Cuando el fútbol no es solo fútbol; el poder y el balón: España y el Mundial 2010

Porque hay noches en que un balón vale más que mil discursos

El portero español Iker Casillas (C) levanta el trofeo que le entregaron el presidente de la FIFA, Sepp Blatter (4.º por la derecha), y el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma (3.º por la derecha), mientras los jugadores de la selección española celebran la victoria en la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010 entre Países Bajos y España, el 11 de julio de 2010 en el estadio Soccer City de Soweto, en las afueras de Johannesburgo. (GABRIEL BOUYS / AFP vía Getty Images)

El portero español Iker Casillas (C) levanta el trofeo que le entregaron el presidente de la FIFA, Sepp Blatter (4.º por la derecha), y el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma (3.º por la derecha), mientras los jugadores de la selección española celebran la victoria en la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010 entre Países Bajos y España, el 11 de julio de 2010 en el estadio Soccer City de Soweto, en las afueras de Johannesburgo. (GABRIEL BOUYS / AFP vía Getty Images)

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David Rojas
19 de julio de 2026, 8:22 p. m.
| Actualizado el19 de julio de 2026, 8:40 p. m.

Opinión

16 años atrás...

Millones de españoles contenían la respiración frente a las pantallas en casas, bares y plazas, la noche del 11 de julio de 2010. En Johannesburgo, la final contra Países Bajos agonizaba en la prórroga sin goles cuando llegó el instante que cambiaría la historia del futbol español.

Cesc Fábregas filtró un pase al área y Andrés Iniesta conectó un disparo cruzado que superó al portero neerlandés Maarten Stekelenburg. España marcaba el gol que le concedía su primer título mundial. Multitudes lo celebraron en las calles de toda la nación. Y de qué manera.

España era en aquel entonces un país que se quería de maneras muy distintas —y lo sigue siendo—. Como explicó la periodista española Carolina Abellán a CNN durante el campeonato: "En algunos lugares de España, sobre todo en el País Vasco y Cataluña, es sumamente difícil ver una bandera española sin que surjan problemas". En algunas zonas, el himno y la bandera nacionales traían recuerdos de enfrentamientos civiles que desangraron a la nación, pero durante aquel Mundial, con cada partido, parecieron adquirir otra dimensión.

Andrés Iniesta, de España, anota el gol de la victoria durante la final de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 entre Países Bajos y España en el estadio Soccer City el 11 de julio de 2010 en Johannesburgo, Sudáfrica. (Michael Steele/Getty Images)Andrés Iniesta, de España, anota el gol de la victoria durante la final de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 entre Países Bajos y España en el estadio Soccer City el 11 de julio de 2010 en Johannesburgo, Sudáfrica. (Michael Steele/Getty Images)

Un respiro en mitad de la crisis

Aquel verano, España atravesaba turbulencias económicas: la burbuja inmobiliaria había estallado, la cifra de desempleasdos ascendía a más de cuatro millones —el 20% de la población activa— y la prima de riesgo preocupaba en Bruselas. Era el paradigma de un país que mira al futuro con incertidumbre.

Sin embargo, las calles y balcones de ciudades y pueblos se llenaban de banderas y cánticos cada vez que jugaba la selección. Los vítores de "¡Soy español!", según documentó The Guardian, parecía que acabarían imponiéndose incluso en los sitios más insospechados. El diario británico lo llamó "the red effect": una marea roja —como la camiseta de la selección— que crecía con cada victoria.

El capitán Iker Casillas lo describió así en la emisora local Radio Marca: "Con la crisis lo está pasando mal mucha gente y esto es una alegría inmensa que hace olvidar todo lo que tenemos alrededor".

La frase más reveladora de aquel mes no la pronunciaría ningún jugador. La dijo, días antes de la final, Josep-Lluís Carod-Rovira, el entonces líder del principal partido independentista catalán Esquerra Republicana: "Acabaremos con más banderas españolas el domingo que catalanas en la manifestación del sábado".

