El poder de la arqueología bíblica y su respaldo a los pilares fundacionales de EE. UU.

Tres hallazgos arqueológicos sobre personajes bíblicos aportan evidencia histórica que, según el autor, refuerza la relevancia de Jerusalén en Occidente

Osario del sumo sacerdote José Caifás (vía Wikimedia Commons).
Osario del sumo sacerdote José Caifás (vía Wikimedia Commons).
2 de octubre de 2026, 8:59 p. m.
Actualizado el2 de octubre de 2026, 9:05 p. m.

Opinión

El poder de la arqueología bíblica reside en que demuestra el carácter histórico de la Biblia. Asimismo, confirma la presencia de los judíos en su tierra ancestral y respalda los pilares fundacionales de Estados Unidos —como la Declaración de Independencia y la Constitución—, así como los de la civilización occidental.

El filósofo Leo Strauss afirmó que Occidente se construyó sobre dos pilares: Atenas y Jerusalén. Atenas representa la razón clásica, la libertad de expresión y la democracia. Jerusalén representa la idea de la creación divina y el origen divino de los derechos; el Éxodo como modelo de liberación frente a la tiranía; y los Diez Mandamientos junto con las enseñanzas de los profetas como código y receta para una vida plena.

En cierto sentido, Atenas no necesita defensa, pero Jerusalén sí. Y, sin embargo, Occidente depende tanto de Jerusalén como de Atenas. Por citar solo el caso de Estados Unidos: ¿Dónde estaría esta nación si Jefferson no hubiera atribuido nuestros derechos fundamentales a nuestro Creador? ¿Por qué, si no fuera por su origen divino, serían nuestros derechos "inalienables"?

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¡Qué inmenso fue el impacto de la narración del Éxodo en los esclavos negros que aguardaban su libertad!

¿Cuánta inspiración y conocimiento hemos obtenido de las grandes figuras de la Biblia —como Abraham y Moisés—, de los profetas hebreos —como Isaías y Jeremías— y del mesías judío llamado Jesús?

¿Y cuánto más caótica sería nuestra sociedad sin la influencia orientadora de los Diez Mandamientos, los Salmos y la literatura sapiencial de la Biblia?

Desde la Ilustración, y más aún desde el siglo XIX, la Biblia ha sido objeto de feroces ataques. Los escépticos insisten en que fue escrita mucho tiempo después de los sucesos que describe y que gran parte de ella se basa en mitos y fábulas.

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La arqueología bíblica refuta dicho ataque al confirmar la historicidad de la Biblia. Esta disciplina no se ocupa de milagros ni de teología; sin embargo, si se demuestra que las personas, los lugares y los acontecimientos bíblicos son reales, aumenta la credibilidad del relato en su conjunto.

Mi nuevo libro, The Stones Cry Out (Las piedras claman), abarca toda la trayectoria de la historia bíblica: desde los patriarcas que vivieron hacia el año 2000 a. C. y Moisés (hacia el 1500 a. C.), pasando por los profetas hebreos (que vivieron entre los siglos VIII y IV a. C.) y la vida, el ministerio y la muerte de Jesús, hasta llegar al movimiento de los primeros seguidores judíos y cristianos de Jesús el Mesías en el siglo I d. C.

A modo de adelanto del libro, deseo presentar aquí tres ejemplos —dos del Antiguo Testamento y uno del Nuevo Testamento— que ilustran cómo la arqueología bíblica corrobora la historicidad de la Biblia, incluso en sus detalles más minuciosos.

Balaam, hijo de Beor

Cuando Josué guía a los israelitas hacia la Tierra Prometida —esto ocurre alrededor del año 1500 a. C.—, debe atravesar el territorio de Moab, que corresponde a la actual Jordania. El rey de Moab pide a un adivino llamado Balaam, hijo de Beor, que maldiga a los israelitas para que sufran plagas y otros obstáculos en su travesía.

Balaam está dispuesto a hacerlo, pero la Biblia relata que Dios se lo impide y, en su lugar, lo obliga a bendecir a los israelitas. Más tarde, Balaam idea otras estratagemas para corromper al pueblo de Israel y termina muriendo a manos de ellos en una batalla posterior.

Este Balaam es un personaje peculiar y, en cierto modo, inverosímil. La Biblia lo presenta acompañado de un burro, y se trata de un burro que habla. Como era de esperar, a lo largo de los siglos los escépticos concluyeron que Balaam era un personaje legendario o ficticio. Sostenían que los judíos lo habían inventado como parte de una narración ficticia más amplia sobre la gran travesía hacia la Tierra Prometida.

Sin embargo, hace unas décadas, unos arqueólogos que realizaban excavaciones en Jordania hallaron una inscripción en yeso que decía: "Las palabras y advertencias de Balaam, hijo de Beor". La inscripción data de alrededor del año 800 a. C. —una época muy posterior a la de Josué—, aunque es seguro que dichas palabras y advertencias provenían de un periodo anterior y simplemente fueron plasmadas en la inscripción.

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Consideremos lo siguiente: el nombre es el mismo, Balaam. No obstante, es posible que Balaam fuera un nombre bastante común. Pero la inscripción en yeso también menciona el nombre del padre de Balaam: Beor. Además, la inscripción se encontró en Jordania, territorio que pertenecía a Moab. Y la referencia a "advertencias" y "palabras" confirma que Balaam era una especie de profeta o adivino.

Si reunimos todos estos datos, resulta evidente que se trata del mismo Balaam descrito en la Biblia. Ahora bien, supongo que un crítico podría argumentar que ni siquiera la inscripción de Balaam demuestra de forma definitiva que fuera una figura histórica. Tal vez la inscripción también haga referencia a una figura legendaria, sobre todo teniendo en cuenta el lapso temporal entre la inscripción y la persona a la que alude. No obstante, en conjunto, considero que las pruebas apuntan a que Balaam fue una persona real y no un personaje ficticio.

