A continuación se presenta un extracto del nuevo libro, “9/11: The Unfinished Battle: Why Jihadi Terrorism Is Stronger, Wider, and Far From Over” (9/11: La batalla inconclusa: Por qué el terrorismo yihadista es más fuerte, más extenso y está lejos de haber terminado), del veterano de inteligencia canadiense Phil Gurski, publicado por Optimum International Publishing.
Por supuesto, es cierto afirmar que el terrorismo no comenzó en septiembre de 2001. Si bien no existe una única definición consensuada de terrorismo, se acepta, no obstante, que el terrorismo moderno —la palabra "terrorismo" en inglés data, de hecho, de finales del siglo XIX— parece haber pasado por cuatro etapas o "oleadas", tal como las describe el académico de la UCLA David Rapoport.
Un análisis exhaustivo del paradigma de Rapoport excede el alcance de este libro, por lo que basta con una breve sinopsis. Según Rapoport, el mundo ha sufrido cuatro oleadas de terrorismo desde mediados del siglo XIX: los períodos anarquista, anticolonialista, de la nueva izquierda y religioso.
La ola anarquista incluyó varios asesinatos de jefes de Estado. El período anticolonialista abarcó movimientos y grupos en naciones como Irlanda, Kenia, Argelia y Palestina. La nueva izquierda se caracterizó por grupos en Occidente (la Banda Baader-Meinhof en Alemania, las Brigadas Rojas en Italia y el Weather Underground en los Estados Unidos, entre muchos otros) que se dedicaron a secuestros y tomas de rehenes, asesinatos y atentados con bombas. Por último, la manifestación religiosa, que se concentra en gran medida en los grupos yihadistas (Rapoport escribió que "el islam está en el corazón de la ola", aunque agregó que los terroristas sijs, judíos y cristianos se inspiraron en los islamistas).

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La portada del nuevo libro "9/11 The Unfinished Battle: Why Jihadi Terrorism Is Stronger, Wider, and Far From Over", de Phil Gurski, publicado por Optimum Publishing International.
La cuarta ola, que sigue muy presente en la actualidad, ha sido, con mucho, la más letal de la historia. Se ha identificado como su punto de partida tradicional el año 1979, en el que tuvieron lugar la revolución iraní, la toma de la Gran Mezquita de La Meca por parte de extremistas fundamentalistas saudíes y la malograda invasión y ocupación soviética de Afganistán (esta última condujo a la creación de Al Qaeda). Incluso esta categorización es demasiado amplia, pero servirá para nuestros propósitos (las fuentes de la ideología se remontan a siglos atrás, pero no son importantes en este contexto).
El derrocamiento del Sha en Irán en febrero de 1979 dio paso a un gobierno teocrático chiita bajo el mando de los ayatolás (con el ayatolá Ruhollah Jomeini como "líder supremo" ). Esta interpretación del islam era a la vez revolucionaria y violenta, e Irán pronto se convirtió en la inspiración, así como en el apoyo directo, de grupos terroristas de todo el mundo. El paraguas iraní incluía a grupos como Hezbolá en el Líbano, diversos grupos iraquíes —Irak, al igual que Irán, es de mayoría chiita— y, más tarde, a los hutíes en Yemen, así como a los yihadistas sunitas de Hamás. En este sentido, Irán era un "Estado patrocinador del terrorismo", que proporcionaba tanto los fundamentos ideológicos y religiosos a sus aliados, como las armas y otros materiales utilizados en los ataques terroristas.
Los saudíes respondieron a la toma de la Gran Mezquita en noviembre no denunciando la violencia islamista, sino permitiendo que los elementos más extremistas dentro de las escuelas religiosas del país difundieran su versión de la fe —conocida como wahabismo, una doctrina que se remonta a mediados del siglo XVIII en el Reino— cada vez más dentro del país, en la región y en todo el mundo.
Esta extraña táctica condujo directamente a la adopción generalizada de puntos de vista extremistas islamistas en zonas que antes desconocían esta corriente (Indonesia es un claro ejemplo, donde los pesantren —escuelas religiosas— adoptaron las enseñanzas wahabistas y se convirtieron en el semillero de grupos terroristas como Jemaah Islamiyyah).
Sin embargo, fue la decisión soviética de invadir Afganistán a finales de 1979 la que tuvo, con mucho, el mayor impacto. Con el respaldo de Estados Unidos, los afganos y los llamados "árabes afganos" —entre los que se encontraba el ciudadano saudí Osama bin Laden— se enfrentaron al ejército soviético y, una década más tarde, lograron convencer a los invasores de que se retiraran. Así nació Al Qaeda.
