Opinión
Cinco meses después del inicio de la guerra con Irán, se hace evidente que este conflicto va mucho más allá de misiles, sanciones o petroleros. Revela una verdad más profunda sobre la guerra moderna: las naciones democráticas a menudo tienen dificultades para comprender la cultura estratégica de los regímenes autoritarios.
Los gobiernos occidentales han asumido durante mucho tiempo que las dificultades económicas acaban forzando un compromiso político. Esta suposición ha marcado décadas de política de sanciones contra Irán. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente que los regímenes revolucionarios suelen priorizar la supervivencia ideológica sobre la prosperidad económica. A menudo están dispuestos a imponer penurias extraordinarias a su propia población si con ello logran conservar el poder.
Irán edemuestra una vez más la lección. La economía del país ha sufrido graves daños. Las exportaciones de petróleo se han visto restringidas, la inflación se disparó y el rial iraní perdió gran parte de su valor. Los iraníes de a pie están sufriendo las consecuencias a través del aumento de los precios, la disminución del poder adquisitivo y la creciente incertidumbre económica. Sin embargo, a pesar de estas presiones, Teherán continúa la guerra con determinación.
El conflicto también le recuerda al mundo la importancia de la estabilidad en el Golfo Pérsico. El estrecho de Ormuz transporta aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo al día, lo que representa cerca del 20 por ciento del consumo mundial de petróleo. Incluso la amenaza de interrumpir esta arteria vital ha provocado conmociones en los mercados energéticos internacionales y las cadenas de suministro globales.
Esto no debería sorprendernos. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica nunca se diseñó para maximizar el crecimiento económico ni mejorar el nivel de vida. Su propósito es preservar la República Islámica y defender la ideología revolucionaria sobre la que se fundó. Mientras ese objetivo permanezca intacto, es improbable que el sufrimiento económico por sí solo cambie sus cálculos estratégicos.
Esta distinción es crucial, ya que una estrategia militar exitosa comienza por identificar el verdadero centro de gravedad del adversario. El teórico militar Carl von Clausewitz lo describió como la fuente de la fuerza y la cohesión del oponente. Con demasiada frecuencia, los gobiernos occidentales confunden la infraestructura económica con la voluntad política. Suponen que un sufrimiento financiero suficiente acabará por generar moderación política. A veces sucede, pero a menudo no.
La historia ofrece numerosos ejemplos de gobiernos autoritarios que han soportado privaciones económicas extraordinarias manteniendo el control político. La determinación nacional, la convicción ideológica y las instituciones estatales coercitivas pueden sostener un régimen mucho después de que los observadores externos consideren inevitable su colapso.
La lección más amplia va mucho más allá de Irán. Rusia demuestra una capacidad similar para absorber sanciones mientras continúa su guerra en Ucrania. China, por su parte, ha dedicado décadas a preparar su economía, su base industrial y sus instituciones políticas para una competencia estratégica prolongada con Occidente. Estos regímenes comprenden que el conflicto moderno no es simplemente una lucha de poder militar, sino también una lucha de resistencia, capacidad industrial y voluntad política. Esta realidad se refleja en los mercados financieros, donde el crudo Brent superó brevemente los 100 dólares por barril, a medida que los inversores descontaban el riesgo de una interrupción prolongada del suministro energético en Medio Oriente.
Para Canadá y sus aliados, esto exige un enfoque más sofisticado de la seguridad nacional. Las sanciones económicas siguen siendo una herramienta política importante, pero rara vez son decisivas por sí solas. Deben formar parte de una estrategia más amplia que integre la diplomacia, la disuasión militar, la inteligencia, las capacidades cibernéticas y una resiliencia económica sostenida. Quizás la lección más importante sea psicológica. Las sociedades democráticas a menudo proyectan sus propios valores en sus adversarios. Suponemos que los demás calcularán los costos y beneficios como lo haríamos nosotros. Con frecuencia, no es así. El éxito estratégico exige comprender al adversario tal como se comprende a sí mismo, no como quisiéramos que fuera.
Las guerras son, en última instancia, contiendas de voluntad política, no simplemente de capacidad militar. Cinco meses después del inicio del conflicto con Irán, esta lección se ha vuelto imposible de ignorar. El campo de batalla se ha convertido en un aula, recordándonos que las guerras rara vez se ganan solo con presión económica. Se ganan identificando con precisión las fuentes políticas, militares e ideológicas de la fuerza del oponente y desarrollando estrategias que las aborden directamente.
Mientras Canadá se enfrenta a un entorno internacional cada vez más inestable, desde Rusia e Irán hasta las crecientes ambiciones de China, esta podría ser la lección más valiosa de todas.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.

















