Opinión
Como dice la frase atribuida a Mark Twain, la historia no se repite, pero rima.
El martes 3 de noviembre, la victoria fue contundente. Los demócratas se hicieron con la Cámara de Representantes, el Senado y numerosas gobernaciones, incluyendo estados que los republicanos consideraban seguros como Texas, Kansas, Ohio, Iowa y Carolina del Sur.

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Los primeros recuentos apuntaban a una auténtica victoria en el voto popular, no a un simple efecto de la distribución geográfica de los distritos electorales.
Algunos demócratas querrán presentar esta ola electoral como un mandato popular. Algunos republicanos querrán atribuir el resultado a la guerra, a un mal ciclo electoral, o a cualquier otra circunstancia, antes que reconocer que los ciudadanos consideran que incumplieron sus compromisos.
Ambas reacciones son propias de gobiernos que comienzan a perder el rumbo.
Washington parece estar dispuesto a "repetir" un guion británico reciente, y eso no resulta nada alentador.
En diciembre de 2019, Boris Johnson consiguió una victoria contundente: 365 escaños en el Parlamento, el 43.6 % de los votos y una mayoría de 80 escaños, con una lista de prioridades: culminar el Brexit, aumentar los salarios y recuperar el control de la frontera.
Johnson cumplió con la salida de la Unión Europea. Pero no construyó el país que debía venir después. La migración neta, que el programa electoral prometía reducir desde aproximadamente un cuarto de millón de personas, llegó posteriormente a alcanzar cerca de 900,000.
No se construyeron las viviendas necesarias. La carga fiscal alcanzó su nivel más alto desde la posguerra. La excusa del COVID-19 no resultó convincente a largo plazo.
El escándalo de las fiestas durante la pandemia conocido como Partygate agotó su credibilidad moral; los 49 días de Liz Truss como primera ministra terminaron de erosionar la confianza económica.
Para 2024, incluso los propios votantes de derecha habían llegado a la conclusión de que el Partido Conservador hablaba como ellos, pero gobernaba como el Tesoro británico. Reform UK obtuvo el 14.3 % de los votos y cinco escaños. Los conservadores se desplomaron hasta los 121.
La recompensa para el Partido Laborista parecía similar a la de 1997 (cuando Tony Blair ganó con el "Nuevo Laborismo"), pero no lo fue.
Keir Starmer obtuvo 411 escaños —aproximadamente el 63 % de la Cámara— con el 33.7 % de los votos y una participación inferior al 60 %, menos votos que los que obtuvo Jeremy Corbyn en su derrota de 2019.
El colapso del Partido Conservador y la división en la derecha propiciaron aquella victoria aplastante. Fue un rechazo al gobierno anterior, no una conversión ideológica del electorado.
Starmer desperdició después esa oportunidad, sin llegar siquiera a convertirse en un líder de izquierda radical. Su oferta había sido el "cambio".
Sin embargo, en cuestión de semanas, su gobierno condicionó la ayuda para calefacción durante el invierno a los ingresos de millones de pensionistas, mientras que altos cargos tenían que dar explicaciones sobre ropa y gafas financiadas por donantes.
El presupuesto de otoño impuso unos 25,000 millones de libras adicionales a los empleadores mediante el aumento de las cotizaciones del Seguro Social y endureció el impuesto a las herencias de las explotaciones agrícolas.
El crecimiento siguió siendo débil. La migración no cesó. Los votantes de la izquierda comenzaron a marcharse hacia los Verdes; los escaños prestados del norte que el Partido Laborista había recuperado prestados empezaron a inclinarse en la dirección opuesta.
A finales de 2025, la popularidad de Starmer era la peor que Ipsos había registrado para un primer ministro desde la década de 1970.
El golpe de gracia fue su falta de criterio político. Envió a Peter Mandelson a Washington a sabiendas de su amistad con Jeffrey Epstein.
Cuando los archivos revelaron que la relación había sido mucho más comprometida de lo que se había presentado, casi nadie creyó la explicación de que Mandelson había mentido durante el proceso de evaluación de antecedentes.
Tras una derrota aplastante a nivel local en mayo de 2026, Starmer dimitió. En julio, los diputados laboristas nombraron a Andy Burnham. Al país ni siquiera se le pidió su opinión.
Volvamos a la ola electoral del martes en Estados Unidos. Los primeros recuentos del voto popular son un verdadero revés: precios, el descontento con el presidente, y una gestión que exigió paciencia a los ciudadanos pero terminó agotándola.
La semejanza con el caso británico viene después.
Cuando un gobierno incumple un mandato auténtico, a juicio de los ciudadanos, se sufre un castigo. Pero quien hereda ese castigo, si confunde la magnitud de la victoria con un respaldo incondicional y desperdicia la oportunidad, se puede caer todavía más rápido que aquellos a quienes reemplazó.
