Una nación puede ser compasiva sin caer en la negligencia. Puede acoger a los recién llegados sin dejar de esperar asimilación, responsabilidad cívica y respeto por las leyes y tradiciones que cohesionan la sociedad.
Pero cuando los gobiernos se obsesionan tanto con aparentar virtud moral que descuidan el orden, el control fronterizo, la seguridad pública y la confianza cultural, el tejido social acaba por resquebrajarse.
En toda Europa, muchos ciudadanos tienen la sensación, cada vez mayor, de estar presenciando estos hechos en tiempo real.
Las empresas se enfrentan a dificultades debido a la excesiva regulación y a la inseguridad. Barrios históricos en ciudades como Londres, París, Bruselas y algunas zonas de Alemania sufren crecientes tensiones entre comunidades que conviven, pero no necesariamente en armonía.
En muchos lugares, los líderes políticos se muestran reacios a hablar con franqueza sobre los fracasos de la integración por temor a ser tachados de intolerantes o divisivos. Sin embargo, evitar las conversaciones difíciles no elimina los problemas; simplemente los pospone hasta que la frustración se transforma en ira.
Por eso, movimientos políticos que antes se consideraban marginales están ganando terreno en toda Europa. Los votantes no reaccionan simplemente a la economía, sino a un temor más profundo: que sus naciones estén perdiendo coherencia, confianza y continuidad cultural.
La gente quiere calles seguras, escuelas que funcionen, fronteras con significado y gobiernos dispuestos a defender el estado de derecho de forma consecuente e inquebrantable.
Y los estadounidenses deberían comprender claramente por qué este debate tiene tanta repercusión en su país.
Muchos creen que Estados Unidos habría seguido un camino similar si la vicepresidenta Kamala Harris hubiera sido elegida presidenta y hubiese dado continuidad a las políticas de la administración anterior.
Independientemente de si se comparte o no esta valoración, la preocupación refleja una inquietud creciente en todo el mundo occidental: que los gobiernos se han centrado más en la compasión simbólica que en una gobernanza sostenible.
Pero esta conversación debe abordarse con claridad moral y equilibrio.
La inmigración en sí misma no es el enemigo. De hecho, durante siglos ha sido una de las mayores fortalezas tanto de Estados Unidos como de muchas naciones europeas. Estados Unidos sigue siendo el mejor ejemplo histórico de cómo personas de orígenes muy diversos han construido una identidad nacional común, basada en valores cívicos compartidos, más que en lazos de sangre o etnia.
Sin embargo, la palabra clave es asimilación.
Las sociedades exitosas requieren más que diversidad. Requieren unidad de propósito. Requieren un lenguaje común de responsabilidad cívica, respeto mutuo, orden constitucional y lealtad nacional.
Es perfectamente posible preservar la belleza de las tradiciones culturales, las prácticas religiosas, la gastronomía, la música y las costumbres familiares, sin dejar de adoptar los valores y la identidad del país al que se integran.
Estados Unidos prosperó durante generaciones porque millones de inmigrantes llegaron no solo en busca de oportunidades económicas, sino también con el deseo de convertirse en estadounidenses.
Esa distinción es de suma importancia.
Las generaciones anteriores de inmigrantes a menudo veían la asimilación como un motivo de orgullo más que de opresión. Las comunidades italiana, irlandesa, judía, coreana, india, vietnamita, nigeriana, cubana y muchas otras conservaron elementos de su herencia cultural al tiempo que adoptaban la cultura cívica estadounidense en general.
Sus hijos asistieron a escuelas estadounidenses, aprendieron inglés, sirvieron en el ejército, abrieron negocios, participaron en la vida cívica y, poco a poco, se integraron en el tejido nacional.
Y lo que es más importante, este proceso sigue teniendo éxito en muchos lugares hoy en día.
En Estados Unidos, innumerables comunidades de inmigrantes conviven armoniosamente, fusionando la asimilación y el orgullo cultural.
Familias indoamericanas destacan en medicina, ingeniería y emprendimiento, manteniendo a la vez sólidas tradiciones familiares.
Inmigrantes nigerianos sobresalen académica y profesionalmente, contribuyendo activamente a iglesias, negocios locales e instituciones cívicas.
Inmigrantes hispanos sirven en las fuerzas del orden, las fuerzas armadas y son dueños de pequeños negocios, preservando ricas tradiciones lingüísticas y culturales.
Comunidades asiático-americanas revitalizan barrios, construyen escuelas prósperas y logran algunos de los mejores resultados educativos del país.
Estos ejemplos nos recuerdan que la asimilación no requiere la eliminación de la cultura, sino la alineación cívica.
El problema surge cuando los líderes políticos fomentan la fragmentación en lugar de la integración, y el multiculturalismo evoluciona hacia sociedades paralelas separadas por el idioma, los valores, las expectativas y la lealtad.
Una nación no puede perdurar indefinidamente si grandes grupos se identifican cada vez más con el resentimiento, el tribalismo o los conflictos extranjeros que con el país que ahora consideran su hogar.
Europa está afrontando esta tensión directamente.
En algunas zonas del Reino Unido, Francia, Bélgica y Suecia, los líderes se enfrentan ahora a preguntas difíciles sobre si las políticas de integración no lograron crear una identidad nacional compartida lo suficientemente sólida.
El aumento de la delincuencia, el antisemitismo, las ideologías extremistas, la violencia de las pandillas y los disturbios sociales han intensificado la preocupación entre los ciudadanos de a pie, quienes se sienten ignorados cada vez que expresan inquietudes legítimas sobre la asimilación, la seguridad pública o la cohesión cultural.
Sin embargo, este asunto jamás debe convertirse en una excusa para el odio o la condena generalizada de los inmigrantes. Eso traicionaría los valores que la civilización occidental dice defender.
La inmensa mayoría de los inmigrantes llegan en busca de paz, oportunidades, seguridad y dignidad para sus familias. La mayoría son personas trabajadoras, respetuosas de la ley y profundamente patriotas hacia las naciones que los acogieron.
Pero las naciones también tienen el derecho —de hecho, la obligación— de esperar que quienes ingresan legalmente respeten la ley, contribuyan productivamente, aprendan la cultura y adopten los valores cívicos de su patria de adopción.
Sin esa expectativa, las sociedades acaban perdiendo la confianza y la identidad compartida necesarias para que la democracia funcione.
La historia nos enseña repetidamente la misma lección. Las civilizaciones rara vez colapsan de la noche a la mañana solo por una invasión externa.
Con mayor frecuencia, se debilitan gradualmente desde dentro debido a la incertidumbre cultural, el deterioro institucional, la parálisis del liderazgo, la disminución de la confianza cívica y la falta de voluntad para defender los principios que, en primer lugar, generaron estabilidad.
El desafío que enfrenta Occidente hoy no es si la inmigración debe existir. La inmigración siempre existirá. La verdadera cuestión es si los líderes aún poseen la sabiduría y el coraje para preservar la cohesión social sin dejar de ser humanos, respetuosos de la ley y justos.
Porque la compasión sin orden acaba produciendo caos.
Y el orden sin compasión acaba engendrando crueldad.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente la posición de The Epoch Times




















