Opinión
Mientras la guerra con Irán distraía a Estados Unidos y Europa se concentraba en Rusia, China aprovechó la situación para intensificar su beligerancia contra Japón y reforzar sus reclamaciones marítimas en torno a Taiwán y en el Mar del Sur de China. Sin embargo, esa guerra también incluyó un bloqueo a Irán que obligó a China a reducir sus importaciones de petróleo.
Esto pone de manifiesto una estrategia poco utilizada contra el régimen, y una guerra que resultó ser de doble filo para Beijing. El 31 de mayo, la guardia costera china patrulló al este de Taiwán, en el contexto de los esfuerzos de Japón y Filipinas por llegar a un acuerdo pacífico sobre su frontera marítima común.
Hace unos días, el régimen instaló su primera estructura de pequeñas dimensiones en el banco de Scarborough, frente a la costa de Filipinas. Si se le permite, es probable que el Ejército Popular de Liberación utilice esta estructura "científica" como punto de apoyo para construir una de sus bases militares más grandes e importantes en el Mar de China del Sur.
La guerra con Irán y la reacción de Beijing indican que un futuro conflicto con China por su estrategia de avances graduales sigue siendo motivo de preocupación. La estrategia y las negociaciones de Estados Unidos conBeijing deben tener en cuenta las ventajas no militares que Estados Unidos conserva sobre el Partido Comunista Chino (PCCh), incluyendo la coordinación con los aliados para aplicar aranceles más altos, más sanciones económicas y opciones relacionadas con la dependencia de China del petróleo importado.
En caso de guerra o de que el régimen chino continúe obteniendo avances graduales, Estados Unidos y nuestros aliados podrían, por ejemplo, imponer gradualmente un bloqueo naval a las importaciones energéticas de China. Según los analistas, las reservas de petróleo de China podrían durar solo unos meses, por lo que la amenaza de un bloqueo le daría ventaja a Washington.
Pero la dependencia china del petróleo importado no es una carta ganadora automática en el tablero geopolítico. China cuenta con unas reservas comerciales estimadas en 851 millones de barriles, 413 millones de barriles en reservas estratégicas y capacidad subterránea para otros 130 millones de barriles. A medida que los precios del petróleo subieron a raíz del bloqueo del Estrecho de Ormuz, China demostró elasticidad en su demanda al reducir sus importaciones de petróleo entre 3 y 4 millones de barriles diarios (bpd). Antes del bloqueo, Beijing reportaba importaciones de unos 11 millones de bpd, cifra que cayó a 7.8 millones de bpd según los datos más recientes de mayo.
Beijing pudo reducir sus importaciones de petróleo porque comenzó a abrir sus reservas comerciales desde abril y las estratégicas en mayo. El régimen restringió las exportaciones de productos petroleros refinados, incluidos la gasolina y el diésel.
Los consumidores industriales y minoristas chinos respondieron con una demanda elástica, reduciendo sus compras. Los viajeros disminuyeron el uso de aviones y automóviles, y se volcaron hacia los vehículos eléctricos y el transporte ferroviario. China intensificó el funcionamiento de sus plantas eléctricas de carbón. Los productores químicos y las refinerías independientes redujeron su producción, incluyendo la nafta, que requiere insumos de petróleo. Para abastecer su base manufacturera, las industrias chinas recurrieron en cambio a sus reservas de productos químicos.
Las cifras del régimen y la información que permite filtrar no son del todo confiables, pues el PCCh oculta su dependencia del petróleo extranjero, una vulnerabilidad que podría utilizarse para influir en su toma de decisiones ante uno de sus peores temores: un bloqueo petrolero.
No obstante, las señales que ofrece la resiliencia económica de China frente a la pérdida del suministro iraní de petróleo, junto con la probable durabilidad de esa resiliencia, constituyen datos estratégicos fundamentales para cualquier conflicto futuro con China. Una guerra por Taiwán que derivara en un bloqueo naval estadounidense del petróleo chino, por ejemplo, tendría un impacto significativo, pero no tan rápido como a veces se supone.
Aun así, la competencia entre Estados Unidos y China es existencial para Washington y para la democracia en términos más amplios. Por eso merece una reflexión seria sobre las medidas estratégicas más contundentes contra el PCCh, incluyendo bloqueos navales de las importaciones de petróleo y la economía china en general. Los gasoductos rusos, uno de los cuales atraviesa Kazajistán, solo tienen una capacidad de unos 700,000 bpd, lo que resulta insuficiente para reemplazar las importaciones chinas por vía marítima.
Las ventajas militares de Estados Unidos frente a China se están erosionando, pero aún podrían permitir un bloqueo petrolero o comercial, cuyo potencial debería ser aprovechado por Washington en sus negociaciones con Beijing sobre cualquier asunto, incluyendo los relacionados no solo con Japón, Taiwán y Filipinas, sino también con el comercio internacional más amplio de China. Un embargo comercial al país podría afectar los intercambios chinos con todas las naciones, incluidas las de Europa y Asia.
Estas tácticas, hay que reconocerlo, incrementan el riesgo de una escalada militar entre Estados Unidos y China, pero el régimen en Beijing ya está transitando ese camino al ampliar gradualmente sus reclamaciones territoriales contra los aliados de Washington. No responder de manera proporcional a las agresiones de Beijing hace que Estados Unidos aparezca como un actor débil y le da a los halcones del PCCh argumentos para seguir expandiendo su territorio.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.



















