Opinión
Esta es una transcripción ligeramente editada de un segmento del 8 de octubre del pódcast "Victor Davis Hanson: In His Own Words".
Durante la última década, Donald Trump ha sido objeto de una controversia constante: desde su aparición en la escalera mecánica en 2015, pasando por su campaña, su primer mandato, los años fuera del poder y los dos primeros años de su segunda administración.
El proceso funciona de la siguiente manera: él emplea un estilo basado en "el arte de la negociación" —caracterizado por un tono grandilocuente y afirmaciones audaces— con el que descoloca a sus oponentes o socios, independientemente de quién se siente al otro lado de la mesa. Plantea exigencias absurdas, lo que deja a los demás atónitos y provoca críticas en su contra.

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A medida que avanzan las negociaciones, Donald Trump logra una ventaja —quizás un 52 o 53 por ciento a su favor respecto a lo que se planteó inicialmente— y se cierra un acuerdo. En este proceso, Trump tiene mucho cuidado de no insultar a la otra parte, ya sea un socio o un adversario. Luego, sugiere que tal vez él mismo salió perdiendo, mientras se retira habiendo conseguido un logro concreto.
Esto genera inquietud en algunos sectores: aunque el resultado de las negociaciones resulta impresionante —especialmente para los estadounidenses—, muchos sostienen que la metodología empleada empaña el logro obtenido.
Analicemos si se trata de una crítica legítima.
Cuando asumió el cargo, Panamá estaba, en la práctica, controlada en sus puntos de entrada y salida —en violación del Tratado del Canal de Panamá— por empresas vinculadas a China. Estas tenían planes grandiosos, que consistían, básicamente, en apoderarse del canal. Él protestó, alzó la voz y amenazó con intervenir para tomar el control. Sostuvo que el canal debía volver a manos de Estados Unidos.
Se suspendieron las negociaciones. Marco Rubio intervino.
Ahora, [Panamá] es un aliado cercano de Estados Unidos. Toda América Latina está dando un giro. De las 32 naciones, creo que unas 27 son proestadounidenses, capitalistas y democráticas; o reúnen las tres características. La "marea rosa" llegó a su fin en América Latina. Solo quedan Cuba, Brasil, México y Nicaragua como países abiertamente hostiles, de corte comunista o socialista.
Y hubo quien preguntó: "¿Era realmente necesario amenazar a Panamá de esa manera?".
Segundo caso: Groenlandia. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos asumió la custodia de la autonomía de Groenlandia. ¿Por qué? Porque Dinamarca, su metrópoli colonial, fue invadida por los nazis en apenas tres días. Los nazis tenían la mirada puesta en Groenlandia para establecer bases de submarinos y flotas aéreas con las que controlar el Atlántico Norte. Ante esto, Estados Unidos tomó el control, instaló una base, garantizó su libertad, la utilizó en beneficio de los Aliados y, posteriormente, se la devolvió a Dinamarca.
En los años posteriores a la Guerra Fría, la situación permaneció estancada, al igual que la postura de Dinamarca. En otras palabras, no era un tema relevante.
Entonces llega Trump y señala que China considera el Ártico como la ruta aérea más directa para sus misiles hacia Norteamérica y Europa. Además, observan que es posible controlar sus rutas marítimas, lo que les brindaría un acceso estratégico a los países occidentales, tanto en el círculo polar ártico —cerca de Europa— como en Norteamérica.
Por ello, Trump comenta que los daneses no cuentan con los medios necesarios y sugiere que, tal vez, deberíamos simplemente tomar el control.
La reacción fue de total consternación. Dinamarca estalló de furia. Alemania envió ocho o nueve soldados, y Dinamarca anunció: "Prometo mil millones de dólares para ayudar a los groenlandeses. Incluiré su bandera en el escudo nacional". Está empezando a funcionar. En otras palabras, Donald Trump baja el tono de su retórica y, ¡he aquí!, tenemos un acuerdo; un acuerdo que es mucho mejor que el anterior, que databa de 1951. En Europa sienten alivio, ya que no tendrán que enfrentarse a buques rusos o chinos en el Ártico groenlandés, pues Estados Unidos —su aliado en la OTAN— estará allí presente.
Groenlandia está contenta: no verán a muchos estadounidenses, pero recibirán una gran cantidad de dinero de EE. UU. gracias a una economía militar en pleno auge.
Dinamarca está satisfecha porque puede seguir considerándose una potencia colonial que controla esta inmensa isla continental, situada en Norteamérica —más cerca de Nueva York que de Copenhague—. Pero bueno, ellos son los soberanos.
Funcionó.
Pregunta: ¿Valió la pena toda esa grandilocuencia que tanto irritó a nuestros aliados?
Pasemos al siguiente ejemplo: Canadá.
