Opinión
En mi anterior artículo me referí a la degradación del lenguaje político social en México —producto del imperio propagandístico que ha suplantado a nuestra República— y de qué manera esto ha influido en un proceso acelerado de degradación de nuestra sociedad.
Este imperio propagandístico es una mezcla de viejo echeverrismo priista, izquierdismo progre o woke, uso de técnicas de lavado de cerebro, anulación de la racionalidad social, negación del debate político, exaltación del insulto como única vía de comunicación política y un grotesco culto a la personalidad que supera las negativas experiencias del viejo presidencialismo mexicano.
De pronto al leer las noticias del terremoto en Venezuela me quedó claro que los regímenes de izquierda, tales como el chavismo, comienzan degradando el lenguaje y después provocan como resultado la degradación de las sociedades.
El priismo con sus peores expresiones había adormecido a la sociedad mexicana. Si bien había límites y no se puede hablar de degradación social, la realidad es que se padecían males como la demagogia, la censura y el culto a la personalidad presidencial, aunque con acotaciones y rupturas sexenales que finalmente le daban equilibrio, hasta ahora cuando se padece el intento con el obradorismo de querer hacer transexenal el poder de un Presidente.
Pero de manera soterrada la sociedad tenía energías libres. Los estudiantes de las escuelas públicas se caracterizaron desde la década de los 70 por su rebeldía y su resistencia a feroces represiones. Así sucedía igual con algunos sectores de trabajadores y campesinos.
Vino el terremoto de 1985 y surgió un fenómeno social al emerger en la Ciudad de México lo que se llamó después "sociedad civil", en una alusión al concepto hegeliano.
Para quienes fuimos testigos de ello fue emocionante ver una sociedad activa para enfrentar la desgracia, unida sin distinción de clases sociales, sexos o edades, organizada espontáneamente y cubriendo con eficacia el vacío de un gobierno paralizado, el de Miguel de la Madrid, que reaccionó cuando ya había sido rebasado.
Lo que se observa, lo que se sabe ahora en Caracas, Venezuela, es un contraste muy grande. La parálisis ciudadana es evidente. El régimen chavista ha hecho muy mal papel e incluso bandas de policías y soldados venezolanos se han dedicado al saqueo como reportan los medios internacionales.
El gobierno por su parte ha impedido la llegada de algunos equipos de rescate y la inmensa y agotadora tarea descansa principalmente en los equipos de distintas partes del mundo que están trabajando ahí intensamente en las labores de rescate, entre ellos militares mexicanos y los célebres Topos, acompañados de nuestros valerosos perros entrenados.
El chavismo con su imperio propagandístico y su programa matutino para enajenar a la sociedad con la palabra cotidiana del "supremo líder", terminó provocando una degradación colectiva. Primero se pudrió la palabra pública, luego se terminó pudriendo la sociedad.
Este tipo de experiencias han llegado a extremos increíbles. Una de ellas fue la Revolución Cultural China que se convirtió en un lavado de cerebro tan total en las masas de estudiantes de la época, que la degradación social pasaba por tétricas ceremonias colectivas degradantes para quienes se consideraban enemigos de la revolución.
En México una democracia desfigurada pero existente, una sociedad civil que no ha desaparecido y un sector juvenil que en cualquier momento se puede sacudir la confusión y el pasmo, pueden hacer valer los derechos de la libertad contra el dominio de un régimen de propaganda.
La demagogia y artificios propagandísticos, las grandes inversiones en redes y una eficaz manipulación autoritaria y demagógica no podrán resistir un verdadero despertar. Lo que parece un edificio sólido tiene bases endebles.
Mientras tanto, la realidad degradada y degradante está vigente.
La abolición del debate público, la vigencia del insulto gubernamental manejado como desprecio desde el sexenio pasado y ahora un continuado ataque en la tribuna presidencial o el desprecio al otro en las redes sociales, han terminado por contaminar la conversación pública.
Es necesario cambiar la agenda pública. Por ejemplo, sucede que hechos determinantes en nuestra historia contemporánea, que afectan el destino de las futuras generaciones, como la duplicación de la deuda externa durante el sexenio del presidente López Obrador, pasan desapercibidos.
Según este ejemplo, una mayor degradación político-social no puede suceder. Y si bien la responsabilidad principal es atribuible al régimen obradorista, la oposición política no ha hecho su tarea para romper la inercia vigente en este aspecto fundamental.
Voy a repetir el tema: si la deuda externa de 80 años se situó en 11 billones, bastó el sexenio morenista de López Obrador para que alcanzara casi los 22 billones, es decir, prácticamente se duplicó.
Que haya sido esto posible, solo pudo darse en un proceso intenso de degradación político-social. Y que haya plena indiferencia ante ello, confirma que una sociedad degradada permite que, desde el poder, pueda ser vapuleada de esta forma, como si estuviera sumida en un estado catatónico e indiferente.
Y esto vale para hechos tristemente asombrosos como los patentes lazos del poder contemporáneo con terribles grupos criminales o algo como lo que llaman huachicol fiscal que representa un robo de miles de millones de pesos a los fondos públicos. ¿Y qué decir de los llamados proyectos faraónicos que representan desfalcos multimillonarios y resultaron inútiles como el Tren Maya o la Refinería Dos Bocas?
Sin embargo, la herencia de una sociedad vigorosa y activa como la del sismo del 85, debería impedir aquí los mismos resultados del chavismo, aunque Hugo Chávez sea figura parte de la misma liga en la que ahora ha jugado López Obrador.
Yo no pierdo la esperanza de que en México frenemos y superemos el proceso de degradación social surgido de la degradación del lenguaje desde el poder.
Si los mexicanos pudimos escarbar en los escombros de un terremoto para rescatar vidas en desgracia, aunque los viejos partidos no lo entiendan o el partido en el poder lo desprecie, podemos ahora volver a luchar y trabajar con denuedo para rescatar no solo vidas sumidas en una tragedia, sino el destino real de todo un país.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.



















