El político excepcional que dejó a sus electores con ganas de más

El cumplimiento del deber de un político recuerda a otros funcionarios que la gente no espera perfección, sino valentía y un compromiso sincero de servicio

(De izquierda a derecha) Ryland Engelhart, Mollie Engelhart y Chip Roy en el evento Spirit of Liberty, en Kerrville, Texas, el 19 de septiembre de 2026. (Cortesía de Mollie Engelhart).
(De izquierda a derecha) Ryland Engelhart, Mollie Engelhart y Chip Roy en el evento Spirit of Liberty, en Kerrville, Texas, el 19 de septiembre de 2026. (Cortesía de Mollie Engelhart).
Mollie Engelhart
29 de septiembre de 2026, 11:32 a. m.

Opinión

Llegué tarde al evento "Espíritu de la Libertad" (Spirit of Liberty), organizado en honor al representante Chip Roy (R-TX) y a su equipo el sábado por la noche. Había pasado la tarde en un encuentro con lectores de The Epoch Times en Houston, y esa ciudad se encuentra a casi cuatro horas de Kerrville. Para cuando entré en la sala de conferencias del hotel Y.O. Ranch, el evento ya había comenzado.

La sala daba la impresión de que alguien hubiera abierto varios capítulos de la historia de Estados Unidos simultáneamente. Algunos invitados vestían trajes de la época colonial. Había alguien caracterizado como Benjamin Franklin, mujeres con hermosos vestidos provistos de corsés atados tanto por delante como por la espalda, chales con la bandera estadounidense y gorras de béisbol que proclamaban el compromiso de quienes las llevaban con alguna vertiente del movimiento conservador. Y, por supuesto, al tratarse de Texas, abundaban los sombreros de vaquero. Las mesas estaban decoradas con banderas de Estados Unidos. El ambiente en toda la sala era patriótico, pero no de esa manera artificial y perfectamente orquestada propia de los actos de campaña electoral; se percibía algo auténtico, sentido y profundamente personal.

El evento fue organizado por Texans Uniting for Reform and Freedom (conocida como TURF) y We the People: Liberty in Action. Terri Hall realizó una labor extraordinaria en su organización. Sin embargo, más allá de los disfraces, las banderas y los discursos, había un mensaje sencillo: gratitud.

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Roy decidió no buscar la reelección al Congreso cuando optó por postularse para fiscal general de Texas. El cargo de fiscal general le habría permitido seguir sirviendo a Texas manteniendo un mayor arraigo en el estado —más cerca de su esposa y de sus dos hijos adolescentes— y alejándose de la constante atracción de Washington. No ganó esa contienda. Ahora, tras años en el Congreso, dejará de ser nuestro congresista y tampoco será nuestro fiscal general.

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Lo que me llamó la atención fue la tristeza genuina que sentía la gente ante su partida.

Siempre me ha gustado Roy. Recuerdo haberlo visto, durante la época del virus COVID 19, hablar con pasión ante una sala casi vacía y señalar los errores de ambos partidos. Siempre ha poseído una capacidad singular para exponer sus argumentos, un don de palabra y la disposición a decir lo que piensa, incluso cuando habría sido más fácil guardar silencio.

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Sin embargo, la noche del sábado no giró principalmente en torno a leyes, votaciones o discursos en el pleno de la Cámara. Se trató de lo que sucedió cuando texanos de a pie llamaron a su oficina y necesitaron ayuda.

Una tras otra, las personas describían cómo Roy y su equipo habían marcado una diferencia en sus vidas. Algunos comentaban que él les había devuelto la fe en que aún podía haber gente buena en el gobierno. Otros hablaban de sentirse vistos y escuchados, y de saber que su oficina estaría allí cuando la necesitaran. Una y otra vez, la gente se ponía en pie para expresar su gratitud. Muchos de ellos lloraban.

Cuando Roy finalmente subió al escenario, se le notaba visiblemente conmovido. Miró a los asistentes y comentó que aquello se parecía un poco a asistir a su propio funeral. Todos rieron, pero la gracia residía en que era verdad: la gente estaba diciendo cosas que, con demasiada frecuencia, esperamos a que alguien haya partido para expresar.

