La guerra detrás de la guerra global

Mientras Irán, EE. UU. y los hutíes intensifican el conflicto, Rusia y China podrían aprovechar la crisis para debilitar a Washington y ampliar su influencia

Buques comerciales permanecen anclados frente a la costa de Yemen, en Bab el-Mandeb —el estrecho que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico—, el 12 de septiembre de 2026. (AFP vía Getty Images).
Buques comerciales permanecen anclados frente a la costa de Yemen, en Bab el-Mandeb —el estrecho que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico—, el 12 de septiembre de 2026. (AFP vía Getty Images).
Armstrong Williams
25 de septiembre de 2026, 4:56 p. m.

Opinión

El conflicto visible ya resulta suficientemente alarmante. Irán y Estados Unidos intercambian amenazas y ataques militares. Los hutíes lanzan misiles y drones contra Arabia Saudita mientras amplían su control a lo largo de la costa yemení del mar Rojo; las fuerzas saudíes responden. Los buques comerciales navegan por el estrecho de Ormuz y el de Bab el-Mandeb bajo la amenaza de sufrir ataques. Las fuerzas estadounidenses permanecen desplegadas por toda la región, cada vez más vulnerables ante un conflicto sin un desenlace claramente definido.

Más allá de los misiles, el humo y las declaraciones oficiales, subyace algo que podría tener consecuencias aún mayores: las maniobras discretas de Moscú y Beijing.

Rusia y China no necesitan atacar directamente a las fuerzas estadounidenses para beneficiarse de esta guerra. Pueden brindar a Irán protección diplomática, vías de salvación comercial, tecnología, ventajas en materia de inteligencia y acceso a los mercados internacionales, todo ello mientras abogan públicamente por la paz. Es posible que su objetivo no sea otorgar a Irán una victoria decisiva; tal vez baste con mantener a Estados Unidos distraído, con sus recursos militares al límite, bajo presión económica y políticamente dividido.

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Esa es la estrategia más sombría: prolongar la crisis sin asumir formalmente la responsabilidad de ella.

Rusia tiene todos los motivos para ver con buenos ojos otro compromiso militar estadounidense que absorba grandes recursos. Cada misil de defensa aérea estadounidense utilizado en Medio Oriente es un misil que no puede transferirse a otro lugar ni reservarse para una posible crisis futura. Todo activo de vigilancia redirigido hacia Irán reduce la flexibilidad de Estados Unidos en Europa o Asia. Unos precios del petróleo más elevados pueden aumentar los ingresos de Moscú y, al mismo tiempo, incrementar la presión económica sobre las naciones occidentales.

La asociación de Rusia con Irán se ha profundizado a lo largo de años de cooperación militar recíproca. Irán ayudó a Moscú durante su guerra contra Ucrania. Rusia posee sistemas de armas, capacidades de inteligencia y tecnología militar que Irán desea. Incluso cuando el alcance total de su cooperación permanece oculto, la transacción estratégica es evidente: cada país ayuda al otro a imponer costos a Estados Unidos y a sus aliados.

El papel de China es más sutil y, tal vez, más sofisticado. Beijing se presenta a sí mismo como un mediador responsable. Insta a la contención, habla de estabilidad regional y protege sus relaciones tanto con Irán como con Arabia Saudita. Sin embargo, China sigue siendo el socio económico más importante de Irán y su principal cliente de petróleo. Es una de las pocas potencias capaces de proporcionar a Teherán un margen de maniobra financiera significativo.

Por lo tanto, China juega a varias bandas simultáneamente. Tranquiliza a Arabia Saudita, presiona a Irán en privado, aboga públicamente por la paz y preserva la relación económica que ayuda a Teherán a resistir la presión occidental. Beijing desea estabilidad, pero preferiblemente una estabilidad en la que la influencia estadounidense disminuya y China se convierta en la potencia diplomática, comercial y estratégica indispensable.