Ese sábado 10 de julio tendría lugar, según El País, "la mayor manifestación de la historia del catalanismo": más de 425,000 personas se concentraron en Barcelona contra la sentencia del Tribunal Constitucional de España que anuló parte del Estatuto de Autonomía de Cataluña. "Nuestra Constitución no reconoce a ninguna nación más que a España", dictaminó el alto tribunal.

Al día siguiente, se volverían a reunir en el centro de la capital catalana 75,000 personas para seguir la final ante una pantalla gigante, informó Europa Press.

Aficionados de la selección española celebran tras la final del Mundial entre España y Países Bajos el 11 de julio de 2010 en Barcelona. (JOSEP LAGO/AFP vía Getty Images)Aficionados de la selección española celebran tras la final del Mundial entre España y Países Bajos el 11 de julio de 2010 en Barcelona. (JOSEP LAGO/AFP vía Getty Images)

El encuentro previo de semifinales contra Alemania lo habían sintonizado tres de cada cuatro televisores en Cataluña.

Según datos del Consejo Superior de Deportes, casi 9 de cada 10 ciudadanos se sentían "muy" o "bastante" orgullosos cuando una selección española lograba una buena actuación deportiva.

Tras la victoria, el seleccionador Vicente del Bosque lo resumió desde la zona mixta del Soccer City: "Es una noche de alegría para toda España. Lo hemos logrado como grupo y jugando con los mejores valores. Se lo debo todo a estos magníficos jugadores".

La generación dorada

Aquel equipo reunía lo que fuera del campo parecía irreconciliable. El ejemplo más visible era la convivencia entre jugadores del Real Madrid y del FC Barcelona —rivales históricos cuya disputa parecía trascender lo deportivo—, ahora unidos por un mismo propósito. De aquel vestuario nació además un estilo de juego que llevaba años gestándose.

Luis Aragonés lo había sembrado desde 2004 y lo cosechó con la Eurocopa de 2008. Del Bosque recogió ese legado y lo llevó al Mundial.

El estilo que encumbró a la selección española necesitó asentarse sobre fuertes cimientos: el carácter, y el espíritu de trabajo y sacrificio de cada integrante del equipo.

Xavi Hernández llevaba años perfeccionando el pase milimétrico en La Masía. Iniesta repitiendo regates en soledad. Casillas lanzándose bajo los palos sin garantía de recompensa. Cada cual tuvo que forjar previamente su propia excelencia individual a golpe de disciplina, a menudo incluso midiendo fuerzas con sus compañeros.

Jugadores de la selección española de fútbol celebran durante el desfile de la victoria tras su triunfo en la Copa Mundial de la FIFA 2010, el 12 de julio de 2010 en Madrid, España. (Jasper Juinen/Getty Images)Jugadores de la selección española de fútbol celebran durante el desfile de la victoria tras su triunfo en la Copa Mundial de la FIFA 2010, el 12 de julio de 2010 en Madrid, España. (Jasper Juinen/Getty Images)
"Ganar el Mundial era una utopía para los españoles", recordaría Xavi años después. "Eso estaba reservado para los elegidos: Brasil, Italia, Alemania, Argentina. Para España era algo impensable".

Fantasmas del pasado

El camino no fue fácil. España perdió su primer partido ante Suiza, una derrota inesperada que pesó como una losa. El equipo se quedó sin aliento. La "maldición" que todos temían llamaba a la puerta. La crisis de confianza se presentaba —como tantas veces lo había hecho— dispuesta a hacer añicos los sueños del conjunto y la hinchada.

"Tuvimos que manejar ese momento", recordó Del Bosque: "Fuimos un equipo con relaciones personales muy buenas, y la importancia de un vestuario sano es vital, sobre todo en un Mundial que empieza con una derrota inesperada".

