Opinión
Voy a poner un ejemplo histórico. Durante la Segunda Guerra Mundial, dos mariscales pronunciaron cada uno un discurso en un momento crítico de sus países. Uno fue el mariscal Mannerheim en Finlandia, el otro fue el mariscal Badoglio en Italia.
Ambos hablaron para sus pueblos en un momento decisivo, cuando en sus países se dió un cambio fundamental respecto a su condición de aliados de Alemania.
El mariscal Mannerheim fue claro, le dijo a sus aliados los alemanes que deberían retirarse de Finlandia pues su alianza no podía continuar militarmente. Pero dijo que la paz con la Unión Soviética no implicaba la invasión de su país. Los alemanes no quisieron pelear con sus antiguos aliados y se retiraron. Los rusos aprovecharon mover sus tropas a otros frentes más decisivos. Finlandia enfrentó así en unión gobierno y pueblo, el convertirse en neutrales.

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En Italia se dió la caída del Duce, Benito Mussolini en un golpe palaciego. Así tomó el poder el mariscal Badoglio. Pronunció un discurso ambiguo, dijo que la guerra continuaría del lado de los alemanes, mientras ya había iniciado contactos secretos con los Aliados para rendirse engañando a sus antiguos aliados.
Pero el pueblo en general festejó de manera adelantada la paz, pues se pensaba que la guerra era un asunto de Mussolini que ya no estaba en el poder (había sido hecho prisionero). Los alemanes mientras tanto continuaban en territorio italiano.
En esa confusión, los alemanes liberaron a Mussolini. El gobierno de Badoglio se retiró al Sur. Y en el norte se instauró una República apoyada por los fascistas y los sectores de la población que rechazaron lo que consideraban una traición inaceptable. Con un país invadido en el norte por alemanes y en el sur por los aliados que habían desembarcado en Sicilia, comenzó también la guerra civil.
Dos discursos diferentes, en uno el mariscal Mannerheim habló con la verdad y unió a los finlandeses, en el otro el Mariscal Badoglio fue ambiguo, si no es que se trató de un mentiroso que solo creó confusión y provocó que la crisis se ahondara, para sufrimiento de los italianos de todos los colores.
Cuando un dirigente le habla con la verdad al pueblo, soluciona problemas y lo une en un momento crítico. Cuando el dirigente se sustenta en mentiras, en medias verdades, el engaño se revierte, provoca división y todo estalla en un gran perjuicio para la sociedad.
He expuesto sintéticamente el peso de los discursos del poder en una circunstancia extrema como la guerra y los efectos contrapuestos que se producen cuando se habla con la verdad o con la mentira.
En México el discurso presidencial se ha convertido en una expresión triunfalista basada en la mentira o en las medias verdades como fundamento. Y esto es parte ahora de la columna vertebral del régimen: la propaganda.
Y este triunfalismo y esta propaganda han intoxicado al gobierno y a una parte de la sociedad, es la prédica del conformismo como una forma de no enfrentar realmente los problemas, porque ni siquiera se les reconoce como tales.
De entrada el problema es ético. El gobernante se mantiene en campaña permanente y el culto a su personalidad no está asociado siquiera a una idea revolucionaria, sino es tan solo un narcisismo del poder sufragado con nuestros impuestos para soslayar un verdadero ejercicio de gobierno. Esto no es ético y constituye un abuso del poder.
Las medias verdades se basan ahora en la exhibición de estadísticas muchas veces manipuladas, si no es que también son incluso inventadas, pues no hay auditorías sociales, ni organismos supervisores autónomos para que la verdad prevalezca.
Y en el manejo estadístico se ha llegado incluso al exceso, al absurdo y a la tontería, como, por ejemplo, la afirmación de la Presidente que se busca haya sólo "40 homicidios diarios", cuando el deber del gobierno es hacer que prevalezca la ley y no haya impunidad en todo lo que esté a su alcance, de acuerdo al cumplimiento institucional de su deber.
El Ejecutivo ha avasallado a la República y la inexistencia de contra pesos políticos e institucionales ha sometido al país a un abuso estructural por parte del poder presidencial. Esto es un grave retroceso cuya responsabilidad le toca a Morena, que así ha buscado ejercer el poder al abolir los avances en la construcción de una verdadera República.
No es una dictadura, pero en algo se le parece al establecer la impunidad del poder presidencial y la arbitraria pasividad de este poder ante los problemas reales existentes en rubros como la salud, la seguridad, la educación, las finanzas públicas, el crecimiento económico o las relaciones bilaterales con Estados Unidos.
Pero el triunfalismo es también un problema de impunidad. Voy a poner un ejemplo, la deuda externa, de acuerdo a datos de la propia Secretaría de Hacienda y Crédito Público, se duplicó durante el sexenio del presidente López Obrador pues pasó de 10 billones a casi 21 billones. ¿Esto no constituye una afectación de las finanzas públicas?
Y si a esto agregamos los cientos de millones de pesos diarios que se pierden en las obras faraónicas como el Tren Maya o las compras inútiles como la de Mexicana de Aviación, las finanzas públicas son propiamente deficitarias. ¿Por qué decir entonces que el gobierno ejerce un gasto responsable y se cuida cada peso? Mejor ni mencionarlo.
Y es que mantenerse como una mera continuidad del anterior sexenio y apostar a la enajenación de la propaganda y a la consolidación de un gobierno faccioso sin idea de Estado, nos está conduciendo paulatinamente a una grave anarquía del poder, se trata ni más ni menos que la posible muerte futura de la República.
Y creer que un país puede arrastrar ese peso muerto constituye una ilusión peligrosa, pues en el momento que la falsa estabilidad se diluya y las encuestas de popularidad decaigan o pierdan credibilidad, el cuerpo social podría sufrir convulsiones que no imaginamos ahora.
Este texto podría parecer pesimista aunque en realidad confronta tan sólo la vigencia del discurso triunfalista del gobierno y su partido, es decir, el imperio de la propaganda mientras el país se acerca peligrosamente a la dinámica que concluye en la existencia de un Estado fallido.
Cuando el discurso político no confronta la realidad es solo ideología o sea falsa conciencia —paradójicamente un concepto de Marx— o es únicamente propaganda, es decir, ilusión inducida.
Sin temor a equivocarme y de acuerdo a lo que expuse brevemente de una experiencia histórica, el discurso de la presidente Claudia Sheinbaum es badogliano. Y en ese sentido es un riesgo para la estabilidad del país, pues decir mentiras o seudo verdades desde el poder termina en un lío terrible, que siempre será juzgado severamente por la Historia.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.
























