Opinión
Los anales de la historia moderna están llenos de individuos inspirados por ideologías, convencidos de que sus oponentes no solo están equivocados, sino que son moralmente ilegítimos y, por lo tanto, prescindibles.
Inspirados por los objetivos del socialismo revolucionario, muchos llegaron a la conclusión de que la violencia es un instrumento necesario para el progreso. El caos y el asesinato se consideran erróneamente como un camino hacia un mundo más perfecto.
En este contexto inquietante, la película de Paul Thomas Anderson ganadora del Premio de la Academia en 2025, "Una Batalla tras Otra" ("One Battle After Another"), constituyó un tributo cinematográfico a una era violenta. La película presenta a Leonardo DiCaprio como un revolucionario de la Era de Acuario que ya entra en años y que se ve arrastrado de nuevo al conflicto cuando reaparecen viejos enemigos.

No leas más noticias. Entiéndelas.
En Epoch Times Español queremos estar en contacto directo contigo
Seleccionamos para ti lo que de verdad importa, sin ruido ni agendas. Es un canal abierto: si nos escribes, te respondemos.
Algunos espectadores elogiaron la película por su profundidad emocional y su relevancia política. Las personas más sensatas la vieron como una nostalgia por una época sumamente convulsa. El guion ensalzaba a los militantes ideológicos y daba una aprobación implícita a la violencia como herramienta de justicia social.
El nihilismo entre "Los demonios"
El tema de "Una Batalla tras Otra" me recordó la profética novela del siglo XIX de Fiódor Dostoyevski, Los demonios. Escrita en respuesta al auge del nihilismo ruso y el marxismo revolucionario, su novela sigue siendo uno de los análisis más penetrantes del fanatismo político jamás escritos.En el séptimo capítulo, Dostoievski describe una reunión conspirativa que marca el tono de todo el libro. El autor retrata un grupo informal de intelectuales, idealistas, estudiantes, oportunistas y descontentos que exploran tentativamente ideas revolucionarias.
Su discusión revela que a muchos activistas políticos los motiva menos una preocupación genuina por el bien común que la vanidad, el resentimiento, la ambición o el deseo de destrucción en sí mismo. El personaje principal, Piotr Verkhovensky, manipula a un grupo diverso de activistas para que se sumen a una decidida conspiración revolucionaria.
La idea central de Dostoievski es que la violencia revolucionaria rara vez comienza con un plan claro de asesinato o terrorismo. Comienza con abstracciones. Una vez que las personas se convencen de que la historia misma está de su lado y de que las instituciones existentes son irremediablemente corruptas, las restricciones morales se debilitan. Los opositores dejan de ser seres humanos como ellos y, en cambio, se convierten en obstáculos para el progreso.
En la historia de Dostoievski, el descenso de un pueblo ruso hacia el incendio, el asesinato y el caos sirvió como una advertencia. Una sociedad envuelta por el fuego de la revolución simboliza más que la destrucción física; representa la desintegración cívica que ocurre cuando el fervor ideológico reemplaza a la genuina compasión humana.
Sangre y progreso
En el reciente libro del académico estadounidense Noah Rothman, Sangre y progreso, (Blood and Progress), se encuentran relatos similares de violencia política. Rothman narra la misma ola de violencia revolucionaria que fue el eje central de la galardonada película de Anderson.Lejos de ser una época definida únicamente por el idealismo de la Nueva Izquierda, las décadas de 1960 y 1970 fueron testigo de atentados con bombas, asesinatos, secuestros, disturbios y campañas de intimidación política.
Entre los sucesos que Rothman relató se encuentran manifestaciones violentas, disturbios urbanos, atentados con bombas, secuestros y asesinatos perpetrados por facciones como Weather Underground, el Ejército Simbionés de Liberación, la Fracción del Ejército Rojo de Alemania, las Brigadas Rojas de Italia y el Frente de Liberación de Quebec.