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Es por ello que la reunión del líder chino con el presidente Donald Trump en Washington trasciende el ámbito del comercio, los aranceles o la diplomacia protocolaria. Podría convertirse en uno de los encuentros más trascendentales de este conflicto en expansión. La cuestión fundamental es si China está dispuesta a utilizar su verdadera influencia sobre Irán para contener a los hutíes, proteger la navegación internacional y evitar que una guerra regional se transforme en una confrontación global.

Washington debe determinar si Beijing realmente desea una desescalada o si simplemente busca controlar el caos lo suficiente como para sacar provecho de él. China no puede presentarse de manera creíble como un agente pacificador mientras sostiene económicamente a una de las partes, debilita el escrutinio internacional y amplía sus capacidades de vigilancia cerca de las vías marítimas más sensibles del mundo. La reunión en Washington ayudará a revelar si China pretende convertirse en una potencia estabilizadora o en una oportunista.

Sin embargo, la claridad moral también exige honestidad histórica. Estados Unidos no puede pretender que nunca ha recurrido a esta misma forma de maniobra geopolítica.

Durante la Guerra Fría, Washington armó y financió a las fuerzas de resistencia afganas que luchaban contra la ocupación soviética, obligando a Moscú a librar una guerra prolongada y costosa sin necesidad de enviar tropas estadounidenses al combate directo contra las fuerzas soviéticas. Estados Unidos empleó la presión económica, las operaciones encubiertas, las alianzas regionales y el uso de fuerzas interpuestas para debilitar la influencia soviética en todo el mundo.

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Asimismo, Estados Unidos sacó partido de la división entre China y la Unión Soviética. La apertura hacia China impulsada por Richard Nixon fue un acto de diplomacia visionaria, pero también una maniobra estratégica diseñada, en parte, para aislar a Moscú y alterar el equilibrio global de poder. En toda Asia, Estados Unidos forjó alianzas, respaldó gobiernos y ejerció presión militar y económica para contener a la China comunista y limitar sus ambiciones regionales.

Las grandes potencias siempre han intentado desgastar a sus rivales de manera indirecta. Estados Unidos lo ha hecho. Rusia lo ha hecho. China lo está haciendo ahora. Reconocer esto no justifica las malas conductas actuales, pero debería protegernos de la superioridad moral y de la ceguera estratégica. Las naciones rara vez actúan movidas únicamente por la pureza moral; actúan por interés, oportunidad y miedo.

Mientras tanto, las arterias económicas del mundo se estrechan. Los ataques hutíes contra la infraestructura energética saudí están desviando más petróleo hacia el estrecho de Ormuz, la vía marítima más vulnerable a la presión iraní. El conflicto cerca de Bab el-Mandeb amenaza la ruta del mar Rojo que conecta Europa y Asia. Lo que comienza como un ataque con drones desde Yemen puede elevar los precios del combustible en Baltimore, los costos de transporte en Europa y los precios de los alimentos en toda África.

Así es como los conflictos regionales se convierten en guerras mundiales: no siempre mediante una declaración formal, sino a través de la acumulación de tensiones, errores de cálculo y compromisos ocultos.

Irán debe rendir cuentas por apoyar a fuerzas que desestabilizan a sus vecinos. Los hutíes no pueden atacar infraestructuras civiles y escudarse en la retórica de la resistencia. Arabia Saudita tiene derecho a defender a su pueblo, pero no debe arrastrar a Washington a una reactivación ilimitada de la catastrófica guerra de Yemen. Estados Unidos debe proteger a sus fuerzas y garantizar la libertad de navegación, pero las maniobras militares no sustituyen a una estrategia coherente.

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Antes de que este conflicto se extienda aún más, Estados Unidos debe definir su objetivo, señalar a los actores externos que alimentan la guerra y determinar si cada nuevo ataque favorece la paz o simplemente profundiza una trampa de la que Rusia y China podrían sacar provecho.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de The Epoch Times.

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