Confiada en haber derrotado al Ejército Rojo, Al Qaeda buscó otros campos de batalla donde creía que los musulmanes estaban sufriendo. Envió combatientes o apoyo a los Balcanes tras la disolución de Yugoslavia y al Cáucaso, donde otro grupo de combatientes musulmanes se enfrentaba a los soviéticos. Una solicitud de la realeza saudí a Estados Unidos para que enviara tropas a la península después de que Saddam Hussein invadiera Kuwait en agosto de 1990 —por temor a que el Reino fuera su próximo objetivo— supuestamente enfureció a bin Laden, quien consideraba la presencia occidental como «no islámica» y una peligrosa amenaza cultural para la tierra de las "dos mezquitas sagradas", La Meca y Medina. La guerra de Al Qaeda contra Occidente había comenzado, sin el más mínimo agradecimiento por el apoyo recibido durante sus batallas contra los soviéticos.
A mediados de la década de 1990, la red de inteligencia Five Eyes (integrada por agencias de Australia, Canadá, Nueva Zelanda, el Reino Unido y Estados Unidos) monitoreaba regularmente las acciones de lo que se denominaba la "red de Bin Laden" (yo tenía acceso a esos informes a diario). Definitivamente estábamos al tanto de ello y proporcionábamos información de inteligencia a los altos responsables de la toma de decisiones, aunque no está claro cuán en serio se estaba tomando la amenaza. Cabe señalar que el Centro de Seguridad de las Comunicaciones de Canadá (CSE) NO contaba con una iniciativa dedicada a la lucha contra el terrorismo en ese momento: eso entró en vigor solo después del 11 de septiembre.
Cabría pensar que una serie de ataques yihadistas de gran envergadura previos a 2001 habría elevado esta amenaza a la máxima prioridad. Entre los numerosos ejemplos se encuentran los atentados con bomba de 1983 contra los cuarteles de la Infantería de Marina en Beirut, Líbano, perpetrados por un grupo que se autodenominaba "Yihad Islámica" y que causaron más de 300 muertos; el primer atentado con bomba contra el World Trade Center en Nueva York en 1993, orquestado por Ramzi Yousef, que causó seis muertos y más de 1000 heridos (un claro precursor del 11 de septiembre); el atentado con un camión-bomba perpetrado en 1996 en Al Khobar, Arabia Saudita, contra un complejo que albergaba a personal militar estadounidense, en el que murieron 19 personas y resultaron heridas casi 500, y del que se atribuyó la responsabilidad Al Qaeda (aunque algunos vieron la mano de Hezbolá); dos atentados simultáneos contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, perpetrados por Al Qaeda en 1998, que causaron 224 muertos y más de 4500 heridos; y el ataque de 2000 contra el USS Cole en el puerto de Adén (Yemen), reivindicado por Al Qaeda, en el que fallecieron 17 marineros (mi primer análisis en el Servicio de Inteligencia de Seguridad de Canadá fue un estudio sobre la participación de Al Qaeda en ese incidente).
Decir, entonces, que nos "sorprendieron" los ataques de septiembre de 2001 sería inexacto. Llevábamos mucho tiempo siguiendo de cerca a Al Qaeda, habíamos sido testigos de ataques reivindicados por el grupo en otros lugares y conocíamos muy bien la animadversión de Bin Laden hacia Occidente. Al Qaeda NO era una incógnita. El entonces director de la CIA, George Tenet, declaró ante la Comisión del 11 de septiembre que, para el verano de 2001,"el sistema estaba en alerta roja".
De hecho, en una "fatwa" (un dictamen islámico emitido por un erudito calificado) de febrero de 1998, Bin Laden y su segundo, Ayman Al-Zawahiri, señalaron que Estados Unidos había "declarado la guerra contra Alá y su Mensajero [el profeta Mahoma]" y que, como consecuencia, todo musulmán tenía la obligación de matar a estadounidenses "en cualquier lugar de la Tierra" (esto se conoce en la jurisprudencia islámica como 'fard ayn', una obligación para todos los musulmanes, que los talibanes repitieron tan recientemente como en septiembre de 2025 con respecto al vecino Pakistán). ¡A mí me parece muy claro! Que la declaración fuera realista o no es irrelevante: daba instrucciones a cualquiera que quisiera leerla.
Tras los ataques a las embajadas de 1998 en África Oriental, Estados Unidos incluyó a Bin Laden en su lista de los 10 fugitivos más buscados y comenzó a investigar la presencia de la organización en Estados Unidos. Así que sí, se contaban con muchos elementos para determinar el nivel de amenaza que representaba para Estados Unidos.
La comunidad de inteligencia de EE. UU. había estado monitoreando las "conversaciones" yihadistas (es decir, llamadas telefónicas y otros mensajes) y sabía que se estaba planeando algo contra Estados Unidos. De hecho, en el Informe Diario del Presidente del 6 de agosto de 2001, había un punto titulado "Bin Laden decidido a atacar en EE. UU."; era la 36.ª vez que se mencionaba a Bin Laden en el informe diario solo en ese año.
