Opinión
A pesar de los comentarios negativos de algunos detractores, el actual alto al fuego condicional con Irán no es prueba de indecisión o falta de rumbo por parte de la Administración Trump. Se trata de una pausa operativa deliberada que crea espacio para obtener una ventaja asimétrica. De hecho, se acerca mucho más a la lógica clásica de la guerra de lo que muchos de los críticos de Trump están dispuestos a reconocer.
Si queremos evaluar esta campaña adecuadamente, debemos partir de los principios básicos. La guerra no es una secuencia de ataques continuos. Es una contienda de voluntad, capacidad y oportunidad. Como nos recuerda el teórico militar Carl von Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Eso incluye pausas, presión y la manipulación del tiempo mismo.
El alto al fuego de dos semanas logra varias cosas a la vez. Permite a Estados Unidos y a sus aliados consolidar los logros. Se pueden reponer las reservas de munición, mantener las plataformas y reevaluar la información de inteligencia. Las lecciones de la fase inicial de las operaciones se pueden integrar en el siguiente ciclo.
No se trata de un beneficio marginal. Es la diferencia entre el éxito táctico y la eficacia operativa sostenida. Los ejércitos que no logran hacer una pausa, reorganizarse y aprender se deterioran rápidamente. Los que sí lo hacen mantienen el ritmo a lo largo del tiempo.
En segundo lugar, el alto al fuego ejerce presión sobre el régimen iraní precisamente en el momento de máxima fricción interna. Hay indicios creíbles de una brecha creciente entre el liderazgo clerical y elementos del IRGC. Si esa fractura existe, el tiempo no es neutral: es un arma.
Una pausa en la presión externa puede acelerar la inestabilidad interna al obligar a los actores a reevaluar el riesgo, la lealtad y la supervivencia. Si hay incertidumbre dentro de Teherán, lo peor para el régimen es la claridad. El alto al fuego les niega esa claridad.
En tercer lugar, traslada la carga a los actores regionales. Los Estados del Golfo, en particular los Emiratos, se han mantenido hasta ahora cautelosos. Esa cautela es comprensible, pero no es estratégicamente sostenible.
Un cese temporal de las hostilidades les obliga a afrontar la realidad subyacente. Irán no es un problema lejano, es una amenaza inmediata y cercana. El alto al fuego crea un espacio político para el reajuste en esas capitales.
Es aquí donde la frustración está justificada. La falta de un compromiso firme por parte de los Emiratos es desconcertante y la alineación estratégica es obvia. El vector de la amenaza es directo y, sin embargo, persiste la vacilación. Se trata de un fracaso regional de la voluntad política, no de un fracaso del mando estadounidense.
La comparación con campañas estadounidenses anteriores resulta instructiva. La Guerra del Golfo de 1991, liderada por George H. W. Bush, sigue siendo el referente en cuanto a claridad de objetivos y cohesión de la coalición. Desde entonces, el liderazgo bélico estadounidense ha tenido a menudo dificultades para alinear los fines políticos con los medios militares.
El enfoque de Trump, aunque disruptivo en cuanto al estilo, no es sustancialmente peor. En algunos aspectos, es más coherente. Ejerce presión, hace pausas, recalibra y preserva la libertad de acción. Eso no es confusión, es control. Y en la guerra, el control del tiempo suele ser la señal más clara del control de la lucha.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de The Epoch Times.
















