Opinión
La decisión de Estados Unidos de no renovar el Acuerdo Canadá-Estados Unidos-México (CUSMA, por sus siglas en inglés en Canadá) en sus términos actuales no es simplemente otra disputa comercial. Es una advertencia estratégica. Canadá no debe entrar en pánico, pero tampoco debe subestimar lo que acaba de ocurrir. El presidente Donald Trump ha demostrado una vez más que, en su opinión, la incertidumbre no es un riesgo que deba evitarse, sino una herramienta de negociación que debe utilizarse.
Muchos canadienses asumirán que el CUSMA (T-MEC, por sus siglas en México) se ha derrumbado. No es así. El acuerdo sigue vigente mientras continúan las negociaciones. Lo que ha cambiado es la certeza en la que confiaban las empresas, los inversores y los gobiernos. En lugar de un largo período de estabilidad, Norteamérica ahora se enfrenta a revisiones anuales y negociaciones constantes. Para un país tan dependiente del comercio como Canadá, la incertidumbre misma se convierte en un costo económico.
Esta decisión es totalmente coherente con la filosofía política del presidente Trump. A lo largo de sus dos presidencias ha priorizado la influencia sobre la permanencia, la negociación sobre la previsibilidad y la flexibilidad sobre los compromisos fijos. Al rechazar una prórroga automática mantiene el comercio en el centro de la política estadounidense, tranquiliza a su sector manufacturero al demostrar que sigue luchando por los empleos estadounidenses y le da a Washington la posibilidad de reabrir las negociaciones cuando considere que se pueden obtener más concesiones.
Canadá participa en estas conversaciones desde una posición de considerable fortaleza en algunos aspectos, pero también de importante vulnerabilidad en otros. Casi el 75% de las exportaciones de mercancías de Canadá se destinan a Estados Unidos. Cada año, más de un billón de dólares en bienes y servicios cruzan la frontera entre Canadá y Estados Unidos, lo que la convierte en una de las relaciones comerciales bilaterales más importantes del mundo.
Nuestra industria automotriz depende de cadenas de suministro altamente integradas, donde los componentes cruzan la frontera varias veces antes de que un vehículo llegue al cliente. Incluso una leve incertidumbre puede retrasar decisiones de inversión por valor de miles de millones de dólares.
Por lo tanto, el mayor peligro no es una recesión inmediata, sino la erosión gradual de la competitividad de Canadá. Los inversores que toman decisiones sobre fábricas, minas, oleoductos, infraestructura de inteligencia artificial o minerales críticos suelen pensar a largo plazo, no a corto plazo. Cuando las reglas parecen inciertas, el capital espera. Esa demora afecta la productividad, los salarios y el crecimiento económico a largo plazo, mucho más que una disputa arancelaria temporal.
El primer ministro Mark Carney se enfrenta a su primer gran desafío estratégico económico. Su reputación se ha forjado sobre la base de la estabilidad, una gestión económica sólida y la confianza de los inversores. Sin embargo, esta disputa no puede resolverse únicamente con conocimientos monetarios. Requiere negociación política, paciencia estratégica y una visión nacional clara. Los canadienses, con razón, esperan que su gobierno no se limite a reaccionar ante los acontecimientos en Washington, sino que demuestre que Canadá cuenta con su propia estrategia económica a largo plazo.
El reciente anuncio del gobierno sobre una importante iniciativa energética podría ser una política pública totalmente legítima. Ampliar la infraestructura energética y la capacidad de exportación de Canadá redunda indudablemente en nuestro interés nacional. Sin embargo, el momento elegido plantea inevitablemente interrogantes. ¿Tenía como objetivo tranquilizar a los inversores? ¿Buscaba demostrar el dinamismo económico? ¿O simplemente era un intento de desviar la atención pública de una incómoda cuestión comercial? Solo el gobierno conoce sus intenciones. En cualquier caso, los canadienses deberían juzgar la iniciativa por sus méritos, no por su relevancia política.
Sin embargo, todo esto encierra una lección importante. Canadá ya no puede confiar en que su relación económica con Estados Unidos se mantendrá inalterable simplemente porque siempre ha sido así. Independientemente de quién ocupe la Casa Blanca, la era de la integración automática en Norteamérica ha terminado. El éxito dependerá cada vez más de la competitividad de Canadá, en lugar de la buena voluntad de su principal socio comercial.
Este momento debe convertirse en un catalizador para la renovación. Debemos eliminar de una vez por todas las barreras comerciales interprovinciales que le cuestan a nuestra economía miles de millones de dólares cada año. Debemos acelerar el desarrollo de infraestructura nacional, ampliar los oleoductos y la capacidad de GNL, fortalecer nuestra base manufacturera, invertir en minerales críticos e inteligencia artificial, y diversificar las exportaciones a través de Europa y el Indo-Pacífico.
Y lo más importante, debemos afrontar el persistente desafío de productividad de Canadá, que se ha convertido silenciosamente en el problema económico que define nuestra generación.
La cuestión ya no es si Estados Unidos cambiará. La cuestión es si Canadá finalmente lo hará.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.





















