Viernes Santo, Domingo de Resurrección y la búsqueda de la paz en un mundo convulso

Domingo de Pascua en los bosques de pinos del este de Texas, 17 de abril de 2022. (Patrick Butler/The Epoch Times)

Domingo de Pascua en los bosques de pinos del este de Texas, 17 de abril de 2022. (Patrick Butler/The Epoch Times)

5 de abril de 2026, 7:26 p. m.
| Actualizado el5 de abril de 2026, 7:26 p. m.

Opinión

Hay momentos en la historia en los que el ruido del mundo se vuelve tan fuerte que ahoga las verdades silenciosas que más necesitamos escuchar. La guerra domina los titulares. La confusión moral nubla el juicio. La división se convierte en el lenguaje de la vida pública. Y en esos momentos, el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección llegan no como lejanas celebraciones religiosas, sino como invitaciones urgentes a hacer una pausa, a reflexionar y a redescubrir lo que significa estar íntegro.

El Viernes Santo es, en esencia, un enfrentamiento con el sufrimiento.

No es cómodo. No es triunfal. No ofrece respuestas fáciles. En cambio, nos pide que nos enfrentemos a la realidad del sacrificio, la injusticia y la fragilidad humana. Nos recuerda que, incluso ante la verdad, el mundo puede optar por la violencia. Incluso ante la luz, la oscuridad puede parecer que prevalece.

Y si somos sinceros, esa tensión nos resulta familiar hoy en día.

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Vivimos en una época en la que el conflicto no es solo geopolítico; es espiritual. Las naciones adoptan posturas, los líderes intensifican la tensión y la gente común paga el precio en forma de ansiedad, incertidumbre y pérdida. Pero bajo los conflictos visibles yace algo más profundo: Un agotamiento moral, una enfermedad espiritual que se revela en cómo nos hablamos unos a otros, cómo definimos la verdad y con qué facilidad abandonamos la gracia.

El Viernes Santo nos obliga a mirar directamente esa situación.

Nos pregunta: ¿Qué ocurre cuando perdemos nuestra brújula moral? ¿Cuándo se valora el poder por encima de los principios? ¿Cuándo ganar se vuelve más importante que lo que es correcto?

Sin embargo, si el Viernes Santo fuera el final de la historia, ofrecería poco consuelo. Nos dejaría en un mundo definido únicamente por el sufrimiento y el sacrificio. Pero no es el final.

El Domingo de Resurrección lo cambia todo.

No borra el dolor del Viernes Santo; lo transforma. No niega la oscuridad; la vence. La resurrección no es simplemente una afirmación teológica; es una declaración de que la desesperación no tiene la última palabra.

Y ahí es donde comienza la paz: No en la ausencia de conflicto, sino en la presencia de la esperanza.

En un mundo azotado por la guerra, la paz no puede negociarse únicamente mediante tratados ni imponerse solo con la fuerza. Esas son herramientas necesarias, pero no son suficientes. La paz duradera comienza en el interior de las personas, en las comunidades y en el marco moral que da forma a la manera de actuar de las naciones.

Estamos siendo testigos de lo que ocurre cuando ese marco se debilita.

Cuando la verdad se vuelve negociable, la confianza se erosiona. Cuando la compasión se considera una debilidad, la crueldad gana terreno. Cuando la fe se reduce a una actuación en lugar de a una convicción vivida, pierde su poder para guiar y sanar.

El mensaje de la Pascua nos llama a volver.

Nos llama a una fe que no es performativa, sino practicada. Una fe que se manifiesta no solo en palabras, sino en la moderación, en la humildad y en el valor. Nos llama a reconocer que la fuerza no se mide por la dominación, sino por la capacidad de elegir la misericordia cuando sería más fácil enfadarse.

Esto no es ingenuo. Es necesario.

Porque sin un centro moral, ninguna sociedad —por muy poderosa que sea— puede sostenerse. La historia lo ha demostrado una y otra vez. Los imperios caen no solo por amenazas externas, sino también por la decadencia interna. La erosión de los valores precede al colapso de las instituciones.

Y, sin embargo, la Pascua ofrece una narrativa contraria.

Nos recuerda que la renovación siempre es posible. Que incluso cuando los sistemas fallan, las personas pueden elegir de otra manera. Que incluso cuando el mundo parece fracturado, la sanación puede comenzar en los actos más pequeños, en cómo hablamos, cómo lideramos y cómo tratamos a quienes no están de acuerdo con nosotros.

La paz, pues, no es pasiva. Es activa. Es una disciplina.

Nos exige resistirnos a la tentación del cinismo, rechazar la facilidad de la división, insistir en la verdad incluso cuando resulta incómoda y ofrecer misericordia incluso cuando no se merece.

Este Viernes Santo y Domingo de Resurrección, el mundo no se volverá de repente menos complicado. Las guerras no cesarán de la noche a la mañana. Los líderes seguirán lidiando con decisiones que acarrean consecuencias inmensas.

Pero a cada uno de nosotros se nos da una opción.

Aumentar el ruido o crear espacio para algo mejor.

Profundizar la división o empezar a tender puentes.

Vivir a la defensiva o vivir con intención.

La resurrección no se trata solo de lo que pasó; se trata de lo que es posible.

Incluso ahora.

Especialmente ahora.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.


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