con grandes ambiciones.
Entre esas herramientas fundamentalmente orientadas a la guerra asimétrica se destaca el Comité Pro Justo Trato para Cuba fundado en Nueva York en abril de a1960, un aparato que agrupo intelectuales, activistas y ciudadanos estadounidenses que defendían la Revolución Cubana, consideraban, que la hostilidad de Washington contra los Castro, personas que nunca tuvieron en cuenta los fusilamientos masivos al interior de la isla y la confiscación de bienes a ciudadanos probos, incluidos compatriotas suyos.
El engendro que asumió el poder en Cuba no fue una propuesta política y menos ideológica, sino una armazón de odios, envidias y resentimientos, que, si bien no cuenta con capacidad para destruir a sus enemigos de un golpe, sí dispone de las herramientas necesarias para corroer desde adentro a quienes les adversen, de ahí su esfuerzo por manipular a los estudiantes y funcionarios públicos.
Durante décadas, demasiados prefirieron no ver ni escuchar las señales. Instituciones presentadas como culturales, informativas o de amistad formaron parte de una estrategia mucho más amplia para influir, manipular y debilitar desde dentro a quienes el castrismo consideraba sus adversarios. El documento del Departamento de Estado confirma la necesidad de examinar esa trayectoria sin ingenuidad y entender que la confrontación impulsada desde La Habana nunca se limitó a Cuba ni pertenece únicamente al pasado.
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental.
El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, donde colabora Pedro Corzo, es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.
























