Opinión
La humanidad ha alcanzado un extraordinario progreso tecnológico, desde caminar sobre la Luna hasta explorar los confines más profundos del espacio. Sin embargo, nuestra sabiduría moral no siempre ha avanzado al mismo ritmo. Esta reflexión examina la perdurable elección humana entre el bien y el mal y advierte que nuestro mayor desafío quizá no sea llegar a otros mundos, sino aprender a coexistir pacíficamente en el nuestro.
Acabo de ver el lanzamiento de un cohete desde Cabo Cañaveral que transportaba al espacio un nuevo telescopio, diseñado para explorar el universo con una potencia muchas veces superior a la del Telescopio Espacial Hubble. Mientras observaba el lanzamiento y luego veía las imágenes de nuestro planeta desde arriba, esa extraordinaria gran canica azul suspendida en la inmensidad del espacio, quedé maravillado. No pude evitar pensar en cuánto hemos avanzado desde que nací, en 1945.
En el transcurso de una sola vida, pasamos de mirar las estrellas y preguntarnos qué podría haber allí a enviar máquinas más allá de nuestro mundo para observar el universo con una profundidad que los seres humanos alguna vez ni siquiera pudieron imaginar. Caminamos sobre la Luna. Tenemos máquinas recorriendo la superficie de Marte y naves espaciales viajando a millones, incluso miles de millones, de millas de nuestro hogar. Ahora estamos considerando seriamente el día en que los seres humanos puedan vivir en algún lugar más allá de la Tierra. Es magnífico, pero mientras observaba aquel cohete elevarse, otro pensamiento vino a mi mente y no pude apartarlo.

No leas más noticias. Entiéndelas.
En Epoch Times Español queremos estar en contacto directo contigo
Seleccionamos para ti lo que de verdad importa, sin ruido ni agendas. Es un canal abierto: si nos escribes, te respondemos.
¿Por qué seguimos planificando y trabajando con tanto empeño para llegar a la Luna, Marte y lugares aún más lejanos del universo, mientras parecemos incapaces de detenernos el tiempo suficiente para considerar que nuestro propio planeta podría ser devastado en un instante por el mal que todavía existe aquí en la Tierra? Había algo inquietante en contemplar aquel hermoso planeta azul desde arriba y saber lo que estaba sucediendo en su superficie.
Para mí, la historia se remonta al principio. El certificado de nacimiento de la raza humana fue escrito en el Libro del Génesis. Sus primeras palabras nos dicen que Dios creó los cielos y la Tierra y vio que Su creación era buena. Después viene la creación de todo lo que nos rodea y, finalmente, la creación suprema de Dios: el hombre y la mujer, creados a Su imagen y dotados de algo que desde entonces definiría la historia humana: la capacidad de elegir entre el bien y el mal.
Desde la tentación del fruto prohibido hasta el fratricidio de Caín y Abel, esa elección ha acompañado a la humanidad. A lo largo de miles de años de civilización, hemos creado una extraordinaria belleza, conocimiento y prosperidad. Hemos construido ciudades, compuesto música, curado enfermedades, cruzado océanos y, finalmente, escapado de la propia atracción gravitacional del planeta. Sin embargo, a lo largo de esa misma historia, la humanidad rara vez ha conocido una época en la que, en algún lugar y por alguna razón, los seres humanos no estuvieran matando a otros seres humanos. Esa contradicción me inquieta, quizá incluso más ahora, porque nuestro conocimiento ha avanzado a una velocidad inimaginable cuando yo era niño, mientras que nuestra sabiduría no siempre parece haber avanzado al mismo ritmo.
La distancia entre el progreso y la sabiduría
Hoy, las naciones poseen armas capaces de destruir ciudades en cuestión de minutos. Los arsenales nucleares permanecen preparados, las guerras continúan, antiguas rivalidades regresan y surgen otras nuevas. Naciones, ideologías y movimientos se convencen de la supremacía de su propia causa y, con demasiada frecuencia, de su derecho a dominar a los demás. Hay creencias, religiosas o de otra índole, llevadas a extremos tales que quienes no las comparten son tratados no simplemente como personas que piensan de manera diferente, sino como enemigos que han perdido incluso su derecho a vivir. Cuando llegamos a ese punto, creo que ya se ha perdido algo fundamental de nuestra humanidad.No pretendo tener las respuestas. Soy simplemente un hombre que ha vivido lo suficiente para ver cómo el mundo cambia de maneras que mi generación apenas habría podido imaginar. He visto a la humanidad lograr cosas que alguna vez pertenecieron únicamente a la ciencia ficción, y quizá por eso las condiciones que observo en nuestro gran planeta azul me inquietan tan profundamente. Hemos adquirido un poder extraordinario, pero no existe garantía alguna de que tengamos la sabiduría necesaria para utilizarlo.
Los derechos que consideramos sagrados, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, existen únicamente mientras los seres humanos estén dispuestos a reconocer esos derechos en los demás. La armonía no exige que creamos en las mismas cosas, ni la paz requiere que borremos nuestras diferencias. Pero la supervivencia puede exigir algo que a veces parece aún más difícil: suficiente humildad para aceptar que otro ser humano pueda creer de manera diferente, rendir culto de manera diferente, hablar de manera diferente y vivir de manera diferente sin convertirse en nuestro enemigo.
Sin esa humildad, me pregunto qué significarán finalmente todos nuestros logros tecnológicos. Podemos llegar a Marte y establecer colonias más allá de la Tierra. Podemos enviar telescopios tan poderosos que sean capaces de mirar hacia atrás a través de miles de millones de años de historia cósmica y mostrarnos una luz que comenzó su viaje antes de que existiera la humanidad. Algún día, quizá descubramos cosas sobre el universo para las que hoy ni siquiera tenemos palabras. Aun así, ninguno de esos logros responderá a la pregunta más antigua que nos ha acompañado desde el Génesis: ¿qué elegiremos hacer con la libertad que se nos ha concedido?
Quizá algún día los seres humanos realmente vivan en otro cuerpo celeste. Tal vez nazca allí un niño que nunca haya caminado sobre la Tierra, pero que haya aprendido que el pequeño mundo azul visible en la distancia es el lugar donde comenzó la humanidad. Me pregunto qué verá ese niño cuando mire hacia su hogar, y espero que la Tierra siga allí, azul y viva, llena de todo el ruido, la belleza, el desacuerdo, la imperfección y las posibilidades que nos hacen humanos.
Conclusión
El futuro de la humanidad se medirá, en última instancia, no solo por cuán lejos viajemos en el universo, sino por si aprendemos a preservar el mundo desde el cual comenzó ese viaje. Nuestro poder tecnológico nos ha brindado posibilidades sin precedentes, pero nuestra supervivencia depende de algo mucho más antiguo y difícil: elegir la sabiduría sobre la destrucción, la humildad sobre el odio y la coexistencia sobre la dominación.El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, es un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.


















