El legado funesto del castrismo

El presidente cubano Fidel Castro (Izq.) y su hermano Raúl (centro), ministro de las Fuerzas Armadas cubanas, esperan junto a otros funcionarios de Cuba para iniciar la votación para elegir al nuevo presidente del Parlamento cubano en La Habana, el 24 de febrero de 1998. (ADALBERTO ROQUE/AFP vía Getty Images)
El presidente cubano Fidel Castro (Izq.) y su hermano Raúl (centro), ministro de las Fuerzas Armadas cubanas, esperan junto a otros funcionarios de Cuba para iniciar la votación para elegir al nuevo presidente del Parlamento cubano en La Habana, el 24 de febrero de 1998. (ADALBERTO ROQUE/AFP vía Getty Images)
27 de agosto de 2026, 6:30 p. m.
| Actualizado el27 de agosto de 2026, 6:30 p. m.

Opinión

El castrismo transformó profundamente la sociedad cubana mediante la imposición de un sistema totalitario que erosionó valores ciudadanos, destruyó instituciones, generalizó el miedo y extendió su influencia más allá de las fronteras de la Isla. Su legado no se limita al deterioro económico y político de Cuba, sino que incluye décadas de subversión, intervencionismo y alianzas con adversarios de Estados Unidos. Superar esa herencia exigirá reconstruir las instituciones republicanas, recuperar los valores cívicos y garantizar que las estructuras y prácticas del totalitarismo no condicionen el futuro de la nación.

La dictadura populista impuesta en Cuba a partir del primero de enero de 1959 evolucionó vertiginosamente hacia un sistema totalitario, excepcionalmente rígido, que transformó la sociedad cubana de manera radical, induciendo en la ciudadanía una pérdida de valores que la hiciera compatible con la narrativa y la práctica del futuro Estado absolutista.

El establecimiento en Cuba de un sistema fundamentalista de carácter totalitario no fue consecuencia de la geopolítica o de factores ajenos a la nación, sino la esencia del proyecto de la facción insurreccional que comandaron los hermanos Castro.

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La visión fundamentalista de los fatídicos hermanos se alió con los comunistas criollos que respondían ciegamente a Moscú, no por convicción, sino por oportunismo, condición que caracterizó a Fidel Castro toda su vida.

Buscaron en el Kremlin lo que este podía proveerles: el ropaje de una ideología en el poder con capacidad para subsidiar los sueños hegemónicos del caudillo que comandó el último ejército imperial de habla hispana en el mundo.

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Tengo la firme convicción de que el enfermizo delirio de grandeza de Fidel le hacía verse como su admirado Alejandro el Grande. No pasemos por alto que se hizo llamar Alejandro en la lucha contra Fulgencio Batista y que, en su juventud, sustituyó su segundo nombre, Hipólito, por el de Alejandro.

Hay muchas evidencias de que la dirección insurrecta que comandó nunca favoreció el establecimiento de una sociedad democrática y menos aún el restablecimiento de la icónica Constitución de 1940. Desde el primer día en el poder actuaron para su provecho. Su proyecto nunca consideró la alternabilidad, sino la perpetuidad y la expansión de sus mezquinos intereses.

Varios fueron los objetivos de la nueva clase dirigente para construir el Estado totalitario, entre otros, la desacralización de la nación, la masificación del ciudadano y la aniquilación de la sociedad civil a través del incentivo de las características más negativas del ser humano: división familiar, odio, envidia, sectarismo, delación, deshonestidad y agresividad. Estos fueron instrumentos esenciales para destruir los paradigmas fundamentales de la nación y forjar otros que favorecieran la formación de una feligresía fanática del nuevo orden, semejante a una secta religiosa profundamente proselitista y belicosa.

(ARCHIVO) Esta foto de archivo de agosto de 1959 muestra al comandante Camilo Cienfuegos (izquierda) y el comandante Ernesto Che Guevara, en La Habana. Camilo falleció en un accidente aéreo el 28 de octubre de 1959 durante una misión militar, y Guevara fue ejecutado en Bolivia el 8 de octubre de 1967. (-/AFP vía Getty Images)(ARCHIVO) Esta foto de archivo de agosto de 1959 muestra al comandante Camilo Cienfuegos (izquierda) y el comandante Ernesto Che Guevara, en La Habana. Camilo falleció en un accidente aéreo el 28 de octubre de 1959 durante una misión militar, y Guevara fue ejecutado en Bolivia el 8 de octubre de 1967. (-/AFP vía Getty Images)

Este hombre nuevo, como prometiera el sangriento capellán Ernesto “Che” Guevara, con la bendición de los sumos sacerdotes Fidel y Raúl Castro, no se forjó en el número necesario para que el Olimpo castrista disfrutara apaciblemente del totalitarismo. Los herejes, los reivindicadores de la república que no conocieron, nunca han dejado de reclamar sus derechos, aunque es apropiado reconocer que al castrismo tampoco le han faltado servidores ansiosos por oprimir a su prójimo y llevar sus enseñanzas por la fuerza a otros territorios.

