Esta es la sexta parte de "¿De dónde viene la conciencia?"
Esta serie se adentra en las investigaciones de médicos de renombre para explorar cuestiones profundas sobre la conciencia, la existencia y lo que puede existir más allá._______________________________________
Cleve Backster era un experto en detección de mentiras que entrenaba a interrogadores de la CIA. Pasó su carrera interpretando las señales del engaño humano.
Una noche de febrero de 1966, movido por la curiosidad, conectó los electrodos de un polígrafo a una planta y la regó. Para su sorpresa, la planta reaccionó.
La señal eléctrica era similar a la que había visto innumerables veces, parecida a la que siente una persona cuando está feliz o emocionada. Al parecer, la planta estaba contenta después de haber sido regada.
Backster pensó en quemar una hoja para observar la reacción de la planta. Sin embargo, incluso antes de encender un fósforo, la aguja del polígrafo se movió bruscamente sobre la página, trazando una línea similar a la respuesta humana ante el miedo o el estrés.
Backster quería salir corriendo a la calle gritando: "¡Las plantas pueden pensar!".
Los experimentos quedaron registrados en su libro "Percepción primaria: biocomunicación con plantas, alimentos vivos y células humanas". Backster llamó al fenómeno que observó " percepción primaria ": la idea de que la consciencia se extiende más allá del sistema nervioso y que existe alguna forma de consciencia incluso a nivel celular.
Creía que todas las plantas y los animales exhiben la "presencia de una percepción aún no definida" a niveles microscópicos.
La opinión predominante entre los científicos contradecía su afirmación de que las plantas son conscientes. Backster se enfrentó a una fuerte reacción negativa por su trabajo. Los experimentos no lograron obtener resultados reproducibles en pruebas posteriores.
Sin embargo, el rechazo no implicaba que las plantas fueran inertes. Más bien, la ciencia siguió centrándose en fenómenos más modestos, algo que podía reconocer, verificar y reproducir.
Comunicarse sin palabras
Aunque las plantas carecen de neuronas, se comunican con facilidad, incluso transmitiendo señales de peligro.Cuando una oruga muerde una planta, libera una molécula llamada glutamato, el mismo neurotransmisor que se utiliza en el sistema nervioso humano. El glutamato activa una señalización relacionada con la herida en toda la planta. Su liberación prepara las partes no dañadas para defenderse de las plagas.
Las plantas también transmiten señales de alerta externas. Cuando la oruga empieza a masticar una hoja, la planta emite sustancias químicas al aire. Las plantas vecinas captan estos compuestos volátiles y comienzan a preparar sus defensas.
En 1983, David Rhoades fue el primer investigador en documentar la señalización aérea de las plantas. Sin embargo, se enfrentó a críticas y oposición, principalmente porque se trataba de un fenómeno desconocido y no verificado, y en parte porque sonaba fantástico.
No obstante, con el tiempo, su teoría fue puesta a prueba, verificada y replicada en más de treinta especies.
En 2023, un equipo japonés filmó una planta sana detectando sustancias químicas en el aire provenientes de una planta vecina dañada. En cuestión de segundos, la planta se iluminó internamente, emitiendo sustancias químicas volátiles.
La planta enviaba señales de alerta desde una hoja al resto de su cuerpo, mientras que las plantas cercanas detectaban las moléculas mensajeras emitidas durante el proceso.
Tomar decisiones y emitir sonidos
Algunas plantas también parecen tener capacidad cognitiva. La venus atrapamoscas no se cierra inmediatamente al tocarla. Espera, analiza y cuenta antes de cerrar la tapa.Dentro de la trampa hay unos diminutos pelos que actúan como gatillos. Al tocarla una vez, no ocurre nada. Un segundo toque en un plazo de 15 a 20 segundos hace que se cierre de golpe.
Incluso con la trampa cerrada, la planta no comienza a digerir de inmediato; espera para confirmar si capturó algo vivo. La planta rastrea el movimiento dentro de la trampa mientras el insecto se debate, activando repetidamente los pelos sensibles. Una vez que estos pelos se estimulan unas cinco veces, la planta decide activar las enzimas para digerir a su presa.
