Día del Padre: la música, mi tía, mi carrera y mi padre

Recuerdos inolvidables del tiempo juntos. (DawnyellReese/Pixabay)

Recuerdos inolvidables del tiempo juntos. (DawnyellReese/Pixabay)

18 de junio de 2026, 8:55 p. m.
| Actualizado el18 de junio de 2026, 8:55 p. m.

Opinión

Hace poco volví a escuchar "Back Up Train", de Al Green.

La compré en una tienda de discos de Los Ángeles cuando tenía unos 14 años y me la llevé, junto con un pequeño tocadiscos, cuando fui a visitar a una tía a Chattanooga. Ella estaba ocupada con las tareas de la casa, como siempre, yendo de una cosa a otra sin parar ni un momento. Entonces puse el disco.

Se detuvo.

Se sentó.

Cerró los ojos.

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Asintió con la cabeza y escuchó la canción entera.

En cuanto terminó, se levantó y volvió enseguida al trabajo.

Durante más de dos minutos, la canción hizo que la tía Juanita se tomara un respiro y, en cierto modo, se dejara llevar. Fue precioso de ver.

He visto a Al Green varias veces en concierto, pero nunca ha interpretado "Back Up Train". Nunca entendí por qué. Para mí, era una de las canciones más conmovedoras que jamás grabó. Quizá él no entienda lo que su canción le hizo a mi tía.

Durante más de tres décadas, los oyentes —y ahora los espectadores— se han acercado a mí para contarme cómo algo que dije les había marcado. A menudo, citan una frase, una historia o una observación que, en muchos casos, apenas recuerdo haber dicho.

Sin embargo, ellos lo recuerdan palabra por palabra.

Al principio, esto me sorprendió. Luego me di cuenta de que la persona que habla y la persona que escucha y observa están viviendo dos experiencias muy diferentes.

El locutor recuerda miles de horas tras el micrófono.

La persona al otro lado recuerda esa única frase que llegó exactamente en el momento adecuado, en el momento justo de su vida. Para mí, puede que solo fuera un martes más.

Una vez recibí una carta de alguien que me dijo que le había convencido de no suicidarse. Estaba pasando por un divorcio y tenía problemas económicos. Fue a un parque con un puñado de pastillas y una botella de whisky para acabar con su oscuridad de una vez por todas. Estaba escuchando mi programa con los auriculares puestos. Yo estaba haciendo un sketch cómico sobre George Washington en el estrado de los testigos tras ser acusado de talar ilegalmente un cerezo.

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El hombre dijo que aquello le hizo reír tanto que se dijo a sí mismo: "Si todavía soy capaz de reírme, ¿por qué me estoy tomando todo esto tan en serio? Lo superaré". Vació la botella sobre la hierba y tiró las pastillas.

Yo apenas recordaba haber hecho ese sketch. Una vez más, me di cuenta de que mis oyentes y yo tenemos experiencias diferentes. Recuerdo vagamente haber escrito e interpretado ese sketch cómico. El oyente recuerda dónde estaba y qué estaba haciendo cuando lo escuchó.

Algunos cantantes y canciones tienen ese efecto. Te hacen inclinarte hacia delante, te hacen escuchar.

No se limitan a dar las notas. Aportan una especie de consuelo al oyente en un momento y lugar concretos de su vida. Pero todos dejamos huella en otras personas.

A veces nunca sabemos qué palabras importan.

A veces, aquello que apenas recordamos se convierte en algo que otra persona nunca olvida.

Una canción, un chiste, una historia. Una frase pronunciada en el momento adecuado.

No se trata de cómo lo recordamos nosotros, sino de cómo otros recuerdan cómo les ayudó a superar algo.

Esa es la verdadera medida del éxito.

No son los índices de audiencia, no son las ventas de discos, ni son los aplausos.

Qué gran logro es cantar algo, crear algo, decir algo que haga que alguien se detenga, escuche, piense, recuerde y sonría.

Pero luego, claro, estaba mi padre. Sus gustos musicales eran Cab Calloway, Ella Fitzgerald, Lena Horne y Frank Sinatra. ¿La música de Motown que preferíamos mis hermanos y yo? No le gustaba mucho.

En aquella época en que los coches tenían antenas de varilla, la recepción de la radio se cortaba cuando el coche pasaba por debajo de un paso elevado.

De niño, me encantaba moverme al ritmo de la radio mientras estaba en el asiento trasero y mi padre conducía.

Todo sonaba bien, al menos para mí, mientras cantaba una canción de los Four Tops… hasta que papá pasó por debajo de un paso elevado.

La música se desvaneció de repente, dejando solo mi voz. A capela.

Mi padre miró hacia atrás y dijo: "¿Sabes? Antes deseaba poder cantar… Ahora desearía que tú pudieras".

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.


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