Opinión
El mundo se enfrenta a un reto decisivo: cómo proporcionar energía asequible y fiable a una población en crecimiento, reduciendo al mismo tiempo el impacto medioambiental.
Con demasiada frecuencia, esto se plantea como una falsa disyuntiva: "combustibles fósiles" frente a "energías renovables", crecimiento económico frente a protección del medio ambiente, "sucio" frente a "limpio". Este planteamiento binario da a entender que existen opciones sencillas y claras. Pero en el mundo real, no es así.
Afortunadamente, gran parte de la ciudadanía, e incluso algunos políticos, están tomando conciencia. El realismo energético está en auge.
El realismo energético parte de una verdad sencilla: la energía es un medio, no un fin. La energía lo impulsa todo: hospitales, colegios, sistemas de transporte, producción alimentaria, redes de comunicaciones, etc. Una energía asequible y fiable saca a las personas de la pobreza, aumenta la esperanza de vida, mejora la educación y crea oportunidades. Sin ella, el progreso humano tiene dificultades para despegar o, si ya existía, entra en declive.
Más de 8 mil millones de personas comparten nuestro planeta, y miles de millones siguen aspirando a un nivel de vida que muchos en los países desarrollados dan por sentado. Miles de millones de personas carecen de acceso a electricidad fiable o dependen de la leña y el estiércol para cocinar y calentarse. A medida que crecen tanto las economías como las poblaciones, la demanda energética mundial seguirá aumentando.
Ignorar esta realidad no hace que desaparezca.
Los escenarios que apuntan a un descenso de la demanda energética mundial en el futuro, como el informe sobre energía con cero emisiones netas de 2021 de la Agencia Internacional de la Energía, no son ambiciosos, sino engañosos. La cuestión no es si el mundo consumirá más energía. Lo hará. La cuestión es cómo aumentar la energía asequible y fiable con el menor impacto medioambiental posible.
La energía eólica y la solar han alcanzado tasas de crecimiento notables y reducciones en los costos de generación durante la última década, y desempeñarán un papel importante en el futuro energético. Sin embargo, el realismo energético exige reconocer sus limitaciones y sus compensaciones, así como sus puntos fuertes.
Es evidente que la energía eólica y la solar son recursos intermitentes. Su implantación a gran escala requiere una costosa infraestructura de transmisión y sistemas redundantes de almacenamiento y generación de reserva para que resulten fiables. Lograr la fiabilidad a partir de fuentes poco fiables encarece el costo para los consumidores.
Al mismo tiempo, el carbón, el petróleo y el gas natural siguen satisfaciendo más del 80 % de las necesidades energéticas mundiales. Alimentan el transporte, proporcionan materias primas para innumerables productos y sustentan la generación eléctrica mundial regulable.
El realismo energético reconoce que el sistema energético mundial no puede transformarse de la noche a la mañana. Se trata de una red vasta e interconectada construida a lo largo de más de un siglo. Cualquier modificación significativa de ese sistema requerirá tiempo, inversión, innovación y una planificación cuidadosa.
Las políticas que ignoran las realidades físicas, las limitaciones económicas o las necesidades humanas corren el riesgo de generar consecuencias no deseadas. Entre ellas se incluyen el aumento de los costos energéticos, la reducción de la fiabilidad y una reacción pública justificada, como se ha observado en Alemania, el Reino Unido y California, países en los que los elevados precios de la electricidad y la gasolina son, en gran medida, autoimpuestos.
Una estrategia que abarque "todas las opciones" y que promueva la innovación en todo el espectro energético proporciona un suministro diverso y seguro. Eso significa ampliar la energía solar y eólica allí donde tenga sentido, impulsar la energía nuclear, mejorar la infraestructura de la red eléctrica, invertir en almacenamiento de energía y apoyar tecnologías emergentes como la geotérmica y el hidrógeno —y, a más largo plazo, la fusión y quizás la energía solar satelital—. También significa seguir reduciendo el impacto medioambiental del carbón, el petróleo y el gas natural, que siguen siendo esenciales para satisfacer la demanda energética mundial.
Es importante destacar que el realismo energético sitúa a las personas en el centro. La gestión medioambiental y los objetivos climáticos son importantes. Pero también lo son la asequibilidad, la fiabilidad y la salud económica, sin las cuales el medio ambiente se verá perjudicado.
El realismo energético exige que las políticas tengan éxito no solo en teoría, sino también en la práctica. Deben funcionar para las familias que equilibran sus presupuestos domésticos, a fin de evitar impactos económicos regresivos. Deben funcionar para las empresas que compiten en los mercados globales y para los países en desarrollo que buscan vías para salir de la pobreza.
El realismo energético no se opone a la acción climática. La refuerza porque fortalece las economías. Al basar las decisiones en hechos y no en aspiraciones, podemos construir soluciones duraderas que resistan los ciclos políticos y el escrutinio público. Podemos reducir los impactos medioambientales y las emisiones al tiempo que aumentamos la prosperidad. Podemos avanzar en los objetivos medioambientales sin sacrificar la seguridad.
La historia de la civilización humana ha estado impulsada por la innovación energética: de la madera al carbón, del carbón al petróleo y al gas natural, de la energía hidroeléctrica a la nuclear. Cada transición ha enriquecido y ampliado las capacidades humanas y ha mejorado la calidad de vida. El próximo capítulo no será diferente. Pero debe escribirse a través de la innovación, la inversión y el pragmatismo, no de la ideología. Es difícil negociar con la física.
El realismo energético no es una renuncia a la ambición; es un compromiso con los resultados. Necesitamos más energía, no menos, con un menor impacto medioambiental. Necesitamos soluciones energéticas realistas que reconozcan la complejidad de los sistemas globales y la diversidad de las necesidades humanas.
El realismo energético no consiste en elegir una fuente de energía en detrimento de otra. Se trata de elegir el progreso frente a la polarización, los hechos frente a los eslóganes y las soluciones prácticas frente a las ilusiones.
Si nos tomamos en serio la construcción de un futuro próspero, seguro y sostenible desde el punto de vista medioambiental, el realismo energético debe marcar el camino.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.















