Voluntarios sin protección y ayuda descoordinada exponen fallas de la respuesta tras los terremotos en Venezuela

Teófilo Márquez, voluntario en el rescate y distribución de ayuda humanitaria, expone la falta de coordinación y la precariedad de los equipos para hacer llegar la ayuda a quienes más la necesitan

Dos mujeres están sentadas entre los escombros mientras voluntarios y equipos de rescate buscan cuerpos en el lugar donde se derrumbaron varios edificios en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 16 de julio de 2026. (Federico PARRA / AFP vía Getty Images)

Dos mujeres están sentadas entre los escombros mientras voluntarios y equipos de rescate buscan cuerpos en el lugar donde se derrumbaron varios edificios en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 16 de julio de 2026. (Federico PARRA / AFP vía Getty Images)

20 de julio de 2026, 8:17 p. m.
| Actualizado el21 de julio de 2026, 2:26 a. m.

“Apenas comienzas a recorrer las zonas urbanas, sobre todo aquellas con edificios, se ve la magnitud del desastre”, relató a The Epoch Times Teófilo Márquez, un voluntario que participó en el rescate y distribución de ayuda humanitaria en varias comunidades afectadas por los terremotos que sacudieron a Venezuela el 24 de junio.

A su juicio, la falta de coordinación ha sido tan profunda que, pese a la abundancia de donaciones y a la llegada de rescatistas desde otras ciudades y países, se ha perdido mucho tiempo y parte de la asistencia podría no estar alcanzando a las poblaciones más alejadas.

Márquez destacó la solidaridad de los voluntarios llegados desde distintas ciudades, muchos de ellos sin la protección necesaria para afrontar las tareas de rescate y durmiendo en carpas improvisadas que no resisten la lluvia. Algunos ya han tenido que abandonar la zona por problemas de salud.

“Una de las cosas que más nos afectó fue no estar preparados, ni siquiera psicológicamente, para afrontar una tragedia de esa magnitud. Cada quien hacía —y todavía hace— lo que puede, de la forma que considera y sabe hacerlo”, dijo Teófilo Márquez, uno de los numerosos rescatistas voluntarios que han apoyado las tareas para recuperar a las víctimas entre los escombros de los edificios colapsados.

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Su testimonio coincide con la dimensión que muestran las imágenes satelitales. Una evaluación rápida experimental de NASA Earthdata, elaborada mediante datos de radar del satélite Sentinel-1, estimó que 69,431 estructuras probablemente resultaron dañadas o destruidas dentro del área examinada, a partir del paso del satélite del 1 de julio de 2026 a las 10:16 UTC.

<em>(The Epoch Times)</em>(The Epoch Times)

La herramienta es una evaluación preliminar: identifica alteraciones compatibles con daños, pero no sustituye la inspección individual de cada edificio. El área cubierta abarca aproximadamente 30,621 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente, de manera orientativa, a un rectángulo de unos 90 km de ancho por 340 km de largo. Esa comparación describe la extensión analizada, no una zona completamente destruida.

Las cifras oficiales publicadas el 14 de julio informaban el registro de 856 edificios afectados, 190 edificaciones colapsadas y que 17,907 personas habían perdido sus viviendas. De acuerdo con el reporte del 14 de julio, la cifra de fallecidos registrados ascendía a 4734 personas, además de 16,740 heridos y 6462 víctimas rescatadas.

A ellos se sumaban entre 30,000 y 33,000 personas desaparecidas, según los registros de organizaciones no gubernamentales.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

La falta de protección afecta a los rescatistas

Márquez relató que realizó varios viajes los días 3, 4 y 5 de julio con grupos de rescatistas de relevo y del centro de asistencia, organizados por Cáritas Valencia, una misión dirigida por párrocos, familiares y colaboradores que se encargan de realizar donaciones a zonas y personas necesitadas con la ayuda de voluntarios y Cadena de Favores, un grupo liderado por médicos especializados y estudiantes del tercer año de la carrera de Medicina.

Uno de los problemas que observó fue la falta de protección entre quienes trabajaban como voluntarios en las labores de rescate. Él mismo se enfrentó a tener que caminar sin los zapatos adecuados para las tareas de mayor riesgo.

“Entre los trabajadores y los equipos de rescate hay muchas personas que ni siquiera cuentan con la protección mínima”, dijo Márquez.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

A su juicio, esa exposición sin la necesaria protección estaría afectando a algunos voluntarios, aunque sus consecuencias no siempre aparezcan reflejadas en los medios de difusión.