Les dijo que Dios y la familia seguirían siendo su guía fundamental. También parecía sentirse casi incómodo ante tantos elogios. Desde su perspectiva, afirmó, simplemente había cumplido con su trabajo. ¿Por qué los legisladores no habrían de ir a Washington y hacer lo mejor para su gente? ¿Por qué debería considerarse eso algo extraordinario? El mandato es, en realidad, muy sencillo.

Quizás debería ser sencillo. La reacción en aquella sala demostró cuán poco común se ha vuelto.

Rafael Cruz, padre del senador Ted Cruz (R-TX), también se puso en pie para hablar. Expresó su gratitud con gran fervor, no solo por lo que Roy había hecho por Texas, sino también por el papel que, según él, Roy había desempeñado al ayudar a forjar a su hijo y convertirlo en el hombre que es hoy. Al terminar, Rafael pidió a todos los presentes que oraran por Roy y su esposa.

Concluyó con un mensaje que surgió en más de una ocasión a lo largo de la velada: "Dios aún no finaliza su labor contigo". Nadie en la sala sabía qué les depararía el futuro, pero todos coincidían en que la labor de Roy no había concluido simplemente por haber perdido una elección.

Roy no fingió que perder la contienda por la fiscalía general careciera de importancia. Reconoció sus frustraciones y los factores que, a su juicio, habían influido en la campaña, pero no se detuvo en ellos. Ni "fiscal general" ni "congresista" eran los títulos que utilizaba para definirse a sí mismo; las identidades que él destacaba eran las de hijo de Dios, esposo y padre.

Esa distinción marcó otro de los temas de la velada. Los cargos políticos son temporales; se pierden elecciones y los mandatos llegan a su fin. Chip describió una jerarquía en la que el servicio público ocupaba un lugar posterior a Dios y a la familia, y no anterior a ellos.

También expresó una idea muy cercana a mis sentimientos debido a mi labor en el movimiento por la soberanía alimentaria. Sostuvo que el gobierno no debería generar dependencia en la ciudadanía, sino crear y proteger las condiciones que hagan posible la independencia.

Como empresaria que ha tenido negocios en varios estados, he visto en repetidas ocasiones cómo proyectos perdían impulso ante la imposición de nuevas normativas, permisos o requisitos de cumplimiento. Por eso, sus palabras resonaron tan directamente con mi trabajo en el ámbito de la soberanía alimentaria y la agricultura local.

En su intervención, distinguió claramente entre independencia y aislamiento. La sala misma estaba llena de ejemplos de personas que se ayudaban, apoyaban y reconocían mutuamente. Su argumento era que las instituciones públicas debían dejar espacio para que familias, granjas, empresas y comunidades actuaran por cuenta propia, en lugar de convertir al gobierno en su única fuente posible de apoyo.

Angela Smith, fundadora y presidenta del Fredericksburg Tea Party, relató una anécdota que ilustraba esto mejor que cualquier lista de logros legislativos. Ella había apoyado a un candidato que compitió contra Roy; este habría tenido motivos políticos de sobra para ignorarla después de aquello. Sin embargo, se reunió con ella, le facilitó su número de teléfono móvil y recorrió San Antonio en automóvil con ella hasta encontrar un restaurante donde pudieran sentarse a conversar. Quería saber qué pasos seguirían a continuación y cómo podía ayudar al Fredericksburg Tea Party a alcanzar sus objetivos.

Esa historia se me quedó grabada. La política enseña a la gente a castigar la deslealtad. Roy eligió la relación personal.

Cuando fui a estrecharle la mano, él sabía quién era yo. Me agradeció la ayuda que nuestro rancho brindó durante las inundaciones de Kerrville. Me contó que había querido visitar Sovereignty Ranch cuando estuvo allí Robert F. Kennedy Jr., pero que no habían logrado coordinar las agendas.

No era la primera vez que su oficina lograba hacerme sentir reconocida. Después de que alimenté a más de 4800 personas durante las inundaciones, Chip me envió un certificado en reconocimiento a mi labor. Pero no se limitó a enviarlo por correo con una firma estampada y tres palabras genéricas de agradecimiento; envió a una integrante de su equipo, la hija de Terri Hall, para que me lo entregara personalmente durante una firma de libros en la Universidad Schreiner.

