Cuando el presidente de EE. UU., Donald Trump, recibió al líder chino Xi Jinping en Washington el mes pasado, la ceremonia ofreció una gran cantidad de imágenes impactantes: Trump y la primera dama, Melania Trump, saludando a Xi y a su esposa, Peng Liyuan, en el aeropuerto, una alfombra roja flanqueada por guardias de honor, una salva de 21 cañonazos y aviones militares sobrevolando el lugar en señal de homenaje. Al día siguiente, Trump presidió una ceremonia oficial de bienvenida en la Casa Blanca y ofreció una cena de Estado.
Los medios estatales chinos no tardaron en otorgar a estos gestos un significado político más amplio. Medios como Xinhua, el Diario del Pueblo, la Televisión Central de China (CCTV) y el Global Times presentaron toda esa pompa como prueba de la talla personal de Xi, del estatus de China como gran potencia y del creciente papel de Beijing en la configuración de los asuntos mundiales.
Mientras que los medios estadounidenses destacaron en general la pompa de la cumbre junto con las tensiones geopolíticas sin resolver, las manifestaciones contra Xi y las críticas en materia de derechos humanos, la cobertura mediática china de la llegada de Xi se centró en los honores ceremoniales que recibió. También amplificaron su mensaje de que el "renacimiento nacional2 de China y la agenda de Trump de "Make America Great Again" podían avanzar juntos. Aunque los informes describían multitudes que le daban la bienvenida, no mencionaban las protestas contra Xi ni las críticas en materia de derechos humanos.

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La frase "el más alto nivel de honores ceremoniales" se convirtió en un tema central en el relato de Beijing sobre la visita.
En un informe publicado tras el regreso de Xi, el Diario del Pueblo citó al ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, quien describió la recepción como el más alto nivel de cortesía ofrecido por Estados Unidos. Wang citó la ceremonia de bienvenida en el aeropuerto como prueba del respeto de Washington hacia Xi y de su reconocimiento de la importancia de las relaciones entre Estados Unidos y China. La ceremonia celebrada al día siguiente en la Casa Blanca, que incluyó un desfile aéreo militar, reforzó aún más ese mensaje, dijo Wang.
Shen Zhou, experto militar y colaborador de The Epoch Times, ofreció una interpretación diferente del desfile aéreo militar en un comentario para la edición en chino.
Describió el acto como una clásica demostración de fuerza destinada a intimidar, argumentando que la forma en que los medios estatales chinos lo presentaron como una recepción de alto nivel no era más que un intento de salvar las apariencias.
La cobertura de la CCTV sobre la llegada de Xi a la Base Conjunta de Andrews también hizo hincapié en el carácter excepcional de la bienvenida, describiendo el evento como uno que atraía la atención de todo el mundo.
Sin embargo, esta imagen idílica contrastaba radicalmente con la realidad sobre el terreno en Washington. Entre la llegada de Xi el 23 de septiembre y su partida el 25 de septiembre, se celebraron manifestaciones a las que acudieron cientos de personas —entre ellas, habitantes de Hong Kong, tibetanos, uigures, activistas por la democracia y practicantes de Falun Gong— para protestar contra las violaciones de los derechos humanos por parte de Beijing, proyectando los rostros de presos políticos sobre los edificios del centro de Washington D. C.
Aunque la mayoría de las manifestaciones fueron pacíficas, se produjeron enfrentamientos cuando grupos pro-Beijing se enfrentaron a los manifestantes, lo que dio lugar a múltiples agresiones investigadas por las autoridades, entre ellas la presunta paliza a la practicante de Falun Gong Xin Qin y varios altercados físicos en los que se vio involucrado un activista pro-Beijing.
Las cortesías interpretadas como respaldos
En el aeropuerto, Trump comentó que Xi era un "gran líder" y calificó la ocasión de "un gran momento". Estas declaraciones recibieron gran relevancia en la cobertura china, que las presentó como un respaldo incondicional al liderazgo de Xi, en lugar de como parte del protocolo diplomático habitual.El Diario del Pueblo, citando a Wang, dijo que el liderazgo de Xi había dejado una profunda impresión en la sociedad estadounidense, había reforzado el atractivo de las ideas de China y había potenciado su influencia internacional.
Sin embargo, esta narrativa de alineamiento pasó por alto la firme postura estratégica de Washington.
Trump empleó una retórica anticomunista explícita en torno a la cumbre, declarando en un discurso pronunciado el 22 de septiembre ante las Naciones Unidas que "el comunismo nunca llegará a Estados Unidos". También emitió comunicados a través de la Casa Blanca en los que subrayaba que Estados Unidos "NUNCA sería un país comunista".
Inmediatamente después de la cumbre, el presidente de la Comisión de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes, Jason Smith (R-Mo.), reforzó el enfoque básico de la Administración, definiendo a China no solo como un socio comercial, sino explícitamente como "un adversario estratégico".
Las medidas federales relacionadas con la visita —como la detención, el 4 de octubre, de un presunto agente chino que seguía la pista a la familia del presidente de Taiwán, Lai Ching-te— subrayaron aún más la continua lucha estructural contra las operaciones encubiertas de Beijing.
El papel de Xi
Otro tema recurrente en los medios de comunicación estatales fue el papel central de Xi en la gestión de las relaciones bilaterales. El Diario del Pueblo citó a Wang, quien describió la "diplomacia de jefes de Estado" como el pilar estabilizador de las relaciones bilaterales, situando la implicación personal de Xi en el centro de la relación.En la ceremonia de bienvenida celebrada en la Casa Blanca, Xi manifestó su disposición a colaborar con Trump para "guiar el gigantesco barco de las relaciones entre China y EE. UU. por un rumbo firme hacia el futuro".
Esta imagen presentaba a los dos líderes como responsables del rumbo y a Xi como un socio esencial para mantenerlo.
Los medios estatales chinos interpretaron esto en el sentido de que dependía del liderazgo personal de Xi y de su capacidad para trabajar con Trump.
Estas representaciones reflejan una estrategia bien consolidada en los medios estatales chinos: Convertir el protocolo diplomático rutinario en una prueba visual del prestigio nacional y la legitimidad del liderazgo ante su público nacional.


