Todo el mundo sabe que Canadá ha necesitado —supongo que desde siempre— un superávit de 50,000 millones de dólares. Llevan 20 años sin cumplir con sus compromisos ante la OTAN. El 45 por ciento de su población está compuesta por inmigrantes de primera o segunda generación. Su economía, de corte socialista, es inerte; es la más débil de todas las naciones occidentales industrializadas.
Estamos negociando, y ellos se niegan a reducir los aranceles. Hay muchos otros asuntos, pero no puedo entrar en detalles.
Trump ha llegado a decir que le gustaría convertir a Alberta en el estado número 51. Se trata de la región que concentra los recursos naturales de todo el país. Nadie en Estados Unidos desea algo así, y mucho menos el propio Trump. Lo último que quieren los republicanos conservadores —los partidarios de Trump y del movimiento MAGA— es un Canadá de izquierdas con 40 millones de habitantes que terminaría siendo una especie de "segunda California".
Así que, una vez más, ahí tenemos "el arte de la negociación".
Al fin y al cabo —y cuando el primer ministro Mark Carney reciba su Premio Nobel o lo que sea que él pretenda—, el resultado será este: Canadá terminará llegando a un acuerdo. Al fin y al cabo, el 80 por ciento de su comercio se realiza con Estados Unidos. Encontrarán la manera de que, cuando compremos su petróleo —lo que les genera un gran superávit—, dejen de ayudar a China a eludir nuestros aranceles; esto ocurre cuando utilizan metales chinos baratos para fabricar productos y, así, sortear los aranceles.
Eliminarán el requisito del 5 por ciento que obliga a nuestras empresas de medios digitales a incluir contenido de origen local —contenido pensado para Canadá y los canadienses, o en francés—. Y se llegará a un acuerdo. Es probable que compren más productos agrícolas.
Será algo positivo para Estados Unidos; servirá para poner los pies en la tierra y recordarle a Canadá que, si bien los canadienses son gente maravillosa, sus líderes han adoptado un modelo socialista que arruina su economía e impide aprovechar plenamente su inmensa riqueza en recursos naturales.
Y luego está el tema de la OTAN.
Cuando Donald Trump asumió el cargo, en 2017, solo seis naciones habían cumplido su compromiso. Ya en 2006 —y de manera formal unos años más tarde— se había acordado que todos los países destinarían el 2 por ciento de su PIB al gasto en defensa. Y eso sin contar los costos operativos del enorme aparato militar estadounidense, que no se le cobran a la OTAN: logística, inteligencia, proyectos de doble uso y la construcción conjunta de bases de la OTAN.
Pero se negaban a ceder. Barack Obama llegó a estar tan frustrado que los calificó de "polizones" (o beneficiarios gratuitos).
Trump llega y dice: "No voy a seguir así... Vamos a salir de la OTAN".
Y para cuando dejó el cargo, todos —salvo unos pocos, quizá cinco o seis— habían cambiado su postura. En lugar de que solo seis cumplieran con su cuota, ocurrió lo contrario: solo seis no la cumplían.
Vuelve a entrar en escena y dice: "Más les vale cumplir con su cuota". Fíjense en lo que pasó: durante mi ausencia, Rusia invadió Ucrania. Les advertí que no construyeran el gasoducto Nord Stream —para el suministro de gas natural y combustible—, pero lo hicieron. Les dije que debían rearmarse, pero no lo hicieron. Y en este momento, aunque sea tarde, están tomando medidas.
Ahora, además, exige que destinen el 5 por ciento de su PIB a la inversión militar.
Y están empezando a aceptar.
Entonces, ¿cuál es el punto central? ¿Acaso no podría haber sido más cortés, como Obama o Biden? Bueno, ninguno de los dos logró que los miembros de la OTAN cumplieran sus objetivos, objetivos que, por cierto, eran beneficiosos para la propia Alianza.
¿A qué quiero llegar con esto?
Si observamos los resultados, hoy en día no hay presencia china ni rusa en América Latina. Los canadienses están cada vez más molestos con su primer ministro, al darse cuenta de que no ha sido sincero; muchos de ellos dicen: "Debemos cambiar nuestra política migratoria, nuestra política de eutanasia, nuestra "locura verde" y nuestro socialismo".
Ya veremos.
Los habitantes de Groenlandia están contentos. La OTAN es más fuerte que nunca. Y, por primera vez en nuestras vidas, existe la posibilidad de que América Latina cuente con gobiernos basados en el consenso, todos ellos pro-occidentales y en una situación mucho mejor que bajo el modelo que se vio en Cuba, Brasil o Nicaragua.
¿Valió la pena? Juzguen ustedes mismos. Donald Trump polarizó a muchas personas con su lenguaje contundente; pero, ¿preferirías a alguien de trato áspero que lograra los siguientes resultados, o a alguien de trato amable que fuera incapaz de alcanzar ninguno de estos logros —logros que no solo beneficiaron a Estados Unidos, sino también a la alianza occidental en su conjunto?
Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de The Epoch Times.

























