Opinión
Si pudiéramos retroceder en el tiempo y recuperar algunas cosas de nuestros padres y abuelos, ¿qué traeríamos de vuelta?
No sus penurias, injusticias ni oportunidades limitadas. El progreso nos ha traído bendiciones extraordinarias.
Pero en algún momento del camino hacia una mayor prosperidad, conexión y avance tecnológico, dejamos atrás unos valores que ninguna tecnología puede sustituir.

No leas más noticias. Entiéndelas.
En Epoch Times Español queremos estar en contacto directo contigo
Seleccionamos para ti lo que de verdad importa, sin ruido ni agendas. Es un canal abierto: si nos escribes, te respondemos.
Recuperaríamos la dignidad del trabajo.
Nuestros abuelos entendían que el trabajo era algo más que ganar dinero. Fomentaba la disciplina, la responsabilidad y el respeto por uno mismo. Hacían lo que había que hacer porque sus familias dependían de ellos.
Hoy en día, no paramos de hablar de "encontrarnos a nosotros mismos". Ellos solían encontrarse a sí mismos a través de la responsabilidad, el servicio y el cumplimiento de su palabra.
Recuperaríamos el carácter sagrado de la familia.
Los abuelos ayudaban a criar a sus nietos. Las tías y los tíos corregían a sus sobrinas y sobrinos. Las cenas de los domingos eran aulas en las que las historias, los valores y la historia pasaban de una generación a otra.
Los niños se sentaban junto a las personas mayores y escuchaban.
Imagina lo revolucionario que sería eso hoy en día.
En lugar de recibir todas las lecciones de un algoritmo, los jóvenes escucharían de primera mano cómo sus mayores sobrevivieron a la pobreza, la guerra, la discriminación, el desamor y la pérdida.
La sabiduría volvería a tener una voz humana.
Recuperaríamos el sentido de comunidad.
Los vecinos se conocían entre sí. Cuando alguien enfermaba, aparecía comida en la puerta. Cuando alguien fallecía, la gente rodeaba a la familia. Los domingos solían dedicarse a visitar a los mayores, a los enfermos y a quienes no podían salir de casa, no porque lo exigiera ningún programa, sino porque la gente entendía que tenían obligaciones mutuas.
Hoy en día, podemos tener miles de conexiones digitales y, aun así, sentirnos profundamente solos.
Hemos dominado la comunicación sin llegar necesariamente a dominar la comunión.
Recuperaríamos el respeto por los mayores.
Nuestra cultura venera la juventud y la novedad y, a menudo da por sentado que lo nuevo es mejor.
Pero la información no es sinónimo de sabiduría.
La sabiduría requiere tiempo, errores, consecuencias y reflexión. Una sociedad que deja de escuchar a sus mayores acaba pagando una y otra vez el precio de lecciones que sus antepasados ya aprendieron.
Recuperaríamos la paciencia y el ahorro.
Nuestros abuelos esperaban. Ahorraban antes de comprar, reparaban antes de sustituir y sembraban antes de cosechar. Se remendaba la ropa. Se reparaban los muebles. Se guardaban los alimentos.
Ellos comprendían algo que nuestra cultura de lo inmediato olvida cada vez más: Las cosas valiosas llevan tiempo.
La confianza lleva tiempo. El carácter lleva tiempo. Un matrimonio, una reputación, un negocio y una vida plena llevan tiempo.
Y entendían la diferencia entre querer algo y necesitarlo.
No se llega a ser rico haciendo alarde de todo lo que uno puede permitirse.
Recuperaríamos la fe y la formación moral.
Para muchas familias, la fe no se limitaba a acudir a un edificio un día a la semana. La oración, la gratitud y la responsabilidad marcaban la vida cotidiana.
La fe no hacía perfectas a las generaciones anteriores. Pero les proporcionaba un vocabulario moral:
Deber. Sacrificio. Perdón. Humildad. Gracia. Servicio.
Esas palabras siguen siendo esenciales en una cultura cada vez más organizada en torno al deseo individual.
Y lo más importante: Recuperaríamos la resiliencia.
Nuestros abuelos no daban por sentado que las dificultades significaran que la vida les hubiera fallado.
Estaban preparados para las tormentas.
Soportaron la depresión económica, la guerra, la discriminación, la enfermedad, la muerte y la decepción; y siguieron adelante.
La lucha no era necesariamente una interrupción de la vida.
Formaba parte de la vida.
Y, a veces, convertían la lucha en un escalón, apoyándose en las dificultades del ayer para alcanzar las posibilidades del mañana.
No podemos ni debemos volver al pasado.
Pero podemos recuperar esa sabiduría.
Imagina combinar la tecnología, la medicina y las oportunidades de hoy con la disciplina, la fe, la paciencia, los lazos familiares, la responsabilidad comunitaria y la resiliencia de antaño.
Eso no sería nostalgia.
Eso sería progreso.
Nuestros abuelos nos dejaron algo más que fotografías, muebles, tierras y apellidos.
Nos dejaron unas instrucciones:
Trabaja duro. Cumple tu palabra. Ahorra algo. Repara lo que se pueda reparar. Visita a los enfermos. Respeta a tus mayores. Reúnanse todos a la mesa. Reza. Perdona. Cuida de tus vecinos. Enseña a los niños de dónde vienen.
Y cuando la vida te derribe, no hagas del suelo tu residencia permanente.
Haz de la lucha tu estrado y levántate.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.

