El documento llegó en una hermosa carpeta azul pequeña, grabada con las palabras "Congreso de Estados Unidos de América". Dentro había un certificado de agradecimiento, pero las palabras importaban más que la presentación. Chip reconoció que yo era nueva en la comunidad. Comprendía que aún me estaba estableciendo y trayendo a mi familia, y que nadie habría esperado que me lanzara a ayudar en una situación de desastre. Pero lo hice. Escribió que se daba cuenta de que alimentar a la gente era mi ministerio, que la comunidad estaba agradecida y que toda la gloria debía ser para Dios.

Eso es lo que tantas personas en la sala intentaban describir. No se habían limitado a recibir ayuda de una oficina gubernamental; se habían sentido tenidas en cuenta por un ser humano.

El gobierno representativo no puede sobrevivir si se reduce a una mera transacción entre votantes y cargos públicos. No somos simplemente nombres en una base de datos, números de expediente de ciudadanos, categorías demográficas o votos que recoger cada dos años. La promesa del gobierno representativo es que alguien viaje a Washington llevando consigo los intereses y las historias de personas reales. La representación exige más que votar según las preferencias de cada uno; exige recordar a quién se representa.

El certificado no cambió el número de personas a las que alimentamos ni hizo que nuestra labor fuera más valiosa. Lo que me transmitió fue que alguien se había fijado en nuestra labor. El esmero con el que fue redactado y entregado comunicaba algo que una carta modelo jamás podría transmitir: formas parte de esta comunidad; tu trabajo fue trascendente; te vimos.

Eso fue también lo que percibí en la historia de Smith y en testimonio tras testimonio a lo largo de la noche. La gente no elogiaba una marca política; describía encuentros en los que el poder no había vuelto a una persona demasiado importante como para escuchar, recordar o devolver una llamada.

El breve intercambio que tuve con Roy aquella noche reflejaba lo que tantos otros habían descrito a lo largo de la velada. Él recordaba a las personas. Recordaba lo que habían hecho. Conocía su distrito como una comunidad, no simplemente como un bloque de votantes.

Eso no debería parecer algo radical, pero lo es.

La mayoría de nosotros conocemos la historia opuesta. Confiamos en un político. Nos ofrecemos como voluntarios, hacemos donaciones, votamos por él y lo defendemos. A veces, la decepción surge incluso antes de que sea elegido. Otras veces, llega poco después. La persona que prometió luchar acaba siendo absorbida por la maquinaria política. El valor se desvanece, dejan de devolverse las llamadas y los ciudadanos de su distrito pasan a ser útiles principalmente cuando se acerca otra elección.

A menudo, cuando un político deja el cargo, sus electores sienten alivio. Están cansados, enfadados y decepcionados por la diferencia entre la persona a la que eligieron y en la que esta se convirtió; y ya albergan la esperanza de que el próximo sea mejor.

La noche del sábado en Kerrville se vivió una situación totalmente distinta.

El recinto estaba lleno de personas con lágrimas en los ojos, pues Roy dejaría de ser su congresista. No lloraban por una fantasía sobre quién esperaban que llegara a ser; honraban lo que él y su equipo habían hecho realmente por ellos.

No comparto todas las decisiones que toma un político, ni creo que deba ponerse a los servidores públicos en un pedestal. Sin embargo, en una cultura política cimentada en promesas que pronto caen en el olvido, vale la pena reconocer a esa persona excepcional que deja el cargo habiendo superado las expectativas de quienes la eligieron.

Aunque el acto de anoche fue, en apariencia, un homenaje a Chip Roy, también sirvió —en cierto modo— como recordatorio para todos los demás funcionarios públicos. La gente no espera perfección; lo que espera es valentía, cercanía, gratitud y un compromiso sincero de servicio.

Chip Roy dijo que simplemente había hecho su trabajo.

Las lágrimas en aquella sala nos revelaron hasta qué punto eso se ha vuelto algo extraordinario.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de The Epoch Times.

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Mollie Engelhart, agricultora y ganadera regenerativa en Sovereignty Ranch, está comprometida con la soberanía alimentaria, la regeneración del suelo y la educación sobre la vida autosuficiente y la agricultura de subsistencia. Es autora de "Debunked by Nature : Debunk Everything You Thought You Knew About Food, Farming, and Freedom" (Desmonta todo lo que creías saber sobre la comida, la agricultura y la libertad), un relato crudo y fascinante de su trayectoria desde chef vegana y restauradora en Los Ángeles hasta agricultora que trabaja la tierra, y de cómo la naturaleza transformó radicalmente su mentalidad.

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