Los niños dedican una gran parte de su infancia a jugar. Y con toda razón. Según el Instituto Nacional del Juego (NIP), “el juego es esencial para el desarrollo, el funcionamiento y la innovación de los seres humanos y otras especies”.
Programados para la diversión: cómo el juego moldea el cerebro en desarrollo
Para los niños, el tiempo de juego es crucial para el desarrollo y el aprendizaje, desde los más pequeños hasta los adolescentes (y más allá). El juego ayuda a los bebés a desarrollar la coordinación y las habilidades de seguimiento ocular, mientras que los niños pequeños desarrollan a través de él una resiliencia tanto física como emocional. Los niños a quienes se les permite un grado razonable de libertad en su juego también desarrollan creatividad, ya que se les permite que su imaginación sin límites deambule y se divierta con todo lo que los rodea. Las investigaciones han demostrado que fomentar la curiosidad lúdica mejora los resultados de aprendizaje, mientras que la falta de juego se asocia con problemas emocionales y de conducta.A través de la imaginación y el juego, los niños comienzan a dar sentido al mundo, a soñar, a crear y a experimentar. Aprenden que algunas de las actividades humanas más importantes son aquellas que realizamos por el simple hecho de hacerlo, por el puro placer que nos brindan, y no necesariamente para obtener resultados prácticos. Asimismo, el juego despierta intereses y pasiones que moldean el carácter y pueden convertirse en aficiones para toda la vida o incluso en carreras profesionales. El niño que se obsesiona con jugar a los caballeros puede llegar a estudiar historia, mientras que aquel que se fascina con los Legos puede emprender un camino hacia la ingeniería. De esta manera, el juego puede convertirse en una puerta de entrada a la vocación.
Pero no son solo los niños quienes necesitan el juego en sus vidas. La predisposición biológica hacia el juego no se desvanece simplemente con la edad; todos necesitamos cierta dosis de diversión en nuestras vidas. Como señala el NIP: “El juego es un mecanismo fundamental —biológico, psicológico y social— que da forma a la manera en que aprendemos, nos adaptamos, nos relacionamos y prosperamos a lo largo de toda la vida… Cuando el juego está ausente o se suprime de manera crónica, las investigaciones relacionan esta privación con la depresión, el desarrollo social deficiente y las dificultades para regular las emociones y el aprendizaje”.
Los beneficios concretos del juego para los adultos son innumerables. Entre otras cosas, estimula la creatividad, alivia la tensión relacionada con el estrés, mejora la función cerebral y profundiza las conexiones con los demás. En su libro “Esencialismo: la búsqueda disciplinada de menos”, Greg McKeown recomienda que los adultos —especialmente aquellos con una carrera profesional— se dediquen a actividades lúdicas de manera regular. Para ello, debemos rechazar la idea de que el juego es trivial, un concepto que adquirimos al salir de la infancia. ¿Por qué McKeown insiste tanto en la importancia del juego? Por un lado, nos ayuda a pensar de nuevas maneras, lo cual puede ayudarnos a resolver problemas y a sobresalir en cualquier empresa. McKeown menciona un estudio sobre osos grizzly que reveló que los osos que más jugaban, por lo general, sobrevivían más tiempo porque el juego los había preparado para pensar de manera creativa y resolver problemas. Lo mismo se aplica a nosotros. Como escribe McKeown: “El juego amplía nuestras mentes de formas que nos permiten explorar: germinar nuevas ideas o ver las viejas desde una nueva perspectiva. Nos hace más curiosos, más receptivos a lo nuevo, más comprometidos”.
Más allá del arenero: cultivar el juego para el bienestar de los adultos
Aristóteles dijo la famosa frase: “Trabajamos para tener tiempo libre”. Si bien el juego y el tiempo libre son categorías algo distintas, están relacionadas porque ambas pueden entenderse como el objetivo del trabajo, en lugar de ser simplemente pausas del trabajo. Aristóteles sostiene aquí que las cosas más importantes y humanizadoras que hacemos —como contemplar la verdad, conectarnos con los demás o apreciar la belleza, por ejemplo— no están directamente vinculadas a los aspectos prácticos del trabajo. Más bien, trabajamos para tener la capacidad de dedicarnos a estas actividades liberadoras y humanizadoras. El juego —aunque menos serio que lo que Aristóteles consideraba “ocio”— nos ayuda a recordar que la vida es más que fichar al entrar y al salir del trabajo y luego desplomarse en el sofá.En el juego, a menudo entramos en un “estado de flujo” en el que el tiempo desaparece, y las preocupaciones prácticas, los inquietudes y las metas pasan a un segundo plano. Somos, como un niño, simplemente vivos.
El aspecto comunitario del juego también merece una atención especial. Participar en actividades interactivas y desenfadadas ofrece algo que una familia o un grupo de amigos pueden compartir. Debido a su carácter interactivo, es mucho más fácil crear vínculos a través del juego que al mirar juntos una pantalla (o, más probablemente, pantallas separadas).
¿Cómo se podría poner todo esto en práctica? A continuación, le ofrecemos algunas ideas:
-Organice una noche de juegos con la familia o los amigos
-Dedique tiempo no solo a observar a sus hijos o nietos, sino a jugar realmente con ellos
-Retome un deporte que practicaba cuando era más joven, o comience uno nuevo
-Reserve tiempo para simplemente estar presente con alguien a quien ama, sin actividades programadas, y vea qué se les ocurre juntos
-Pruebe un nuevo pasatiempo o manualidad
-Toque o escuche música
-Salgan a explorar al aire libre
-Cuenten historias y ríanse juntos
El juego es ese mundo desenfrenado en el que nos permitimos hacer cosas caprichosas e innecesarias, lo cual, al fin y al cabo, resulta ser bastante necesario para nuestro bienestar. Mantener cierta capacidad de disfrutar de las cosas por sí mismas, de simplemente celebrar el hecho de estar vivos a través de actividades que nos deleitan, sigue siendo esencial a lo largo de toda nuestra vida.




