Gran Bretaña consiguió protagonizar ambas situaciones en menos de una década. Hoy a ese período se le conoce allí como la "década perdida".
Es importante destacar que el Reino Unido es un sistema parlamentario, donde el poder ejecutivo —el gobierno— surge del parlamento y no constituye una rama totalmente independiente. Esto significa que el partido gobernante, o la coalición, puede votar para reemplazar al primer ministro sin necesidad de convocar elecciones generales.
Además, las elecciones no se celebran necesariamente cada cuatro años; el primer ministro puede convocarlas prácticamente en cualquier momento, y existen otros mecanismos que pueden producir el mismo resultado.
Sin embargo, en lo que respecta a los temas específicos que nos ocupan, no creo que esas diferencias afecten seriamente las comparaciones que estamos haciendo.
Lecciones para Estados Unidos
Una gran victoria electoral es como un préstamo, no un cheque en blanco. Concede permiso para cambiar unas cuantas cosas concretas que los ciudadanos puedan notar en su vida cotidiana: los precios, los salarios, las fronteras, la energía, la vivienda, la delincuencia y la posibilidad de que los poderosos y sus amigos estén por encima de las consecuencias de sus actos.No es una licencia o autorización para imponer toda la agenda política ni para emprender una campaña de venganza que desean los activistas, pero que los electores nunca respaldaron.
Los votantes pueden tolerar durante más tiempo una ideología que no les gusta que a una cifra que afecta directamente a sus vidas, especialmente cuando se les prometió que cambiaría y no cambió.
La brecha fatal reside entre la agenda con la que se ganó la victoria y la estadística con la que se gobierna.
Los errores que ahora tienen ante sí los dos partidos no son los mismos.
En 2024, los republicanos tenían algo más parecido al mandato de Johnson que al de Starmer: una instrucción clara sobre los precios, las fronteras y la capacidad de gobernar con eficacia, expresada por votantes que ya habían expulsado una vez a sus adversarios del poder.
El martes fue la prueba de fuego.
La guerra y el precio de la gasolina se ofrecerán como explicaciones. Son factores que deben formar parte del balance, pero no sustituyen la obligación de rendir cuentas. Si los alquileres y los alimentos no bajaron como se prometió —salvo en el control fronterizo, donde los excesos atribuidos al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) también generaron rechazo—, la calificación del gobierno está a la vista.
La solución no consiste en elaborar una teoría sobre unos votantes desagradecidos. Consiste en cerrar esa brecha antes de 2028.
Hablar como la derecha mientras los resultados que experimentan los ciudadanos apuntan en la dirección contraria es peor que defender honestamente una política más moderada. Significa abandonar los temas centrales y permitir que alguien más herede el poder sin haber tenido siquiera que presentar un programa propio.
Los demócratas enfrentan el riesgo opuesto, aunque cuentan con una ventaja que el Partido Laborista británico no tuvo: aparentemente han ganado el voto popular de verdad, no una tercera parte del país convertida artificialmente en dos tercios de los escaños legislativos.
No deberían desperdiciar esa victoria.
Esta ola electoral rechaza una gestión de gobierno; no equivale a firmar un cheque en blanco para todo un programa político.
El peligro consiste en interpretar las nuevas mayorías como una autorización para imponer la lista de prioridades de la izquierda profesional, o comenzar castigando económicamente a los mismos hogares que acaban de entregarles las llaves del poder.
Starmer perdió apoyo en ambos extremos del espectro político porque nunca tuvo una idea clara de a quién representaba realmente, solo parecía preocupado por mantener unida a su propia coalición.
"Cumpliremos nuestras promesas" es la frase correcta solo si cumplir implica reducir el costo de la vida cotidiana.
Si por el contrario, implica favorecer a los donantes, los grupos de presión y los funcionarios de una oposición en el exilio, la historia se repetirá exactamente igual, y esta vez el desenlace podría llegar en menos de dos años.
La secuencia británica fue la siguiente: un mandato electoral, un fracaso en su ejecución, un desalojo del poder disfrazado de victoria política y finalmente la destitución del primer ministro por parte de su propio partido, porque nadie quería enfrentarse a los votantes para defender los resultados de su gestión.
Estados Unidos apenas está comenzando esa secuencia. No está a salvo de repetirla.
El partido que interprete el resultado del martes como una instrucción para hacer unas cuantas cosas difíciles, concretas y medibles será el que siga en pie cuando llegue 2028.
El partido que lo interprete como una autorización para vengarse o como una absolución de sus errores escuchará, tarde o temprano, cómo la historia vuelve a rimar en su contra.
Las opiniones expresadas en este artículo corresponden a su autor y no necesariamente reflejan los puntos de vista de The Epoch Times.














