Opinión
En una lección para todos los gobiernos —del este, del oeste, del norte y del sur—, Beijing está teniendo dificultades para controlar las tecnologías críticas y, además, está pagando un precio por ello.
En Zhongnanhai, la gente sigue intensificando los controles para evitar que la tecnología que China ha desarrollado, especialmente en inteligencia artificial (IA), se filtre al resto del mundo.
Estos esfuerzos ponen de manifiesto la paranoia típica de los gobiernos autoritarios y no solo han aislado a los desarrolladores chinos del capital extranjero, sino que también han limitado el tipo de intercambio de ideas que, de otro modo, ayudarían a impulsar dichos esfuerzos tecnológicos, cualquiera que sea su punto de origen.
La señal más visible de este esfuerzo surgió el pasado mes de abril con una decisión de la Comisión Nacional de Reforma y Desarrollo (CNRD) de Beijing. Esta decisión obligó a la empresa estadounidense Meta Platforms a deshacer la adquisición de Manus, la startup china de inteligencia artificial, por 2500 mdd.
Aunque Manus trasladó sus operaciones y personal a Singapur en 2022, Beijing insistió en su autoridad, señalando que los activos clave de Manus —su algoritmo, datos y talento— tenían su origen en China y se desarrollaron con recursos chinos. Las autoridades de Beijing citaron preocupaciones por motivos de seguridad nacional y calificaron el acuerdo entre Manus y Meta, así como la conexión de Manus con Singapur, como una mera "evasión" de las legítimas preocupaciones y regulaciones de Beijing.
La cancelación del acuerdo no es un hecho aislado. Con ella llegó un mensaje a todas las empresas emergentes y de inversión chinas: las autoridades ya no tolerarán la práctica común conocida como "traslado a China", que consiste en cambiar el domicilio social de una empresa al extranjero para evitar las regulaciones y los controles de Beijing.
Esta noticia no debería sorprender a nadie en China hoy, especialmente a quienes trabajan en el sector tecnológico. Desde hace más de un año, Beijing ha intensificado el escrutinio sobre las empresas con estructuras offshore y ha hecho públicas sus preocupaciones.
Más allá del escrutinio, Beijing también ha ampliado considerablemente su marco regulatorio. China lleva mucho tiempo imponiendo controles de capital que, entre otras cosas, limitan la cantidad de divisas que las personas pueden comprar. Ahora, con las nuevas normas promulgadas recientemente por el Consejo de Estado chino, el Partido Comunista Chino se ha otorgado la facultad de revisar todas las inversiones en el extranjero que, a su exclusivo criterio, puedan afectar la seguridad nacional.
Según estas normas, las autoridades pueden ordenar a cualquier empresa que detenga sus actividades de inversión y se deshaga de las acciones y activos designados por Beijing.
El régimen chino ya ha ordenado a varios desarrolladores chinos de IA que rechacen la financiación estadounidense, mientras que la Administración Estatal de Divisas del Banco Popular de China estipula ahora que las empresas nacionales deben repatriar todos los fondos recaudados en el extranjero, a menos que se les conceda expresamente una exención oficial tras presentar la documentación correspondiente. Incluso se rumorea que Beijing pronto restringirá el trabajo de los ingenieros chinos en el extranjero.
Estas nuevas normas prometen complicar las cosas para las empresas conocidas como "red chips". Desde la década de 1990, las empresas chinas han mejorado su acceso al capital extranjero mediante la creación de empresas fantasma en el extranjero —generalmente en paraísos fiscales— para gestionar sus operaciones en China. Las nuevas normas de Beijing interferirán enormemente con estos acuerdos comerciales, que de otro modo serían exitosos.
El impacto ya es evidente. Fuentes en Hong Kong indican que, de las 41 nuevas empresas que han salido a bolsa este año, solo el 5 % tienen estructuras de capital riesgo. El año pasado, las empresas con este tipo de estructura representaban el 30 % de todas las nuevas cotizaciones en Hong Kong. Los reguladores incluso han solicitado a algunas empresas que cotizan en Hong Kong que trasladen sus operaciones principales de vuelta a la China continental.
El objetivo de Beijing es, sin duda, proteger los secretos de la IA para que no se filtren al resto del mundo, pero, en términos más generales, ejercer el mayor control regulatorio posible. Dado el poder policial del régimen chino, hay motivos para creer que Beijing tendrá éxito en este empeño. Sin embargo, al hacerlo, China perderá los beneficios del capital extranjero de los que sus empresas y startups han disfrutado durante décadas, especialmente en áreas como la tecnología.
Las restricciones a los flujos de capital, las inversiones y el personal pueden proteger algunos secretos tecnológicos, pero también privarán al esfuerzo de la financiación necesaria y limitarán las oportunidades de intercambio de ideas que en el pasado han impulsado los avances tecnológicos en cualquier parte del mundo.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.




