“Lamentablemente, creo que eso, aunque no se vea en las redes sociales, ya debe estar pasando factura”.

Durante una jornada de entrega de agua y otros suministros, Márquez observó a varias personas con malestar físico. No pudo precisar qué enfermedad padecían ni si todos los casos tenían el mismo origen, pero describió síntomas como dolor muscular y óseo, dolor de cabeza y, en algunos casos, diarrea.

“Es posible que más de uno estuviera contagiado con ese virus que provoca dolor de huesos y músculos, dolor de cabeza y, en algunos casos, diarrea. Yo mismo sentí casi todos esos síntomas, excepto la diarrea”.

Según dijo, la falta de medidas podría estar facilitando la propagación de enfermedades entre personas que trabajan y conviven en condiciones precarias.

“Al no existir un control adecuado para que todos puedan protegerse, el virus termina propagándose. En apenas 24 o 48 horas, una persona puede comenzar a sentirse mal y, en esas condiciones, resulta prácticamente imposible seguir ayudando”.

“Incluso quienes tenían previsto permanecer varios días terminan retirándose antes de tiempo”, expresó.

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La precariedad también afecta a quienes duermen en la zona en carpas de playa improvisadas.

“Si llueve, esta gente se va a mojar aunque tenga carpa. Una carpa no es un bote ni garantiza que no entre agua por algún lado”.

“Con el tema de los refugios y la ubicación de las personas en carpas, considero que ese tipo de riesgos no se tomó suficientemente en cuenta. Las colocaron, por decirlo de alguna manera, donde había espacio disponible”.

El voluntario relata que uno de los rescatistas de los Topos de México abandonó la zona después de comenzar a sentirse mal.

“Tuvo que marcharse porque se sentía demasiado mal. Viajó por Colombia para regresar a México”.

Su testimonio no permite confirmar qué padecimiento tenía ni establecer que se hubiera contagiado durante las labores de rescate. Pese a las dificultades, otros integrantes del grupo mexicano le aseguraron que pretendían permanecer al menos un mes más en Venezuela, “porque todavía había mucho trabajo por hacer”.

En cuanto al resto de la asistencia internacional, señaló que ya era notable que su presencia había disminuido. "Tal vez se deba, en parte, al desorden existente".

“Aun así, era evidente la voluntad de los grupos internacionales. Siempre que uno los veía, estaban haciendo algo, salvo durante sus periodos de descanso. Cada grupo tenía su propia zona de trabajo”, dijo Márquez.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

El Ministerio de Salud de Venezuela no había confirmado públicamente un brote específico entre los voluntarios y quienes permanecían en el lugar, pero sí activó un sistema de vigilancia epidemiológica en 107 campamentos transitorios de La Guaira, Caracas y Miranda.

El plan ordena registrar diariamente las enfermedades atendidas y controlar la calidad del agua, la disposición de excretas, los residuos y los vectores ante el riesgo de brotes infecciosos en los refugios.

En Playa Grande, en Catia La Mar, funciona durante las 24 horas un hospital de campaña de El Salvador. El director médico, Roberto Gavidia, explicó a la agencia EFE que, en pocos días, han atendido a más de medio millar de personas, varias con “catarros, infecciones respiratorias, laceraciones, hongos o algunos tipos de trauma” que sufrieron mientras buscaban entre los escombros los cuerpos de sus familiares o sus pertenencias.

También han recibido lesionados a quienes, por “la ansiedad de buscar a su gente, les faltó el cuidado necesario y les cayeron algunos escombros”.

Justo Blanco, de 26 años, llegó al hospital salvadoreño con tos y dificultad para respirar, lo que atribuyó al frío de la noche y al polvo de los escombros que inhaló mientras buscaba a sus padres, quienes fallecieron en los derrumbes.

“Los conseguí el miércoles, ya los cremé; yo mismo los busqué con la ayuda de otros familiares”, le dijo a la agencia.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

Otros dos hospitales de campaña extranjeros estaban apoyando en Caraballeda: uno del Reino Unido, con una treintena de especialistas en medicina interna, estabilización, traumatología, maternidad, pediatría, ginecoobstetricia y fisioterapia; y otro de Japón, con 40 japoneses, entre ellos médicos especializados en áreas como traumatología, anestesiología, pediatría e infecciones. Este último cuenta con equipos para análisis de sangre y orina, así como para radiografías y ecografías.