Dos días antes de los ataques contra Nueva York y Washington, agentes de Al Qaeda asesinaron a Ahmad Shah Masoud, el "león de Panjshir", un veterano muyahidín que había luchado contra los soviéticos en Afganistán. ¿Fue esto un precursor del 11 de septiembre? ¿Deberían las agencias de inteligencia occidentales haberlo interpretado como una señal de advertencia? Hasta el día de hoy, académicos y expertos siguen debatiendo la relevancia de ese asesinato en relación con lo que ocurrió dos días después en Estados Unidos.
Y el 11 de septiembre de 2001, miembros de Al Qaeda atacaron el territorio estadounidense: dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las torres del World Trade Center, un tercero impactó contra el Pentágono y un cuarto (¿con destino a la Casa Blanca?) se estrelló en un campo de Pensilvania cuando los pasajeros, al enterarse del destino de los otros tres aviones, irrumpieron en la cabina y frustraron los planes de los terroristas.
Entonces, ¿fue el 11 de septiembre un "fracaso de inteligencia"? En cierto sentido, sí. En el ámbito de la inteligencia de seguridad, cada vez que no se logra impedir que ocurra un ataque, se ha fracasado (basta con observar las críticas dirigidas a los servicios de seguridad de Israel por no haber previsto el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 contra el sur del país).
El propio Informe de la Comisión del 11 de septiembre señaló: "El fracaso más importante fue uno de imaginación. No creemos que los líderes comprendieran la gravedad de la amenaza. El peligro terrorista que representaban Bin Laden y Al Qaeda no era un tema central en el debate político entre el público, los medios de comunicación ni en el Congreso. De hecho, apenas se mencionó durante la campaña presidencial del 2000".
Como exanalista de inteligencia, me resulta difícil aceptar esta conclusión. Es evidente que tengo un sesgo y no me tomo a la ligera las acusaciones de que, colectivamente, no cumplimos con nuestro deber, y sí discrepo con la frase "falta de imaginación". ¿Qué significa eso?
En el mundo de la imaginación, todo es posible, siempre y cuando no viole las leyes de la física. Al Qaeda podría haber robado tecnología nuclear y construido una “bomba sucia” (esencialmente un dispositivo radiactivo), una preocupación que ocupaba a muchas mentes brillantes en ese momento. Este tipo de ataque nunca se ha llevado a cabo. También podría haber perpetrado asesinatos de alto perfil en múltiples países, lo cual no hizo.
También había indicios sospechosos de que Al Qaeda u otros grupos yihadistas estaban considerando el uso de aviones comerciales como misiles en la planificación de sus ataques. Esta táctica iba en contra de la opinión generalizada en los círculos de lucha contra el terrorismo de la época, ya que los aviones se consideraban herramientas que debían ser capturadas (es decir, secuestradas) y utilizadas como moneda de cambio para la liberación de terroristas encarcelados u otros objetivos políticos. Nadie creía realmente que alguien, ni siquiera Al Qaeda, fuera a subir a sus hombres a bordo de aviones, tomar el control de la cabina y estrellarlos contra edificios, asegurando así su propia destrucción. De hecho, la Administración Federal de Aviación de EE. UU. contaba con información de inteligencia que apuntaba a una "posible operación terrorista a corto plazo" contra la aviación civil, con un enfoque centrado en los secuestros aéreos.
Y, sin embargo, los terroristas argelinos habían planeado precisamente esa estrategia en 1994, cuando secuestraron un vuelo de Air France con la intención de estrellarlo contra la Torre Eiffel (el complot fue frustrado por el Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional de Francia, GIGN, cuando la aeronave aterrizó para reabastecerse de combustible en Marsella). A mediados de la década de 1990, Ramzi Yousef, el "cerebro" detrás del primer atentado contra el World Trade Center, también planeó atentar contra 11 vuelos estadounidenses a través del Pacífico, asesinar al Papa Juan Pablo II y estrellar un avión de pasajeros contra la sede de la CIA en Langley, Virginia, en lo que se denominó el complot Bojinka. Por lo tanto, queda claro que estas posibilidades habían pasado por la mente de los servicios de inteligencia occidentales.
Aun así, al final, por sorpresa o no, Al Qaeda tuvo éxito y murieron más de 3000 personas, lo que constituye, con diferencia, el mayor acto de terrorismo de la historia que aún no ha sido superado. Quienes tenían la tarea de impedir estos actos no hicieron lo que se esperaba de ellos. En este ámbito, uno es tan bueno como su último (percebido) fracaso. Es probable que el debate continúe durante mucho tiempo.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.





















