Opinión
Desde el momento que Estados Unidos reclamó la extradición del gobernador morenista de Sinaloa, Rubén Rocha Moya y nueve colaboradores suyos, el gobierno de Claudia Sheinbaum entró en crisis.
Su reacción no se basó en la ley ni en los convenios bilaterales, consistió sobre todo en una defensa a ultranza de los intereses de partido: Morena antes que el país y, por tanto, se asumió la actitud de un gobierno faccioso y no la actuación con miras de Estado.
Pero esa firmeza se ha ido convirtiendo en una expresión de debilidad política, una debilidad marcada por una falta notoria de ética de Estado. Es una afirmación dura, aunque sustentada en los hechos.
Se estableció así un juego de suma cero, lo que gana Estados Unidos lo pierde México y lo que gana el gobierno mexicano también lo pierde inevitablemente México. No hay manera de que nuestro país gane si lo que se opera está en función de los intereses de partido, no los del país.
Pero esto se veía venir si todos los días la palabra presidencial es parte de una expresión partidista y no de un discurso de Estado. Se confunde al partido político con el Estado y eso convierte al gobierno en un gobierno faccioso. La falta de visión de Estado lo provoca.
La camisa partidista es inevitable, pero en un régimen presidencialista esto debe ser algo cuidadoso, porque el presidente como jefe de gobierno es, al mismo tiempo, jefe de Estado y el Estado es constitucional y no representa a un partido.
Esta confusión se instaló abiertamente desde que comenzó el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y no correspondió solo a un discurso, sino se dio como una política consistente en dar un color político total a los otros poderes, convirtiendo el presidencialismo en un exclusivo liderazgo partidista e ignorando a los mexicanos que no son base del partido hegemónico. De esa manera se suprime el principio constitucional del Estado y el gobierno es faccioso por no decir sectario. La idea de un "partido de Estado" que controle al gobierno corresponde al dominio priista que impuso ese régimen de democracia simulada durante décadas.
El morenismo se ha empeñado en revivir este sistema político incluso en la versión caudillista del callismo, aunque ahora en una versión obradorista disminuida.
Sin embargo, resulta un patente anacronismo a pesar de parecer una restauración triunfante mediante un predominio impuesto y una hegemonía a la que se le acaba el futuro.
El modelo cruje como un edificio con cimientos débiles y amenaza con derrumbarse en cualquier momento. Esto está a la vista y el ruido que causa ha prendido las alertas de los observadores y de actores de poder como Estados Unidos por ser vecino y socio en el libre comercio o grandes empresarios mexicanos, también intelectuales y comentaristas.
Se observa que esta imposición se encuentra en crisis y aunque hasta ahora México ha perdido al regresar a un modelo superado, la realidad es que se comienza a crear una situación en la que lo que pierde el régimen también lo pierde México como consecuencia de una oposición débil incapaz de capitalizar la circunstancia, pero que apuesta a beneficiarse de manera automática y sin esfuerzo.
A pesar de esto, los tiempos son confusos y emerge una realidad desde la incapacidad personal y la estructural, pues vivimos una presidencia extremadamente débil.
En un sistema hecho para que prevalezca el presidencialismo su conversión en el sexenio pasado a caudillismo terminó, paradójicamente, por debilitarlo. Y asumirlo de esa manera por parte de la presidente Claudia Sheinbaum lo ubica en esta circunstancia aceptado abiertamente así cuando ella proclama: "El presidente López Obrador y yo somos lo mismo". A confesión de parte, relevo de pruebas. Sin embargo, la realidad está convirtiendo en algo patético la versión morenista del presidencialismo caudillista. Mientras se insiste que el gobierno funcione con esta identidad, no se enfrentan los problemas colectivos, pero éstos emergen como una sombra ominosa que oscurece todo y está hundiendo al régimen en una noche profunda.
El primer problema es algo más de lo que se refiere como inseguridad; en efecto ésta existe a nivel general, pero el fondo más riesgoso se refiere a la pérdida de control del Estado mexicano sobre el propio territorio nacional. Según un informe del Pentágono al Congreso de Estados Unidos se trata del 35 por ciento del territorio nacional. A estas alturas el porcentaje ha aumentado desde aquella grave presentación a los congresistas estadounidenses.
La presidente Claudia Sheinbaum no ha negado esto. Y actúa en consecuencia. Hace unos días cientos de indígenas fueron desplazados en Chilapa, Guerrero, por el embate de un grupo criminal regional conocido como "los Ardillos". Claudia Sheinbaum envió funcionarios de su gobierno para conformar una mesa de diálogo con ellos. Un día antes "los ardillos" arrojaron los restos despedazados de diez campesinos.
La presidente Sheinbaum explicó su decisión diciendo que así evitó un enfrentamiento de su gobierno con "los ardillos". Escribo esto y me parece tan grotesco que casi me pellizco para despertar de un mal sueño. Pero es la realidad y el anuncio de la presidente lo hizo en un tono que parecía reclamar aplausos por su "pacifismo".
El predominio de Cárteles más poderosos ni siquiera reclama "mesas de diálogo", simplemente se da y se respeta por parte del gobierno. Ya no se habla de los "abrazos" proclamados por López Obrador, simplemente se trata de una realidad vigente.
La carta fuerte del gobierno de Sheinbaum en materia de seguridad, Omar García Harfuch, se hizo el hara kiri cuando se presentó en Sinaloa para exonerar a Rubén Rocha Moya proclamando que este personaje protegido del morenismo "está limpio". Vinieron después las entregas de dos de sus cómplices en Estados Unidos y la solicitud de extradición estadounidense de este personaje y el resto de sus cómplices. La propaganda favorable de García Harfuch se desmoronó de inmediato.
Pero queda claro que el gobierno está ya en crisis y que desde antes, quien pierde es México. Pero esto surge no únicamente en el ámbito de la seguridad mexicana en quiebra, sino se trata de una crisis económica, política, social y cultural que se quiere ocultar, con el gobierno como causante para desgracia de un país no solo en retroceso, sino literalmente al borde del abismo.
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