La venus atrapamoscas lleva la cuenta de forma eficaz y utiliza esa información para tomar una decisión real, a pesar de no tener cerebro para realizar esta tarea.
¿Qué más puedes hacer una vez que sabes contar? Apostar.
En un experimento , los investigadores dividieron las raíces de una sola planta de guisante entre dos macetas. Una maceta tenía un suministro constante de nutrientes. La otra tenía períodos con mayor y menor disponibilidad de nutrientes, aunque el promedio era el mismo.
Los investigadores comprobaron si los guisantes preferían un recurso estable o uno menos predecible observando cómo la planta invertía en el crecimiento de sus raíces. Cuando la maceta con un suministro constante de nutrientes ofrecía lo suficiente para sobrevivir, las plantas optaban por la seguridad y dirigían el crecimiento de sus raíces hacia esa fuente confiable.
Pero cuando ese suministro confiable era demasiado bajo para sobrevivir, la planta se arriesgaba y se decantaba por la maceta con un suministro de nutrientes impredecible, favoreciendo así la posibilidad, aunque arriesgada, de obtener suficientes recursos frente a la certeza de la escasez.
Los investigadores concluyeron que las plantas tienen "sensibilidad al riesgo", una lógica similar a la que utiliza un inversor.
Las investigaciones han demostrado que las plantas también pueden emitir sonidos y gemidos cuando están estresadas. Por lo tanto, lo que para nosotros es un bosque silencioso, para muchas otras formas de vida puede ser ruidoso.
Un estudio de 2023 documentó que una planta deshidratada o herida puede emitir chasquidos. Estos chasquidos son ultrasónicos, se propagan por el aire y pueden grabarse con micrófonos. Por ejemplo, los investigadores descubrieron que una tomatera con riego deficiente emitía chasquidos unas 35 veces por hora, mientras que una planta sana permanecía prácticamente en silencio.
Los sonidos emitidos eran lo suficientemente específicos como para que un modelo de aprendizaje automático pudiera utilizarlos para determinar si una planta estaba seca o cortada.
Los autores sugirieron que el sonido podría provenir de la cavitación, un proceso en el que se forman y estallan burbujas dentro del sistema de transporte de agua de la planta. Si bien los humanos no podemos oír estos sonidos, son lo suficientemente fuertes para los insectos y algunos otros animales. Por ejemplo, las primeras evidencias sugieren que una polilla que decide dónde depositar sus huevos escucha estos sonidos para elegir una planta sana en lugar de una debilitada.
Memoria sin cerebro
La planta sensible Mimosa pudica es conocida por su tendencia a plegar sus hojas al ser tocada. Sin embargo, en un estudio de 2014, la investigadora Monica Gagliano y su equipo descubrieron que la planta podía aprender a no reaccionar.Su equipo dejó caer una mimosa en maceta desde una corta altura sobre un cojín, lo que provocó una leve pero inofensiva perturbación. Al principio, la mimosa plegaba sus hojas tras cada caída. Sin embargo, después de varias caídas, la respuesta disminuyó y la planta dejó de reaccionar, lo que sugiere que había aprendido a no gastar energía en un estímulo inofensivo.
Sin embargo, al exponerla a un estímulo diferente y desconocido, la planta volvió a plegarse. Además, semanas después, al volver a analizarla, el efecto persistía, lo que sugiere una forma de memoria retenida que duró casi un mes.
Los autores concluyen que: "el proceso de recordar puede no requerir las redes y vías neuronales convencionales de los animales; los cerebros y las neuronas son solo una posible solución, innegablemente sofisticada, pero puede que no sean un requisito necesario para el aprendizaje".
En 2016, el equipo de Gagliano realizó otro experimento , inspirado en los estudios de condicionamiento clásico de Pavlov, en el que los perros aprendieron a asociar una campana con la comida. Los investigadores intentaron entrenar plantas de guisantes asociando un ventilador con una luz: la brisa indicaba la dirección de donde provenía la luz. El resultado fue que las plantas aprendieron esta asociación y crecieron hacia la brisa, anticipándose a una luz que aún no había aparecido.
