Opinión
El Día del Padre llegó una vez más. Al igual que muchos papás, pasaré parte de este día reflexionando sobre mi propio camino como hijo, esposo, papá, líder empresarial y soldado. Cuanto más envejezco, más convencido estoy de una simple verdad: los papás son importantes. Esa afirmación no debería ser controvertida. Sin embargo, en los últimos años a veces parece que la paternidad, la masculinidad y las virtudes tradicionales asociadas con los hombres se han convertido en temas de sospecha en lugar de celebración.
Durante décadas hemos escuchado debates sobre la masculinidad tóxica. Sin duda, existen comportamientos tóxicos que deben condenarse. La violencia, el abuso, la irresponsabilidad y el abandono no tienen cabida en ninguna familia ni sociedad. Pero en algún momento, nuestro debate público dejó de distinguir entre el comportamiento destructivo y las cualidades positivas que tradicionalmente han definido a los hombres de bien. La fortaleza no es tóxica. El valor no es tóxico. El deber no es tóxico. El sacrificio no es tóxico. De hecho, estas son precisamente las cualidades de las que dependen las sociedades cuando llegan tiempos difíciles.
A lo largo de mi vida he tenido la suerte de ver cómo se expresa la paternidad de muchas formas. La he visto en mi propia familia. La he visto entre oficiales militares y suboficiales que pasaron meses lejos de casa sirviendo a Canadá. La he visto entre empresarios que trabajaban largas jornadas para brindar oportunidades a sus familias. La he visto entre artesanos, maestros, policías, enfermeros, agricultores e innumerables canadienses comunes y corrientes que, en silencio, anteponían las necesidades de los demás a las propias.
El denominador común nunca fue la perfección. Fue la responsabilidad. Un buen padre no es necesariamente el hombre que más se hace oír en la sala. Es el hombre que está presente. El que provee. El que protege. El que enseña. El que escucha. El que establece normas. El que ofrece aliento cuando falta la confianza y disciplina cuando se necesita. Quizás lo más importante es que demuestra, a través de sus acciones, que la vida no se trata simplemente de la realización personal. Se trata de las obligaciones hacia la familia, la comunidad y el país.
Mi propia forma de entender la paternidad se ha forjado no solo a partir de mis éxitos, sino también de mis desafíos. Al igual que muchos padres, he vivido momentos de orgullo, incertidumbre, sacrificio y desilusión. La paternidad no es un título. Es un compromiso de por vida. Requiere paciencia cuando la paciencia se agota, fortaleza cuando las circunstancias se vuelven difíciles y fe cuando el futuro es incierto.
La evidencia que respalda la importancia de los padres es abrumadora. Los niños que crecen con padres comprometidos suelen tener un mejor rendimiento escolar, presentan menos problemas de conducta, tienen menos probabilidades de entrar en contacto con el sistema de justicia penal y tienen más posibilidades de disfrutar de una vida adulta estable y exitosa. Las madres son, por supuesto, de enorme importancia, pero los padres aportan algo único e insustituible al desarrollo de los niños.
El mismo principio se aplica más allá de la familia. Los valores tradicionalmente asociados con la buena paternidad son también los valores que sostienen a las instituciones. Las empresas necesitan líderes que acepten la responsabilidad. Las comunidades necesitan voluntarios dispuestos a servir. Las democracias necesitan ciudadanos preparados para anteponer el bien común a la conveniencia personal. Las fuerzas armadas necesitan hombres y mujeres que comprendan el deber y el sacrificio.
Estas no son virtudes exclusivamente masculinas, pero desde hace mucho han sido fundamentales en la forma en que muchos padres crían a sus hijos y llevan sus vidas. Uno de los mayores malentendidos de nuestro tiempo es la creencia de que la masculinidad en sí misma es, de alguna manera, un problema que hay que resolver. La abrumadora mayoría de los hombres no son tóxicos. Son esposos, padres, hijos, hermanos, compañeros de trabajo y amigos que hacen lo mejor que pueden para desenvolverse en un mundo cada vez más complicado.
En lugar de criticar constantemente la masculinidad, deberíamos dedicar más tiempo a celebrar los ejemplos positivos de la misma. Los niños pequeños necesitan modelos a seguir. Necesitan ver a hombres que sean fuertes sin ser crueles, seguros de sí mismos sin ser arrogantes, ambiciosos sin ser egoístas y valientes sin ser imprudentes. Necesitan padres que demuestren que el carácter importa más que el estatus y que la integridad importa más que la popularidad. Como padre, sé que no hay padres perfectos. Todos cometemos errores. Todos tenemos cosas de las que nos arrepentimos. Sin embargo, la paternidad sigue siendo uno de los mayores privilegios y responsabilidades de la vida.
Este Día del Padre, y todos los días, deberíamos reconocer a los millones de padres que, en silencio, se levantan cada mañana, van a trabajar, cuidan de sus familias, apoyan a sus comunidades y ayudan a construir un país más fuerte. Se merecen más que nuestra gratitud. Se merecen nuestro respeto. Porque los padres siguen siendo importantes. Y siempre lo serán.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.



















