FDA debería permitir probar nuevos tratamientos contra el cáncer

(Instituto Nacional del Cáncer/Unsplash.com)
(Instituto Nacional del Cáncer/Unsplash.com)
Stephen Moore
22 de octubre de 2026, 5:41 p. m.

Opinión

Cada pocos meses, una joven de 19 años de Carolina del Sur se sube a un avión con destino a Londres. No va de turismo, va a recibir su siguiente dosis de un tratamiento contra el cáncer que se inventó en Estados Unidos, fue desarrollado por una empresa estadounidense y al que sus médicos atribuyen haber eliminado un tumor cerebral que otros cirujanos se habían negado a operar.

A los 16 años le diagnosticaron un glioblastoma. Es el cáncer cerebral más común y más letal, la enfermedad que acabó con la vida de John McCain y Beau Biden. Su tumor reapareció de manera tan agresiva después de su primera cirugía que los médicos dejaron de operarla. Esto equivalía a una sentencia de muerte.

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Pero un cirujano de la Universidad de California en Los Ángeles aceptó realizar la cirugía invasiva.

Después, comenzó una inmunoterapia personalizada elaborada a partir de su propio tejido tumoral y sus propias células inmunitarias. Hoy en día sus exámenes de imagen están limpios y está en la universidad.

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Su familia tiene seguro médico, pero deben pagar de su propio bolsillo cada vuelo y cada dosis, con la ayuda del dinero recaudado de personas desconocidas en línea a través de GoFundMe.

¿Por qué Londres? Porque en Gran Bretaña, un médico con licencia puede recetar un tratamiento prometedor que, sin ninguna razón, no ha sido aprobado ni siquiera de manera limitada y experimental en Estados Unidos.

Hoy en día existen docenas de medicamentos y terapias prometedoras para múltiples formas de enfermedades horribles e incapacitantes: cáncer, Alzheimer, esclerosis múltiple, Parkinson y diabetes, por nombrar algunas. Los pacientes se están muriendo, literalmente, mientras esperan la oportunidad de recibir estos tratamientos de manera experimental. Como mínimo, estos tratamientos les dan esperanza a los pacientes que sufren. Pero no en Estados Unidos.

Ahí se queda el lema «mi cuerpo, mi decisión».

¿Pero por qué no dejar que sea la paciente, y no los reguladores de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), quien tome la decisión más importante de su vida: cómo mantenerse con vida?

Esta es una forma cruel en que Estados Unidos toma las decisiones sobre tratamientos de salud. No tengo idea de si este tratamiento específico contra el cáncer realmente funciona, pero en el caso de una enfermedad mortal, ¿por qué no dejar que los pacientes prueben cualquier tratamiento alternativo que deseen? ¿No es triste que en la tierra de la libertad, las personas tengan menos opciones de tratamiento que en la mayoría de los demás países del mundo?

Al tomar un medicamento o tratamiento experimental, a estas personas que padecen la enfermedad se les está ofreciendo un posible salvavidas, al tiempo que se impulsa el proceso de descubrimiento médico al actuar como casos de prueba. Esto es un favor para los futuros pacientes.

El presidente Donald Trump ha firmado leyes de «derecho a intentar», pero la FDA sigue siendo un obstáculo. Los tiempos de espera para obtener la aprobación son largos, lo que significa que los tumores de millones de pacientes siguen creciendo. La FDA, reacia al riesgo, parece aferrada a su antigua forma de operar, con pruebas interminables en ensayos clínicos mientras los pacientes mueren esperando.

Hay tres medidas que la FDA y la Casa Blanca pueden tomar para ayudar a ampliar el derecho a probar y evitar los retrasos burocráticos que a menudo resultan fatales.

Primero, para las enfermedades raras, adoptar una prueba de «éxito plausible». Si hay evidencia convincente de que un tratamiento podría funcionar, dejar que los pacientes lo prueben.

Segundo, ampliar el «uso compasivo». Un médico que atienda a un paciente con un diagnóstico terminal debería poder recetar una terapia experimental prometedora con el consentimiento informado del paciente. El médico notificaría a la FDA en lugar de pedir su permiso y ahogarse en papeleo.

En tercer lugar, si un medicamento o tratamiento se aprueba en un país desarrollado, permitir que los pacientes en Estados Unidos lo utilicen con una designación diferente a la de «aprobado por la FDA». Esto deja la decisión de probar el medicamento en manos del paciente, no del burócrata.

A veces, en medicina, los mejores resultados —y a menudo los más inesperados— provienen del proceso de prueba y error.

Es una situación triste y cruel que los europeos y sudamericanos puedan tener acceso a los últimos avances en medicamentos, mientras que los estadounidenses no. Las familias adineradas pueden permitirse los costos de viajar al otro lado del mundo para recibir estos tratamientos, pero las familias de clase media y de bajos recursos a menudo no pueden.

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Lo que hace que esta situación sea doblemente absurda e inhumana es que muchos de estos tratamientos experimentales se desarrollaron en Estados Unidos.

La administración de Trump tiene la oportunidad de demostrar que «Make America Healthy Again» (Hagamos que Estados Unidos vuelva a estar sano) significa permitir que los pacientes estadounidenses utilicen los avances estadounidenses en su propio país. El camino ya se ha anunciado. El presidente ya ha demostrado que se preocupa por pacientes como esta joven. Ahora la FDA y el Departamento de Salud y Servicios Humanos deben cumplir.

Ningún estadounidense debería tener que comprar un boleto de avión a Londres para recibir un tratamiento estadounidense.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.

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Stephen Moore es investigador principal de la Fundación Heritage, economista en jefe de FreedomWorks y cofundador del Comité para Impulsar la Prosperidad. Se desempeñó como asesor económico principal de Donald Trump. Su último libro se titula “Govzilla: How the Relentless Growth of Government Is Impoverishing America”.

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