Opinión
En la era de Trump, marcada por los aranceles, las reprimendas y la retórica belicosa, sería comprensible pensar que las relaciones entre Estados Unidos y Europa se encuentran actualmente en un momento de declive.
A lo largo de sus dos mandatos, el presidente Donald Trump ha impuesto aranceles a los productos europeos, ha reprendido a los aliados de la OTAN por no pagar su parte justa de los gastos militares y, por un momento o dos, se negó a descartar el uso de la fuerza para adquirir Groenlandia, un territorio del Reino de Dinamarca, antes de retractarse más tarde de lo que esas declaraciones parecían insinuar.
Si bien la administración de Trump ha adoptado en ocasiones una línea dura, tanto en materia de políticas como de retórica, en sus relaciones con la UE y los gobiernos europeos, su actitud hacia la civilización europea ha sido coherente y esperanzadora.

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En un discurso pronunciado en febrero en Múnich, durante la conferencia de seguridad más importante del mundo, Marco Rubio, el jefe de la diplomacia estadounidense, no señaló con el dedo a sus anfitriones europeos. En cambio, optó por destacar la historia, la cultura, la amistad y el destino compartidos por Europa y Estados Unidos.
Como concisa síntesis de lo que se considera la "civilización occidental" el breve discurso de Rubio fue una clase magistral. El mero hecho de que utilizara el término "civilización occidental" repetidamente y sin complejos fue en sí mismo un soplo de aire fresco, especialmente para aquellos de nosotros que tal vez recordemos la serie de discursos del presidente Barack Obama en Europa, apodada por los críticos como "una gira de disculpas".
Rubio no dudó en elogiar los logros culturales de Occidente, de los que habló en términos casi religiosos. La herencia de Occidente era "sagrada", declaró, arraigada en una historia, una fe, una cultura, un patrimonio, un idioma y una ascendencia compartidos.
¿Qué tiene que ver todo esto con la seguridad?
La respuesta de Rubio fue precisa y solía considerarse una cuestión de sentido común. Los ejércitos no luchan por organizaciones internacionales abstractas, sino por sus países. Defienden las fronteras, una cultura compartida y al hermano que tienen al lado; luchan, no por el fin de la historia, sino por la libertad y la esperanza de un futuro próspero para sus hijos.
El difunto filósofo Roger Scruton acuñó un término que resume muy bien esta idea: oikofilia, o amor por el hogar. Scruton también habló en términos de "lo sagrado" al intentar describir lo que más amamos del lugar al que llamamos hogar.
Un hogar, argumenta Scruton, es algo que se ama porque es nuestro, un lugar abierto a los amigos, sí, pero también con las puertas cerradas a quienes no han sido invitados. Los recintos sagrados se contaminan cuando son invadidos por quienes no son bienvenidos, el tipo de profanación que hace que lo familiar se sienta ajeno y ya no se parezca al hogar que alguna vez conocimos y amamos.
La huida de nuestro pasado, nuestra cultura y nuestra fe compartidos es precisamente lo que, según Rubio, Estados Unidos bajo el mandato del presidente Trump desea detener; el tipo de postura que Occidente ha adoptado tantas veces antes en momentos de gran crisis. Rubio destacó las victorias compartidas de Europa y Estados Unidos a lo largo de dos guerras calientes y una guerra fría, así como momentos de importancia existencial como la crisis de los misiles en Cuba y la construcción del Muro de Berlín.
Si bien es importante recordar a qué debe oponerse Occidente, el Secretario de Estado nos recordó que es mucho más importante recordar por qué. Sí, Occidente debe oponerse al comunismo, al “culto al clima”, a la inmigración masiva, etcétera. Sí, Occidente ha socavado, en ocasiones, sus propios principios y debe rendir cuentas por ello.
Pero las civilizaciones duraderas no son meramente reaccionarias, ni se regodean en el pasado.
Las tradiciones más grandiosas alaban los logros de sus antepasados y se esfuerzan por transmitirlos a las generaciones venideras. Esto es, literalmente, lo que significa la palabra "tradición": transmitir. La civilización es el fruto de la vid y el trabajo de muchas manos.
La nuestra es la civilización que produjo a Shakespeare, Mozart, Beethoven y Dante. Fue muy conmovedor escuchar a Rubio enumerar los nombres de tales gigantes, y con orgullo, además.
En vísperas de su 250º aniversario, Rubio nos recordó que Estados Unidos siempre será un hijo de Europa. Su estabilidad como nación surgió de los beneficios inestimables que heredó del gobierno inglés y del estado de derecho; sus fronteras fueron desafiadas y expandidas por colonos intrépidos como los escoceses-irlandeses, un espíritu romántico inspirado en el arquetipo del vaquero concebido por primera vez en España. Gracias a la colonización alemana de las Grandes Llanuras, se convirtió en una potencia agrícola mundial.
Rubio tiene razón al utilizar un lenguaje que raya en lo religioso para resumir todo esto. Los logros de la civilización occidental, de la cual Estados Unidos ha sido el principal defensor en el mundo moderno, deben considerarse sacrosantos. Nuestra civilización es algo irreemplazable y único. Al igual que una persona a la que amamos, ninguna otra puede sustituirla. Lea no puede reemplazar a Raquel.
Para quienes creen en la civilización occidental, resulta alentador escuchar a un hombre que ocupa uno de los cargos más altos del país y comprende que luchamos con más ahínco por aquello que más amamos. Parafraseando a otro gran creyente en Occidente, J. R. R. Tolkien, amamos la espada no por lo que hace, sino por lo que defiende: nuestro hogar.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Época.






