Uno de los logros fundamentales del totalitarismo castrista es haber sembrado el miedo y la inseguridad en lo más profundo de la gnosis de las masas. El miedo es omnipresente en la sociedad cubana, lo que ha causado una masiva indefensión ciudadana con el penoso resultado de la desesperanza. La represión ha tenido el resultado de generalizar el miedo y el terror en la población, al extremo de que el ciudadano se siente incapaz de reclamar sus derechos por la aplastante intimidación que padece. Los propios sicarios del régimen sufren ambos síndromes. Con certeza, no faltan quienes reprimen por sadismo personal y por la recompensa que les concede la tiranía. Sin embargo, hay muchos que obedecen porque temen dejar de ser victimarios y convertirse en víctimas si no acatan las órdenes de sus amos.

El maridaje entre el miedo y el terror ha gestado un sujeto depredador del entorno y del prójimo. Sometidos que disfrutan la cosecha de víctimas a pesar de que subsisten en un perenne ambiente de miedo, inseguridad y dudas. Individuos sin compromisos sociales, indigestados de espantos que, en sus empeños egoístas, retrasan los cambios que requiere el país.

Por eso, lo peor de la herencia totalitaria no es el desastre económico, ni los sueños robados, ni aun las vidas perdidas, sino el robo cometido contra el futuro de la nación al corromper y castrar a un amplio sector de la ciudadanía.

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La gestión totalitaria ha sido catastrófica para la Isla. Ni un solo rubro de la economía se aproxima a lo alcanzado en el período republicano, 1902-1958, conduciendo a la sociedad a condiciones de una miseria extrema de difícil recuperación, salvo que la estructura jurídica sea sustituida por nuevas legislaciones que prioricen los derechos ciudadanos frente a los del Estado fallido y que nuevos y probos funcionarios administren el país.

Sin duda alguna, lo más complicado y difícil de todas las gestiones será que el poblador promedio recupere los valores ciudadanos, deje la condición de masa y asuma la perspicacia de lo que significa tener deberes y derechos. El cubano debe abjurar de la doble moral, deslastrarse del oportunismo y reconocer los derechos de los otros, incluidos el derecho al libre pensamiento y el derecho a la propiedad.

Refundar el país en el contexto de sus valores republicanos, retornarlo a sus raíces, será costoso en todas las instancias. Será un trabajo duro y arduo que demandará el concurso de todos los que tengan la voluntad y el coraje suficientes para levantar a Cuba desde sus ruinas.

La destrucción sistemática de los valores y principios republicanos cubanos, al igual que la enraizada crisis de la economía nacional, paradójicamente, ha sido caldo de cultivo para que las ambiciones hegemónicas del liderazgo de la revolución insistiesen en sus pretensiones imperialistas.

La Internacional Comunista o Tercera Internacional se fundó en marzo de 1919, dos años después del triunfo bolchevique, con la intención de unir a los partidos de esa ideología e iniciar la revolución mundial.

Fidel, evidentemente más ambicioso, estrenó sus labores de conquista antes de cumplirse el primer año de su llegada al poder. En menos de seis meses organizó cuatro expediciones armadas contra igual número de países caribeños, incursiones todas comandadas por cubanos y compuestas, en su mayoría, por sujetos de esa nacionalidad.

El totalitarismo insular, de una voracidad sin límites, organizó la subversión armada y política en todo el hemisferio, creando para esos fines entidades gubernamentales multipropósito que servían tanto para establecer el control social al interior del país como para reclutar potenciales agentes.

Recordemos, entre otras, Casa de las Américas, el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, organizaciones todas que contaban con generosos presupuestos usados para obnubilar o sobornar a los partidarios más entusiastas y encubrir eficientemente los verdaderos planes del régimen.

Por otra parte, forjaba organizaciones internacionales como la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, que celebró la Primera Conferencia Tricontinental en La Habana, en 1966, una internacional de la insurrección mundial contra lo que Estados Unidos representa. Tampoco faltó un ente dedicado a la rebelión en este hemisferio, la Organización Latinoamericana de Solidaridad, OLAS.

Si bien todos y cada uno de los países del hemisferio han sido objetivos del totalitarismo insular, incluidos los Estados Unidos de América, es importante tener presente que, en el lejano año 1965, Guevara comandó una expedición de más de un centenar de hombres al Congo-Kinshasa, gestión que fracasó, pero abrió el capítulo de la sangrienta invasión y ocupación castrista de más de un país africano, con la particularidad de que algunos estudiosos afirman que Cuba desplazó en Angola, proporcionalmente, más efectivos militares que Estados Unidos en Vietnam.

