Opinión
El Ministerio de Defensa neerlandés publicó su Hoja de Ruta de Seguridad Energética, una estrategia nacional para garantizar el suministro fiable de energía a sus fuerzas armadas. Si bien fue elaborada por un único miembro de la OTAN, el documento refleja una realidad más amplia: la seguridad energética es inseparable del poder militar.
La "hoja de ruta" define la seguridad energética como la disponibilidad continua de energía fiable y asequible tanto para actividades en tiempos de paz como para operaciones militares. Hace referencia explícita a la "política de combustible único" de la OTAN, que estandariza la logística militar en torno a los combustibles fósiles líquidos, en particular el queroseno, para garantizar la interoperabilidad entre las fuerzas aliadas.
Actualmente, más del 95 por ciento de los aviones, buques y vehículos militares neerlandeses funcionan con hidrocarburos.

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Sin embargo, los defensores de la descarbonización en la Unión Europea siguen demonizando los combustibles fósiles y promoviendo las tecnologías eólica y solar que, a nivel mundial, representan poco más del 3 por ciento del suministro energético tras dos décadas de subvenciones.
Incluso el documento neerlandés elogia la descarbonización de la UE, pero la necesidad de hidrocarburos líquidos no se contentará con la retórica climática.
En definitiva, para los responsables políticos estadounidenses, la política energética de la UE debe tenerse en cuenta al evaluar la capacidad de defensa del continente.
La importancia del documento de seguridad neerlandés va más allá de la logística militar. Es una llamada de atención que deja claro que la energía no es simplemente una cuestión medioambiental o económica, sino fundamentalmente una cuestión de seguridad nacional.
Las fuerzas armadas, la producción industrial, las redes de transporte y la infraestructura crítica dependen de energía abundante y confiable. Sin ella, la preparación militar, la fortaleza económica y la autonomía nacional disminuyen.
A lo largo de la historia, la energía ha sido la base del poder estatal. Las naciones con acceso seguro a energía asequible poseen economías más sólidas, mayores capacidades militares y mayor libertad de acción. Las naciones que dependen de proveedores externos se exponen a la coerción y a consecuencias aún peores.
Las tendencias energéticas mundiales refuerzan estos hechos. Según el Informe Estadístico Mundial de la Energía de 2026, el 86 por ciento del consumo mundial de energía primaria provenía de combustibles fósiles. A pesar del crecimiento de las tecnologías renovables, el mundo sigue dependiendo en gran medida del petróleo, el gas natural y el carbón. Muchas grandes potencias se están adaptando a esta realidad, mientras que la burocracia de Bruselas parece ignorarla.
China, por ejemplo, expande la generación de energía renovable al tiempo que construye nueva capacidad de carbón y asegura el control sobre las cadenas de suministro de minerales estratégicos. Esta estrategia prioriza la disponibilidad y la resiliencia energéticas como pilares del poder nacional. China fortalece tanto su posición económica como su seguridad a largo plazo.
Esta intersección entre la política energética y la capacidad de defensa podría representar una grieta existencial en la fachada "verde" de la UE.
La Unión Europea sigue dependiendo en gran medida de la energía importada y de materias primas críticas, mientras que muchas industrias se enfrentan a costos energéticos significativamente más elevados que sus competidores en Estados Unidos y Asia. El aumento de los costos ha contribuido a la presión sobre la siderurgia, la industria química y la manufactura, sectores que constituyen la columna vertebral de la defensa nacional.
Los ejércitos necesitan combustible, pero también acero, productos químicos, maquinaria, capacidad de construcción naval, electrónica y manufactura avanzada. Un país que lucha por mantener una producción industrial competitiva tendrá dificultades para producir tanques, municiones, drones, aeronaves y buques de guerra a la escala necesaria en una crisis.
Mientras la UE demoniza los combustibles fósiles en nombre de la política climática, los precios de la electricidad industrial han aumentado hasta casi el doble que en Estados Unidos y se sitúan un 50 por ciento por encima de los de China.
El año pasado, la producción de acero cayó a su nivel más bajo desde 1960. ThyssenKrupp está recortando 11,000 puestos de trabajo en su división siderúrgica, y este es solo un ejemplo. Esta desindustrialización es incompatible con una defensa sólida y la soberanía nacional.
Las capacidades militares de la OTAN dependen no solo de los presupuestos y el número de tropas, sino también del suministro energético y la base industrial que las sustentan. La estrategia neerlandesa reconoce implícitamente que la preparación operativa comienza con la seguridad energética.
Estados Unidos ha reforzado su posición estratégica mediante una abundante producción nacional de petróleo y gas, que sustenta tanto el crecimiento económico como la proyección de poder militar. Mientras tanto, Europa se niega a aprovechar plenamente sus reservas energéticas nacionales, aferrándose a políticas económicamente destructivas que solo pueden socavar la seguridad de Occidente.
La lección de la Hoja de Ruta de Seguridad Energética neerlandesa es que la seguridad energética es un requisito indispensable para la seguridad nacional. Una alianza que busca disuadir a los adversarios y mantener la soberanía no puede permitirse ignorar esta conexión.
Reproducido con permiso de Daily Signal, una publicación de The Heritage Foundation.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.



