“En Japón hemos sufrido muchos terremotos, por lo que creemos que podemos entender lo que sienten los venezolanos”, dijo el médico. Su delegación también ha recibido a venezolanos que, cuando “estaban buscando personas o algunos objetos, se cayeron y se lastimaron” en varias zonas del cuerpo como la espalda y los hombros.

La Organización Panamericana de la Salud ha advertido que el daño en los servicios de agua y saneamiento, el hacinamiento y la interrupción de la atención médica elevan el riesgo de enfermedades transmitidas por agua, mosquitos y contacto cercano.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Tines)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Tines)

La ayuda ciudadana suple las carencias

El entrevistado también destaca la solidaridad de los rescatistas que ayudan a personas con las que no tienen ningún vínculo.

“A mi juicio, quienes mostraron mayor solidaridad fueron los rescatistas que viajaron desde distintas ciudades. Se quedaban ayudando a quien fuera necesario y durante el tiempo que hiciera falta”.

“No llegaban con un plan personal específico, sino simplemente con la intención de colaborar”.

Durante las labores de búsqueda que realizó en sus primeros viajes, Márquez también observó la intervención de familiares y equipos internacionales, y destacó la ausencia de grupos organizados por el gobierno.

“Del gobierno no vi nada por ninguna parte”.

“Lo único que vi con uniforme —bomberos, Defensa Civil, Protección Civil y algunos organismos policiales— eran personas que se organizaban por su cuenta”.

Su testimonio se limita a las zonas donde desarrollaban su trabajo las organizaciones de ayuda en Playa Grande, Maiquetía, Catia La Mar —incluidos Mare Abajo y Caraballeda— y a las jornadas en las que estuvo presente.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

El entrevistado expresó que el gobierno “organizó una oleada de fuerzas armadas para hacer un abordaje y prestar apoyo en la zona, pero el respaldo real que existía por parte del componente armado, a nivel nacional, era sobre todo de filtro y control”.

“La parte que sí puedo decir que era más fuerte era la de seguridad”.

Relató que durante la madrugada del viernes, acudió con un grupo de entre 15 y 20 rescatistas y paramédicos a un edificio deshabitado y con riesgo de colapso, tras recibir un aviso sobre varios gatos atrapados en el piso 12.

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“Estando allí, varios de los paramédicos —algunos estudiantes de Medicina que estaban colaborando, chicos de menos de 25 años— cargaban cada uno su linterna y empezaron a alumbrar los edificios de alrededor mientras trabajaban. En eso llegó al lugar gente vestida de negro, con armas largas. Eso fue el viernes en la madrugada, como a las dos, y estuvimos en esa zona hasta casi las cuatro”.

Respecto de los familiares, explicó que muchos acudían con el objetivo inmediato de localizar o recuperar a sus seres queridos. “Una vez que lo conseguían, algunos se retiraban, aunque todavía hubiera vecinos o familiares de otras personas que necesitaran ayuda. Por eso, no hubo una solidaridad absoluta entre todos”.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

Poca experiencia y fallos de coordinación

Márquez participó tanto en labores de búsqueda como en la distribución de agua y suministros.

“Me tocó aplicar algunas cosas que había aprendido antes del primer viaje, como técnicas de atención a personas en estado de shock, y esa parte, gracias a Dios, sí fue efectiva. En general, me siento contento de haber podido ir a prestar apoyo con la mejor voluntad posible y también de haber aportado ideas”.

Sin embargo, reconoció que el grupo con el que trabajó no logró rescatar a ninguna persona con vida.

“Lamentablemente, no se llegó a tener la efectividad necesaria como para decir que pudimos rescatar a alguien con vida, pero, gracias a Dios, todo salió bien en la parte que me correspondió”.

“Participé en labores de búsqueda donde solo se rescataron cuerpos. No hubo ningún superviviente por parte del grupo con el que yo estaba”.

<em>Rescatistas recuperan el cuerpo de una víctima de los terremotos en La Guaira (EFE/ Ronald Peña R)</em>Rescatistas recuperan el cuerpo de una víctima de los terremotos en La Guaira (EFE/ Ronald Peña R)

Según explicó, en varias ocasiones el equipo identificaba lugares donde intervenir y diseñaba un plan, pero la demora impedía que pudieran actuar a tiempo. Cuando finalmente llegaban, otros grupos ya habían asumido las labores.

“Por ejemplo, los bomberos de San Cristóbal se encargaron de un edificio que nosotros ya habíamos proyectado atender y, cuando llegamos, ellos ya estaban ahí. En otra zona intervino la gente de Topos Azteca. Así que realmente no logramos tener una efectividad alta”.