David Silva, de España, luce cabizbajo tras el gol de Gelson Fernandes, de Suiza, durante el partido del Grupo H de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 entre España y Suiza, disputado en el Estadio de Durban el 16 de junio de 2010 en Durban, Sudáfrica. (amie McDonald/Getty Images)David Silva, de España, luce cabizbajo tras el gol de Gelson Fernandes, de Suiza, durante el partido del Grupo H de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 entre España y Suiza, disputado en el Estadio de Durban el 16 de junio de 2010 en Durban, Sudáfrica. (amie McDonald/Getty Images)
Lo que vino después de aquella derrota ante Suiza no fue una reacción, sino una decisión. España sacó pecho. Cerró filas. No hubo lamentos: hubo análisis, correcciones tácticas y la certeza de que una derrota no definía el campeonato. Desde entonces, España encadenaría victorias.

España asume el mando

El estilo de aquella plantilla, el "tiki-taka" (toque-toque), no era solo una estrategia: era una declaración de principios futbolísticos. Posesión, pases precisos y rápidos, movimiento constante y presión defensiva. La pelota circulaba sin descanso, sin retenciones y sin protagonismos innecesarios, hasta encontrar la portería rival. Si se perdía, presión inmediata y coordinada. Coordinación por encima de las individualidades.

"Cuando por fin recuperábamos el balón, estábamos tan agotados de perseguirlo que no podíamos hacer nada con él", recordó el delantero alemán Miroslav Klose tras caer derrotado en las semifinales, de acuerdo a Sport Illustrated.

España hacía historia: Llegaba a su primera final del Mundial. Más que eso, tenía opción de ganarla.

Qué produjo el milagro

Los historiadores Fuentes y Rubio lo documentaron: durante décadas, "los jugadores rendían mucho más con sus equipos" que con la selección. La causa no era técnica. Era la misma que dividía al país: "la falta de verdadero espíritu nacional de la sociedad española".

En 2010, esa barrera pareció disolverse. Dentro y fuera del campo.

La mayoría de los talentosos futbolistas de aquella selección militaban en el FC Barcelona, el club que había dado forma al estilo que ahora, refinado, pretendía conquistar el mundo.

Xavi Hernández, catalán, e Iniesta, manchego, ambos del FC Barcelona, eran el cerebro pero el mapa humano iba mucho más allá de una región o un club: Xabi Alonso, vasco. Iker Casillas, madrileño. David Villa, valenciano. Sergio Ramos, sevillano. Cada sacrificio, cada pase, cada gol, parecía cohesionar aún más al equipo. Y la afición lo entendía.

Carles Puyol, catalán y capitán del FC Barcelona, y Xavi celebraron el título ondeando la bandera catalana, un gesto que no pasó desapercibido. Puyol dio las "gracias a todos por los mensajes de ánimo". Xavi le dedicó el triunfo "a la gente de España". Casillas recibió el Guante de Oro del torneo. Dos de sus intervenciones ante el veloz Arjen Robben en la final definieron el torneo. La generación dorada había alcanzado la cima. La afición se sentía en las nubes.

El guardameta español Iker Casillas (derecha) realiza una parada con las piernas a un disparo del delantero neerlandés Arjen Robben durante la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010 en el estadio Soccer City en Soweto, suburbio de Johannesburgo, el 11 de julio de 2010. (ROBERTO SCHMIDT / AFP vía Getty Images)El guardameta español Iker Casillas (derecha) realiza una parada con las piernas a un disparo del delantero neerlandés Arjen Robben durante la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2010 en el estadio Soccer City en Soweto, suburbio de Johannesburgo, el 11 de julio de 2010. (ROBERTO SCHMIDT / AFP vía Getty Images)
Pero la historia de aquel triunfo no se limitó al terreno de juego ni a España: captó la atención internacional.

La repercusión mundial

Aquella victoria trascendió las fronteras del deporte. Los principales medios internacionales, como The Guardian y CNN, destacaban que España, en uno de sus momentos más difíciles, había logrado algo también difícil de medir pero imposible de ignorar.

Según el MERIT Report de la Universitat Internacional de Catalunya, tras el campeonato España y sus jugadores elevaron su valor mediático internacional un 40%.

Un estudio del banco holandés ABN AMRO aventuraba que ganar un Mundial podía mejorar la economía del país hasta un 0.7%. Los propios autores lo matizaron con cautela. Algunos economistas, directamente con humor.