¿Y si "mente" es una plabra demasiado pequeña?
El desacuerdo en este campo es en parte empírico, pero también conceptual.Pocos investigadores discutirían que las plantas perciben su entorno, se comunican químicamente, transmiten señales eléctricas y se adaptan y desarrollan según las condiciones cambiantes. La controversia surge cuando esas capacidades se describen como "inteligencia" o "conciencia".
En 2006, un grupo de investigadores intentó crear un campo llamado " neurobiología vegetal ", pero la reacción adversa fue tan intensa que terminaron cambiando el nombre, porque la objeción era difícil de refutar: las plantas no tienen neuronas y, por inferencia, algunos botánicos argumentan que, por lo tanto, no pueden tener inteligencia ni conciencia.
Debido a la ambigüedad de las definiciones, algunos científicos argumentan que el campo de la inteligencia vegetal ni siquiera debería considerarse un estudio científico. "Como científicos, solo debemos ocuparnos de aquello que es comprobable y refutable, y la inteligencia, con una definición subjetiva, no es ninguna de las dos cosas", escribió Daniel Chamovitz, genetista, en un ensayo .
Stefano Mancuso propone una interpretación opuesta. Sostiene que la inteligencia no tiene por qué estar centralizada en un cerebro. Considera que el sistema radicular de las plantas es una red descentralizada, con múltiples puntas de crecimiento que detectan sustancias químicas, humedad, gravedad y obstáculos de forma coordinada para tomar decisiones y resolver problemas.
Mancuso dijo que, si bien las plantas tienen una estructura física diferente, la estrategia subyacente podría ser la misma.
Entre la máquina y la mente
Las ideas históricas pueden ayudar a aclarar, si no a resolver, el debate actual.Hace unos 2400 años, Aristóteles no consideraba a las plantas como seres conscientes, pero tampoco las trataba como objetos inertes y sin vida. Las denominaba "threptikē psychē" —un alma vegetativa—, ni mente ni sentimientos, sino un principio interno de crecimiento y supervivencia.
El pensamiento clásico chino ofrece un paralelismo en ziran (自然), a menudo traducido al español como "naturaleza", pero que en realidad significa algo más cercano a "autosuficiencia": la forma en que algo se desarrolla a partir de la propia naturaleza de un ser sin necesidad de un agente consciente detrás. Una raíz que encuentra agua o una hoja que se orienta hacia la luz: la acción es suya, la agencia está presente en el propio desarrollo.
Poco a poco hemos perdido esa categoría intermedia entre "objeto mecánico" y "mente consciente", y el debate sobre las plantas continúa.
No es que los filósofos antiguos demostraran necesariamente que las plantas son conscientes. Como humanos, tenemos la intuición de que necesitamos un cerebro para tener un sentido interno de nuestras propias creencias, y no es algo que se haya puesto a prueba.
Backster pasó el resto de su vida convencido de que las plantas tienen una vida interior secreta. La ciencia posterior complicó algunos de sus hallazgos. Sin embargo, tenía razón al asombrarse. Observó una planta de interior que nadie notaba y preguntó si había alguien en casa.
La verdad es que aún no lo sabemos con certeza. Puede que las plantas no tengan mente, o que posean una inteligencia que escapa a nuestra comprensión.
Siga nuestra serie: "¿De dónde viene la conciencia?"
Parte 1: ¿Puede existir conciencia sin cerebro?
Parte 2: Si la conciencia no se va a la tumba, ¿A dónde va entonces?
Parte 3: El río de la conciencia: Una exploración a través del tiempo y el espacio
Parte 4: Cómo la consciencia abre las puertas a dimensiones superioresParte 5: Estas personas visitaron el "otro lado" y regresaron completamente transformadas.
Parte 6: ¿Las plantas tienen conciencia?




