Al referirse a la coordinación, dijo que participó en un grupo donde quien daba los lineamientos “no era la persona más experimentada”.

“El más experimentado era un exmiembro de Protección Civil, y si él no se movía, el grupo no se movía; si él decidía ir a una zona y se perdía tiempo, perdíamos tiempo. Varias veces propuse organizar una agenda, por ejemplo, salir temprano a hacer rondas al día siguiente, pero llegaba la hora y nadie estaba listo”.

Esa falta de agilidad provocó que, en algunas ocasiones, al llegar al lugar, “ya otras personas estuvieran atendiendo las solicitudes”.

(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)(Foto: Cortesía de Teófilo Márquez para The Epoch Times)

Mucha ayuda pero pocos voluntarios para llevarla a zonas alejadas

Hasta mediados de la semana pasada, dijo, “la ayuda seguía fluyendo”, y esta también llegaba a los voluntarios.

“Fui testigo de que quienes trabajaban intensamente recibían bastante agua, bebidas y comida. Quizás en la cena había menos, pero en el desayuno y el almuerzo sí contaban con alimentos”.

El problema, explicó, no ha sido la falta de donaciones, sino su distribución.

“Hay mucha ayuda, de verdad, pero son muchas comunidades y cada grupo actúa según lo que considera conveniente”.

Como ejemplo, en una sola jornada con la organización en la que participaba llegaron a cubrir tres comunidades, pero observó que la mayoría de los equipos se concentraba en las zonas grandes y cercanas a las vías.

“Quizás la ayuda no esté llegando a los rincones más apartados. Es posible que algunas comunidades reciban más que otras”, dijo Márquez.

Entre los grupos que sí recorrían algunos sectores alejados mencionó a Cadena de Favores, concentrado en Playa Grande, entre Maiquetía y Catia La Mar.

“Hacen recorridos con ‘patrullitas’ hacia comunidades más apartadas, donde también hay damnificados y casas, quintas y edificios pequeños afectados”.

<em>Bomberos y voluntarios rescatan un cuerpo sin vida durante los trabajos de remoción de escombros de los edificios Mision Vivienda OPPE luego del doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 ocurrido el pasado 24 de Junio, este martes en La Guaira, Venezuela. (EFE/ Xaume Olleros)</em>Bomberos y voluntarios rescatan un cuerpo sin vida durante los trabajos de remoción de escombros de los edificios Mision Vivienda OPPE luego del doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 ocurrido el pasado 24 de Junio, este martes en La Guaira, Venezuela. (EFE/ Xaume Olleros)

Tensión a la hora de compartir la ayuda

La falta de coordinación también generó tensiones entre las diferentes organizaciones de ayuda.

“Quizás no sea la intención inicial, pero algunas se cierran demasiado. No lo llamaría egoísmo, aunque en la práctica puede producir un efecto parecido”.

Citó el caso de un centro de acopio bien abastecido que exigía solicitudes formales, transporte propio y comprobantes de entrega.

“Si acudía un grupo pequeño, sin camión ni estructura formal, normalmente se le negaba la ayuda”.

A su juicio, esas condiciones eran demasiado rígidas para una emergencia, especialmente porque muchos de los productos a distribuir y entregar a los necesitados procedían de donaciones.

“Debería existir más flexibilidad para redistribuirlos entre otros grupos que también están ayudando”.

El entrevistado observó la misma contradicción en el equipo con el que viajaba. Tras repartir casi toda la carga, quedaron agua, jugos y otros productos. Propuso entregarlos a un grupo que prestaba atención médica casa por casa, pero sus compañeros de Valencia prefirieron regresar con parte de los suministros.

“Criticaban la falta de colaboración de otros, pero terminaron actuando de la misma manera”.

“En una tragedia de esta magnitud, esa fragmentación reduce la eficacia de la ayuda”.

<em>Bomberos, policías y rescatistas trabajan con grúas entre los escombros del edificio San Judas Tadeo, que se derrumbó en El Paraíso, mientras continúan las labores de rescate tras el terremoto de magnitud 7,2 que sacudió Venezuela y otras regiones del Caribe el 26 de junio de 2026, en Caracas, Venezuela. (Edilzon Gámez/Getty Images)</em>Bomberos, policías y rescatistas trabajan con grúas entre los escombros del edificio San Judas Tadeo, que se derrumbó en El Paraíso, mientras continúan las labores de rescate tras el terremoto de magnitud 7,2 que sacudió Venezuela y otras regiones del Caribe el 26 de junio de 2026, en Caracas, Venezuela. (Edilzon Gámez/Getty Images)

La montaña, otro riesgo tras el terremoto

El terremoto del 24 de junio golpeó a La Guaira, el antiguo estado Vargas, sobre un problema ya advertido: la ocupación de zonas de riesgo. En esta franja estrecha entre la montaña y el mar, muchas viviendas fueron construidas en terrenos expuestos a bajadas de agua, lodo y piedras, una vulnerabilidad agravada por edificaciones frágiles ante los movimientos sísmicos.

