Opinión
Después de la Segunda Guerra Mundial se hicieron estudios acerca del funcionamiento de la propaganda en las sociedades modernas.
Estudiosos como Jacques Ellull consideraron a la propaganda como la muerte del espíritu, mientras que en las sociedades fracturadas después de la Primera Guerra Mundial se consideraba a la propaganda como el espíritu sustantivo de la política.
Los movimientos radicales de la izquierda y la derecha, incluso los identificados con el liberalismo y la democracia, operaron en la entreguerra con la idea de que la propaganda era un arma de combate y las conciencias individuales constituían precisamente el ámbito donde se utilizaba y se dirimía su eficacia.
El más genial propagandista reconocido fue Joseph Goebbels, quien incluso presidió un Ministerio de Propaganda. Y fue él quien primeramente aprovechó, paradójicamente, las investigaciones de Sigmund Freud en relación con el inconsciente.
Quiero recordar un ejemplo. En un breve documental se sobreponía la imagen del Führer Adolf Hitler con la de un cañón disparando con una estela de humo blanco. Ahí estaba el símbolo fálico, el semen y la figura del líder. El inconsciente interpreta y entiende el lenguaje simbólico, entonces la imagen recreaba en la mente colectiva la de Hitler como el padre de la Patria.
Aunque fue su rival Carl Jung, con su concepto de los arquetipos del inconsciente colectivo, quien más aportó a la eficiente propaganda del nazismo y lo hizo operar como una auténtica religión política.
Pero en esa segunda posguerra llegó a considerarse a la propaganda únicamente como un mecanismo de manipulación de masas. Un instrumento del poder para ejercer un control social enajenante.
Y asociada a la propaganda surge la publicidad de las sociedades de consumo. Y la idea de que el lenguaje mismo en el ámbito político puede crear una realidad ficticia sobre puesta a la realidad vigente verdadera.
Es George Orwell quien con la novela "1984" imagina una sociedad regida por las palabras de un neo lenguaje que recrea el dominio de un poder por encima de la libertad humana.
En realidad nos hemos referido al uso y abuso de la propaganda en las crisis del siglo XX y en los estudios modernos de la misma realizados en la segunda posguerra, cuando bien nos pudimos remitir a su uso clásico en el nacimiento de la modernidad a raíz de la Revolución Francesa cuando los panfletos y los primeros periódicos destruyeron totalmente la imagen de la monarquía y cimentaron el odio y el resentimiento como el mecanismo idóneo para echar a andar la Historia.
Si bien la propaganda ha podido proyectarse en lo subliminal mediante lo simbólico y los arquetipos, en realidad la palabra y el lenguaje fueron y siguen siendo los sustentos propagandísticos esenciales.
Este largo preámbulo es porque este tema se ha convertido en fundamental para analizar y confrontar la realidad política y social de México. Y esto es porque el actual régimen morenista tiene como base sustantiva precisamente a la propaganda.
Me parece que la definición del sistema que vivimos actualmente en México —porque no se trata de un gobierno común y el armado institucional previamente existente ha sido derrumbado— se trata de un "régimen propagandístico".
Por eso es necesario remitirse también a las características de la propaganda específica de los regímenes comunistas o de izquierda, en las cuales la ideología impera, paradójicamente, cuando fue Carlos Marx quien la definiera como "falsa conciencia".
Todas las variantes del periodo entre guerras europeo existen aunque sea esbozadas, pero el sello peculiar corresponde a lo que emergió en la segunda posguerra: la propaganda roja.
Esta propaganda se estructura a través de la ideología y la ideología se convierte en un acto de fe, es la falsa conciencia que se ciega frente a la realidad y la misma es una realidad alterna en la que los adherentes están sumidos.
Cuando la guerra de Corea los pilotos estadounidenses prisioneros regresaban como conversos al comunismo y repudiaban a su sociedad. El gobierno de Estados Unidos encargó a un grupo de expertos estudiaran el caso y su conclusión fue que habían sido sometidos a un proceso de "lavado de cerebro".
Este proceso es un mecanismo que sintetiza el uso de la propaganda para crear un modelo irracional de comportamiento a partir de vaciar el cerebro de todo referente y manipularlo mediante la creación de esa realidad alterna que comentamos.
El obradorismo se cimentó en una manipulación del resentimiento social y una reivindicación ideológica legitimada en el imaginario social: primero los pobres.
La corrupción en los gobiernos de los partidos tradicionales encubrió a un movimiento como el de Morena, con una gran cauda propia de corruptelas —como en la construcción de los Segundos Pisos o en la extracción de recursos a los trabajadores de gobierno— que sus adversarios culposos nunca señalaron.
La política económica de la tecnocracia modernizadora, empeñada en "bajar la curva de consumo para evitar la inflación" fue una brutal afectación al bienestar social e iba contra las premisas de una sociedad moderna de consumo.
La decisión de superar este estancamiento y de seguir la política recomendada por el neo liberal Milton Friedman —de elevar con subsidios directos la capacidad de consumo de amplios sectores sociales—, fue el mayor acierto del obradorismo, así como el incremento de los salarios mínimos que se refleja en la escala salarial.
Solo con esto pudo cimentarse el régimen de propaganda, o sea la ceguera colectiva artificial que no ha querido ver la destrucción institucional de la República, la pavorosa duplicación de la deuda externa en un solo sexenio, la rampante corrupción de la familia de López Obrador y de los jerifaltes del régimen, la complicidad con los feroces Cárteles que dominan la tercera parte del territorio nacional, la inseguridad en las carreteras, las decenas de miles de desaparecidos, el huachicol fiscal, el despilfarro y fracaso de los proyectos faraónicos tales como el depredador Tren Maya o la inútil refinería de Dos Bocas, la caída general de los sistemas de salud y educativo, la grotesca política exterior y la posible disminución de las ventajas del tratado de libre comercio con Estados Unidos.
Pero hay un mal esencial del régimen de propaganda: la degradación del lenguaje público a partir del discurso faccioso desde la Presidencia, las groserías y los escupitajos digitales financiados con recursos públicos y el ambiente de guerra civil virtual, todo lo cual en su degradación genera la de nuestra sociedad.
Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times.




