Los sellos de Jeremías

El profeta Jeremías vivió en el siglo VI a. C. y fue un hombre que anunciaba calamidades. Advirtió a los reyes infieles de Judá que serían invadidos por una potencia extranjera como castigo por sus pecados.

En particular, Jeremías predijo que el último gobernante, Sedequías, perdería su reino y que sus hijos serían asesinados. Jeremías instó a Sedequías a rendirse ante los babilonios y a someterse al cautiverio impuesto por su feroz déspota, Nabucodonosor.

Sedequías no vio con buenos ojos el consejo de desesperación y rendición que le daba Jeremías. Reunió a dos de sus colaboradores —Jucal, hijo de Selemías, y Gedalías, hijo de Pasur— y les encargó vigilar a Jeremías. Ambos espiaron al profeta e incluso participaron, junto con un grupo de hombres, en arrojarlo a un pozo; Jeremías solo logró escapar gracias a la intervención de un eunuco extranjero que obtuvo permiso de Sedequías para salvarle la vida.

Si avanzamos dos milenios y medio en el tiempo, encontramos a arqueólogos realizando excavaciones en Jerusalén a principios de la década de 2000. Descubren varios sellos de arcilla que datan de la época de Jeremías. Estos sellos se utilizaban para asegurar la correspondencia; aunque los documentos se perdieron, la arcilla se endureció y perduró, conservando —lo que resulta más interesante— el nombre de la persona que enviaba la correspondencia sellada.

Uno de los sellos, hallado en 2005, lleva un nombre: Jucal, hijo de Selemías. La arqueóloga que lo descubre, Eilat Mazar, de la Universidad Hebrea, no reconoce inicialmente de quién se trata. Sin embargo, más tarde consulta una concordancia bíblica y descubre, con asombro, que se trata de una figura menor de la Biblia: un ayudante del rey Sedequías.

Dos años más tarde, cerca del mismo lugar, se halló un segundo sello. Llevaba el nombre de Gedalías, hijo de Pasur. Y, de repente, estas dos figuras secundarias del Libro de Jeremías saltan de la Biblia a las páginas de la historia a través de la arqueología bíblica. Además, si estos dos personajes son reales, sus sellos también respaldan la historicidad de Sedequías y Jeremías.

El osario de Caifás

Si bien Balaam, hijo de Beor, y los dos personajes del Libro de Jeremías son figuras bastante secundarias en el Antiguo Testamento, ahora quiero centrarme en una figura de gran relevancia en el Nuevo Testamento: el sumo sacerdote Caifás.

Caifás es uno de los villanos de la Biblia. Es una de las cuatro figuras principales que intervienen en el juicio y la crucifixión de Jesús. Estas cuatro figuras son: Jesús, el acusado; el rey Herodes; el gobernador romano Poncio Pilato; y el sumo sacerdote Caifás.

Los cuatro son hombres muy diferentes. Jesús se muestra atormentado, taciturno y prácticamente no dice nada. Herodes es burlón y desdeñoso, pero desea que el asunto se resuelva entre los sumos sacerdotes y los romanos. Pilato preferiría lavarse las manos ante la situación, pero teme un levantamiento judío que pudiera provocar el desagrado de Roma y obligar a los romanos a enviar legiones para sofocarlo.

Caifás es la figura clave; manipula primero al consejo sacerdotal —o Sanedrín— y más tarde a Pilato para que aprueben la crucifixión de Jesús. La Biblia lo menciona con un solo nombre: Caifás. El historiador judío Josefo, quien también fue funcionario romano, nos proporciona su nombre completo: José Caifás.

Así pues, es evidente que José era su nombre de pila y Caifás su apellido. Ahora, avancemos dos mil años en el tiempo. En 1990 —hace apenas unas décadas—, unos arqueólogos realizaban excavaciones en el llamado "barrio sacerdotal" de Jerusalén, donde residían las antiguas familias aristocráticas. Allí descubrieron varios osarios de piedra que databan del siglo I d. C.

Un osario es una caja de piedra. En la época de Jesús, tras la muerte, la persona era sepultada en una tumba. Una vez que el cuerpo se descomponía, se retiraban los huesos de la tumba y se depositaban en una caja de piedra u osario. A continuación, se inscribía el nombre del difunto en el osario y se decoraba la caja en función de la distinción que la persona había tenido en vida.

Al examinar los osarios, los arqueólogos encontraron uno especialmente ornamentado. En él figuraba una inscripción con un nombre: Yehosef bar Qayafa, o José, hijo de Caifás. En el interior del osario se hallaban los restos óseos de un hombre de 60 años.

¡Es Caifás! ¿Quién si no? Y lo extraordinario es que no contamos simplemente con una inscripción o una referencia a su persona; poseemos sus propios huesos.

De repente, los dramáticos episodios en los que Jesús es conducido a la casa del sumo sacerdote —y en los que Caifás presiona a Pilato para que acceda a la ejecución de Jesús— adquieren un nuevo y sólido sustento histórico gracias a esta confirmación extrabíblica de la existencia de Caifás.

La fuerza de estos ejemplos —de los cuales presento cerca de un centenar en mi libro— radica en que confirman de manera asombrosa que los sucesos narrados en la Biblia no son solo una cuestión de fe, sino también hechos históricos comprobables.

En consecuencia, podemos confiar en la Biblia, y así se refuerza nuestra confianza en los fundamentos bíblicos de Estados Unidos y en el pilar de "Jerusalén" dentro de la dualidad Atenas-Jerusalén.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de The Epoch Times.

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