El propio Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) informó que gran parte de la población vivía en construcciones poco resistentes al movimiento sísmico, especialmente “en edificaciones de ladrillo sin refuerzo y con bloques de adobe”.

Un hidrólogo del USGS, dos geólogos y un ingeniero expusieron, en 2021, durante el Sexto Congreso de Recursos Hídricos de las Islas del Caribe, los riesgos que implicaba urbanizar La Guaira, en el litoral central de Venezuela, una zona muy cercana a Caracas que cuenta con un aeropuerto, hoteles y decenas de playas que, antes del terremoto, estaban destinadas al turismo de fin de semana.

El análisis se realizó tras el desastre natural ocurrido en 1999, cuando fuertes lluvias ocasionaron deslizamientos de tierra que causaron entre 19,000 y 30,000 muertes.

Gráfico de The Epoch Times con datos del informe: Peligros naturales en los abanicos aluviales: el desastre ocasionado por flujos detríticos e inundaciones repentinas en Venezuela de USGSGráfico de The Epoch Times con datos del informe: Peligros naturales en los abanicos aluviales: el desastre ocasionado por flujos detríticos e inundaciones repentinas en Venezuela de USGS

El presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, Feliciano de Santis, explicó a través de Bluradio que los mayores colapsos provocados por el terremoto del 24 de junio se concentraron en sectores de Catia La Mar, Playa Grande, Caraballeda y Tanaguarena, construidos sobre depósitos aluviales blandos, donde el movimiento sísmico se amplificó y donde, en algunos puntos, el suelo perdió resistencia. Además, la saturación de agua en los terrenos arenosos provocó que el suelo se comportara temporalmente como un material líquido.

Muchos edificios en estos terrenos "perdieron completamente su sustentación y terminaron colapsando", mientras que otros que "estaban sobre roca presentaron únicamente daños menores, como fisuras en paredes, pero no hubo colapsos".

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Hoy, cuando Márquez mira la montaña, no duda en decir que le “preocupa muchísimo”, sobre todo porque la llegada de las lluvias podría agravar la situación.

“Yo miraba hacia el cerro y, como amante de la montaña, me inquietaba ver tantas rasgaduras en la ladera. Eso puede indicar pequeños derrumbes. Cuando pude fotografiar esos detalles que se observaban en la montaña, quedé preocupado, porque con lluvias constantes podrían producirse nuevos desprendimientos e incluso, Dios no lo quiera, un deslave”.

<em>Una mujer reacciona el 28 de junio de 2026 en un refugio en Caraballeda, La Guaira, Venezuela, para las víctimas de los terremotos que sacudieron al país el 24 de junio. (Jesús Vargas/Getty Images)</em>Una mujer reacciona el 28 de junio de 2026 en un refugio en Caraballeda, La Guaira, Venezuela, para las víctimas de los terremotos que sacudieron al país el 24 de junio. (Jesús Vargas/Getty Images)

En las zonas de riesgo aún permanecen habitantes y voluntarios, y no todos han podido desplazarse. El geólogo de Santis señaló que uno de los aspectos que deberá revisarse tras la tragedia es el proceso de aprobación de nuevas construcciones.

Mientras tanto, la emergencia no se mide únicamente por el número de víctimas mortales. UNICEF estima que cerca de 1.8 millones de personas sobrevivientes necesitan asistencia humanitaria, entre ellas al menos 680,000 niños.

Sin embargo, entre los escombros también comienzan a abrirse espacios para la recuperación. En La Guaira ya se han instalado tres centros de atención infantil en los que cientos de niños pueden recibir apoyo emocional, reunirse con otros menores y recuperar parte de la seguridad y la rutina perdidas.

Para las familias, la reconstrucción será larga. Pero mientras los equipos médicos continúan atendiendo a los damnificados y los voluntarios siguen llevando ayuda a las comunidades, esos primeros espacios de protección representan algo más que asistencia inmediata: son el comienzo de un regreso, todavía frágil, a la normalidad.


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