Pero en el verano de 2010, con los mercados presionando y casi la mitad de los jóvenes sin trabajo, España necesitaba creer en cualquier número que apuntara hacia arriba. El 0.7% nunca llegó.

El Banco Mundial anunció más tarde que España cerró aquel año con un crecimiento del 0.1%. Casi nada, pero positivo, tras el desplome del año anterior. Los años siguientes serían peores.

Ese torneo en Sudáfrica, en cambio, no fue un fogonazo aislado: fue el centro de un ciclo sin precedentes en la historia del fútbol español. Con Aragonés al frente, dos años antes España había ganado la Eurocopa 2008. Con Del Bosque ganaría el Mundial 2010 y dos años después la Eurocopa 2012, consolidando una forma de jugar que dejaría huella en el fútbol mundial. Tras ese tercer título consecutivo de la selección española, la FIFA reconocería a Vicente del Bosque como Mejor Entrenador del Mundo.

Vicente del Bosque, seleccionador de España, recibe el trofeo de Mejor Entrenador Mundial de Fútbol Masculino de la FIFA 2012 de manos de Felipe Scolari (izquierda) en el Congreso de los Diputados en Zúrich, Suiza. (Christof Koepsel/Getty Images)Vicente del Bosque, seleccionador de España, recibe el trofeo de Mejor Entrenador Mundial de Fútbol Masculino de la FIFA 2012 de manos de Felipe Scolari (izquierda) en el Congreso de los Diputados en Zúrich, Suiza. (Christof Koepsel/Getty Images)

Fútbol y política

Los gobiernos suelen reclamar los triunfos deportivos como propios, y el de España, acuciado por la crisis, no fue la excepción. La administración del socialista Rodríguez Zapatero lanzó una campaña para promocionar España como destino turístico en 32 mercados internacionales, recibió a los campeones con honores de Estado, los nombró embajadores culturales y trató de proyectar internacionalmente los valores que aquella selección encarnaba.
El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero (C), salta con el trofeo junto a los jugadores españoles durante una recepción en el Palacio de la Moncloa el 12 de julio de 2010 en Madrid, un día después de ganar la Copa del Mundo por primera vez tras la victoria por 1-0 contra Holanda. (ANDER GILLENEA / AFP vía Getty Images)El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero (C), salta con el trofeo junto a los jugadores españoles durante una recepción en el Palacio de la Moncloa el 12 de julio de 2010 en Madrid, un día después de ganar la Copa del Mundo por primera vez tras la victoria por 1-0 contra Holanda. (ANDER GILLENEA / AFP vía Getty Images)

No era la primera vez que se entrelazaban los mundos de la política y el deporte. En 1964, el régimen de derechas de Francisco Franco permitió a la selección disputar la final de Europa 1964 contra la Unión Soviética como parte de su estrategia de legitimación internacional.

En 2010, aunque el contexto era distinto, España era una democracia con un gobierno de izquierdas, el triunfo de la selección nacional también cobró una dimensión política.

Lo que estaba ocurriendo tenía nombre. El politólogo Joseph Nye lo llamó Soft Power: la capacidad de un país para influir en el mundo no por su fuerza sino por respeto y admiración. En una frase: "La seducción es siempre más eficaz que la coerción". España, en el verano de 2010, se había vuelto irresistiblemente atractiva.

Pero Nye también formuló que la influencia máxima no llegaba con el Soft Power solo. La llamó Smart Power: la combinación del atractivo cultural con la fortaleza económica y diplomática. En el verano de 2010, España tenía lo primero. Lo segundo estaba en cuidados intensivos.

El atractivo de España cruzó fronteras. Figuras de la talla del presidente estadounidense Barack Obama enviaron mensajes de apoyo y desearon suerte al equipo.

La final de Sudáfrica comenzó batiendo récords de audiencia en Univision, un canal hispano de EE. UU., para acabar convirtiéndose en el partido de fútbol más visto en la historia de la televisión estadounidense.