Cierto es que el fundamentalismo castrista se involucró en numerosos conflictos en el continente africano, pero fue en América Latina donde primero incursionó.

En Venezuela, en 1963, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, FALN, estrechas aliadas de Castro, cometieron el horrendo crimen del Tren del Encanto. Posteriormente se produjeron el desembarco en la playa de Túcacas, en 1966, con armas y hombres, y el de Machurucuto, en 1967, donde hizo otro tanto el general Ulises Rosales del Toro. No obstante, la mayor y más descarnada intervención del castrismo en América Latina ocurrió en Bolivia, cuando Ernesto Guevara incursionó en ese país al mando de 16 oficiales del ejército castrista, dando lugar a un enfrentamiento con Mario Monje, líder del Partido Comunista de Bolivia, a quien el argentino-cubano quería arrebatarle el liderazgo de la insurrección de su propio país.

Los crímenes transnacionales del castrismo no se limitan a acciones militares, sino que también incluyen actos terroristas en incontables países, entre otros, Argentina, Nicaragua, Colombia y Guatemala, así como apoyo de todo tipo a los insurgentes uruguayos “Tupamaros”, que secuestraron y asesinaron a diplomáticos, como el funcionario estadounidense Dan Mitrione, en 1970, crimen en el que participaron agentes cubanos. Aunque el castrismo no participó directamente en el asesinato del embajador de Estados Unidos en Guatemala, John Gordon Mein, en 1968, la facción guatemalteca, Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), tenía una definida orientación castrista y recibía apoyo material, ideológico y logístico del totalitarismo insular.

Hay acciones que causan graves daños a pesar de su simplicidad y poco costo, como la exportación de sus ciudadanos y de terceros a un país objetivo; servir de plataforma para una campaña de desinformación o de espionaje electrónico o humano y, sin dudas, algo mucho más peligroso: prestarse como proxy militar de otra nación para agredir al enemigo común.

Los perjuicios que puede causar el totalitarismo castrista a cualquier país, incluso a Estados Unidos, se reflejan en la expresión “no hay enemigo pequeño”, realidad comprobada con sucesos como los éxodos de Camarioca, en 1965; Mariel, en 1980; o el de los balseros de 1994; el apoyo a los grupos subversivos nacionales; las numerosas actividades de espionaje y el derribo de los aviones de “Hermanos al Rescate”, en 1996, en aguas internacionales, que causó la muerte de sus ocupantes.

Década tras década, Cuba ha recurrido a numerosos aliados para atacar a Estados Unidos de diferentes maneras, respaldando a los enemigos de Washington, como fueron la extinta Unión Soviética y, en el presente, Rusia, la República Popular China, Corea del Norte e Irán. Todavía más, hay trabajos que muestran que esbirros cubanos actuaron como carceleros de militares norteamericanos presos en Vietnam del Norte, una operación conocida como el “Programa Cubano”.

Como reafirmación de que la agresividad del totalitarismo no ha desaparecido en Cuba, donde existen controles sociales extremos, el Kremlin de Vladimir Putin recluta mercenarios para su guerra contra Ucrania, mientras La Habana no repara en apoyar a Pekín en sus ambiciones sobre Taiwán, ya que reconoce como válida la política de “una sola China”.

Es más que conveniente, angustiados por todo lo ocurrido y pensando en el futuro, proceder a una rápida y completa extirpación del castrismo y sus metástasis, acción en la que deberíamos participar ciudadanos y gobiernos, porque son innumerables los perjuicios tangibles e intangibles sufridos por todos y la justicia es vital para la recuperación de cualquier sociedad.

Está de más decir que la paz y la concordia no llegarán con la clausura de las propuestas castristas. Mientras haya individuos resentidos desde su primer balido, odiadores de oficio y envidiosos de la manera en que los demás respiran, no faltarán quienes estén dispuestos a imponer las nefastas enseñanzas del fundamentalismo castrista, puesto que el odio los convierte en máquinas de matar, como les dictara uno de sus maestros, el asesino en serie Ernesto “Che” Guevara.

Conclusión

El legado del castrismo trasciende las consecuencias materiales de más de seis décadas de totalitarismo. Su daño más profundo reside en la erosión de los valores ciudadanos, la institucionalización del miedo y la destrucción de las bases republicanas de la nación. La reconstrucción de Cuba exigirá no solo reformas políticas, jurídicas y económicas, sino también una profunda recuperación cívica y moral que permita restablecer los derechos individuales, reconstruir la sociedad civil y evitar que las prácticas y enseñanzas del totalitarismo vuelvan a reproducirse bajo nuevas formas.

Autor

Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.

El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. 

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times


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