Todas estas organizaciones militantes —incluidos ejemplos más recientes como BLM, Antifa y Hamás— aprueban la violencia política con el pretexto de que las democracias occidentales son irremediablemente opresivas y que la acción revolucionaria es moralmente necesaria.
Ecos de un pasado violento
En el siglo XXI, las sociedades occidentales están escuchando ecos de patrones del pasado. Los episodios de disturbios, saqueos, incendios provocados, enfrentamientos violentos con la policía, ataques contra oponentes políticos y el aumento de los casos de asesinato deberían recordar a las sociedades democráticas que el extremismo político sigue siendo un peligro persistente.Las redes sociales intensifican esta patología al recompensar la indignación y presentar a los oponentes políticos como amenazas existenciales.
Los movimientos que apoyan lo que consideran reformas progresistas se vuelven peligrosos cuando rechazan la persuasión democrática en favor de la coacción, las amenazas y la obstrucción ilegal.
Los acontecimientos recientes deberían recordarnos que este peligro no se limita a los libros de historia. El verano de 2020 ofreció un ejemplo particularmente importante. Tras la muerte de George Floyd, un número significativo de simpatizantes de Black Lives Matter se lanzó a los disturbios, los saqueos, los incendios provocados, la destrucción de propiedad y los enfrentamientos con la policía.
Los disturbios en Minneapolis provocaron una destrucción generalizada y se convirtieron en un vívido recordatorio de lo rápido que una protesta puede convertirse en caos. Durante los últimos dos años, los radicales estadounidenses a favor de las fronteras abiertas han empleado tácticas similares.
En 2024, el actual presidente de los Estados Unidos sobrevivió a dos intentos de asesinato: un tiroteo el 13 de julio en Butler, Pensilvania, que le costó la vida a un transeúnte inocente, y otro perpetrado por un hombre armado descubierto cerca de su campo de golf en Florida.
En abril de este año, nada menos que una figura del establishment como el exdirector del FBI de Estados Unidos fue acusado de presuntamente amenazar al presidente en una publicación de Instagram con conchas marinas dispuestas para formar "86 47", un código que comúnmente se interpreta como una amenaza de muerte contra Donald Trump.
En diciembre de 2024, el director ejecutivo de UnitedHealthcare, Brian Thompson, fue asesinado a tiros deliberadamente en la ciudad de Nueva York. El tirador se convirtió en un auténtico héroe popular entre los jóvenes socialistas radicales.
En septiembre de 2025, el activista político conservador Charlie Kirk fue brutalmente asesinado mientras daba una conferencia en la Universidad de Utah Valley.
La libertad depende del estado de derecho
¿Qué sucede cuando las quejas políticas se combinan con la percepción de que las instituciones democráticas son incapaces de hacer justicia? Esta es una pregunta sumamente preocupante.Es posible que la violencia política no sea exclusiva de la izquierda o de la derecha. Pero una vez que los militantes comienzan a considerarla un medio legítimo para resolver disputas, la idea en sí misma se vuelve contagiosa. La justificación de un bando se convierte en la excusa del otro.
Este es precisamente el peligro sobre el que escribió Dostoievski. La violencia política comienza con personas que creen que los procesos institucionales son inadecuados, que sus oponentes están moralmente fuera de los límites aceptables y que las medidas extraordinarias están justificadas. Una vez que una sociedad cruza esa barrera moral, se permitirá la violencia en nombre de casi cualquier causa.
Las misiones políticas progresistas han evolucionado —desde la igualdad racial hasta el socialismo democrático—, pero la tentación totalitaria sigue siendo la misma: sustituir la persuasión por la coacción, el discurso por la destrucción y el estado de derecho por el caos.
Las naciones libres no pueden sobrevivir mucho tiempo a esa sustitución. Una vez que se tolera la violencia como un camino normal hacia el cambio político, la historia ha demostrado que ni la libertad ni la justicia sobrevivirán por mucho tiempo.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.