Y ese público solo representó una fracción de los mil millones de personas que sintonizaron el partido, aunque fuera un instante. Para ponerlo en perspectiva: la población mundial en 2010 rondaba los 6.9–7.0 mil millones, por lo que esa audiencia equivaldría aproximadamente a una séptima parte del planeta.

Aunque esos mil millones quizás vieron un minuto o menos, "619,7 millones de personas vieron 20 minutos consecutivos", según AP y datos de la FIFA.

Pero más allá del espectáculo mediático, la magia de Sudáfrica 2010 que hechizó al mundo no se gestó en los despachos sino en los campos de entrenamiento de La Masía, en Fuenlabrada, en Fuentealbilla y en Bilbao. Fue mérito de un grupo de gente que decidió comprometerse y superarse a sí misma. Ni balances ni informes financieros. Aquel verano, lo que España realmente se jugaba era otra cosa.

Cohesión nacional y legado histórico

La noche de la final se volvió íntima justo después de que Iniesta marcara el gol que cambió la historia del fútbol español. Se levantó la camiseta para mostrar el mensaje que había escrito en su playera interior en el descanso. Había un nombre: Dani Jarque. El jugador de un equipo rival que había muerto once meses antes de un paro cardíaco. Tenía 26 años. Era su amigo.
El centrocampista español Andrés Iniesta celebra tras marcar el primer gol durante la final del Mundial de Fútbol de 2010 entre Países Bajos y España, el 11 de julio de 2010, en el estadio Soccer City de Soweto, en las afueras de Johannesburgo. (GABRIEL BOUYS / AFP vía Getty Images)El centrocampista español Andrés Iniesta celebra tras marcar el primer gol durante la final del Mundial de Fútbol de 2010 entre Países Bajos y España, el 11 de julio de 2010, en el estadio Soccer City de Soweto, en las afueras de Johannesburgo. (GABRIEL BOUYS / AFP vía Getty Images)

El defensa Sergio Ramos mostró otra camiseta, esta vez dedicada a Antonio Puerta, compañero del Sevilla FC fallecido por otro paro cardíaco en 2007. Dos jugadores, dos clubes distintos, dos mundos, pero un mismo gesto de humanidad.

Sergio Ramos, de España, celebra la victoria en la final de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 entre Países Bajos y España en el estadio Soccer City el 11 de julio de 2010 en Johannesburgo, Sudáfrica. (Lars Baron/Getty Images)Sergio Ramos, de España, celebra la victoria en la final de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010 entre Países Bajos y España en el estadio Soccer City el 11 de julio de 2010 en Johannesburgo, Sudáfrica. (Lars Baron/Getty Images)

Quince años después, el futbolista Fernando Torres lo resumió con una precisión que ningún análisis académico puede igualar: "Ese momento unió a España entera. Fue una explosión de alegría, y no sólo deportiva, también social, como no he visto nunca jamás ni en mi carrera, ni tampoco hasta ahora en mi vida".

El fútbol no resolvió los problemas del país, pero generó algo inesperado: una inusual sensación de unidad en un país acostumbrado a profundas divisiones políticas y territoriales. Un país que en esos días celebraba de manera humana. Los desconocidos se abrazaban sin presentarse. Personas que llevaban años sin coincidir en nada compartían el mismo grito en el mismo instante. Familias que salían a la calle sin pensárselo, como si un instinto más antiguo que cualquier disputa política les hubiera dicho que ahí afuera estaban los suyos.

Ese abrazo espontáneo entre extraños es quizás lo más difícil de explicar desde una redacción y lo más fácil de entender si se estuvo en la calle esa noche.

No era euforia irracional. Era algo más parecido a un alivio: el alivio de recordar que el vecino, el de la otra lengua, el de las otras ideas, el del otro club, seguía siendo, en el fondo, alguien con quien podías compartir algo auténtico.

El ser humano no parece necesitar que le enseñen a odiar.

Tampoco a convivir en armonía. Lo sabe. Lo que necesita, de vez en cuando, es una excusa para recordarlo. Ese verano, el fútbol fue la excusa..

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la postura de The Epoch Times.


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