La mirada de nuestros visitantes debería abrirnos los ojos sobre Estados Unidos

Los aficionados al fútbol de Estados Unidos celebran su victoria tras el partido del Grupo D de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre Estados Unidos y Australia en la Zona de Aficionados de la FIFA, situada en el National Mall de Washington, el 19 de junio de 2026. La Zona de Aficionados de la Copa Mundial de la FIFA 2026 se ha instalado como parte de la celebración del 250.º aniversario de Estados Unidos y acogerá partidos diarios a pocas manzanas del Capitolio de Estados Unidos. (Al Drago/Getty Images).

Los aficionados al fútbol de Estados Unidos celebran su victoria tras el partido del Grupo D de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre Estados Unidos y Australia en la Zona de Aficionados de la FIFA, situada en el National Mall de Washington, el 19 de junio de 2026. La Zona de Aficionados de la Copa Mundial de la FIFA 2026 se ha instalado como parte de la celebración del 250.º aniversario de Estados Unidos y acogerá partidos diarios a pocas manzanas del Capitolio de Estados Unidos. (Al Drago/Getty Images).

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Roger Koopman
2 de julio de 2026, 6:44 p. m.
| Actualizado el2 de julio de 2026, 6:44 p. m.

Opinión:

Está por todas partes en Internet. La fascinación —incluso el enamoramiento— que despierta Estados Unidos en el extranjero, ahora que ciudadanos de todo el mundo visitan nuestras costas con motivo del Mundial. Cientos de miles de personas que nos alaban mientras critican duramente a sus medios de comunicación locales por mentirles.

En más de un sentido, estaban viendo Estados Unidos por primera vez. Sus lugares de interés y sus paisajes. Sus tiendas y sus estadios. Y, sobre todo, estaban conociendo a su gente. Y ha sido amor a primera vista.

Escuchar sus conmovedores testimonios resulta a la vez edificante y unificador. Teniendo en cuenta la falsa narrativa que se ha inculcado, sobre todo a los europeos, acerca de la cultura estadounidense plagada de delincuencia y de su economía capitalista descarada, el hecho de que estas buenas personas crean en lo que ven, y no en lo que han oído, sugiere que el "milagro de América" puede resultar evidente para prácticamente cualquiera que esté dispuesto a observarlo con honestidad. Incluso para los propios estadounidenses.

Pero, ¿tienen los ojos de nuestros amables visitantes completamente abiertos, o están pasando por alto las realidades más importantes sobre nuestro país, su historia y sus principios fundacionales —realidades que hicieron posible todo lo que les encanta de Estados Unidos?

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Su entusiasmo se centra en tres temas principales, siendo el primero su reacción de asombro ante la riqueza material de Estados Unidos, su inmensidad y la variedad de opciones de consumo. No se cansan de nuestras tiendas y restaurantes, de nuestras grandes casas y nuestras grandes camionetas. Incluso nuestra infraestructura les impresiona. Todo esto, por supuesto, refleja la gran riqueza de Estados Unidos. Pero, ¿de dónde provienen esa riqueza y esa prosperidad?

Luego está la abrumadora belleza de la naturaleza estadounidense, de la que se habla casi con reverencia, como si nuestros fundadores tuvieran un trato especial con la Madre Naturaleza. Nuestros paisajes son alucinantes.

Su tercera observación es la más reveladora. Hablan de lo mucho que quieren al pueblo estadounidense. Una y otra vez, se deshacen en elogios hacia nuestra amabilidad, nuestra disposición a ayudar, nuestra bondad y nuestra generosidad, de una forma tan natural y personal que muchos sintieron que estaban más a gusto en Estados Unidos que en su propio país. No solo se les aceptó. ¡Se les animó!

Una señora inglesa dio en el clavo al señalar la actitud positiva de los estadounidenses. "En casa, siempre tengo que hacerme pequeña. En Estados Unidos, me dicen: '¡Adelante!'". Se sintió liberada.

Eso lo dice todo. Casi en cualquier lugar del mundo al que vayas, la gente está acostumbrada a estar bajo el yugo de la autoridad civil y a tener que pedir permiso al gobierno para perseguir sus sueños y vivir sus vidas. Tienen que abrirse paso entre un ejército de burócratas que han inventado mil formas diferentes de decir "no".

Luego llegan a Estados Unidos y oyen las palabras "¡adelante!". ¡Toma la iniciativa! ¡Sigue tus sueños! ¡Imagina lo posible! ¡Tú puedes hacerlo! Ese es el espíritu de una nación libre. El lenguaje de un pueblo libre. Y les encanta. Es contagioso. Quieren quedarse.

La lección que deberían aprender nuestros amigos extranjeros es que el corazón y el alma de Estados Unidos tienen muy poco que ver con nuestra comida rápida y nuestros coches velozes, nuestras megacasas y nuestras megatiendas. Todo ese brillo y esplendor que atrae su atención no es más que una imagen, testimonio de la libertad que lo ha generado. La libertad de intentarlo. La libertad de triunfar. La libertad de fracasar y volver a intentarlo.

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Históricamente, esa libertad se fundamenta en la fe y en una Declaración de Independencia que nos distingue del resto del mundo. Cuando Thomas Jefferson escribió aquellas palabras inmortales, "dotados por nuestro Creador de ciertos derechos inalienables", tanto él como los firmantes sabían que estaban fundando un nuevo tipo de país bajo Dios, donde los derechos y libertades de cada ciudadano eran "naturales", inalienables e inviolables, precisamente porque habían sido otorgados por el Gran Legislador, y no por el hombre. Ningún hombre ni ningún gobierno humano podía alterarlos ni anularlos.

Nuestra Constitución lo detalla con precisión, limitando el poder y las prerrogativas del gobierno civil. Fue sobre este fundamento sobre el que se construyó el Experimento Americano y ha prosperado durante 250 años. Nuestros amables visitantes están viendo esa prosperidad. Pero lo que más necesitan ver es el fundamento. Los hombres dan lo mejor de sí mismos cuando se les deja libres. Y esa libertad debe estar garantizada, no supeditada a las próximas elecciones.

La libertad sin virtud y sin fe es una silla sin patas. No es más que privilegios temporales concedidos por el Estado, no libertad. No es libertad. Las naciones del mundo dan testimonio de la locura y el fracaso de un gobierno sin límites, que se ha interpuesto en lugar de Dios. Estados Unidos se erige en solitario sobre unos cimientos de libertad basada en la fe.

Nosotros, los estadounidenses, más que nada, necesitamos volver a aprender nuestra historia y redescubrir las verdades fundamentales que nos hicieron —y nos mantendrán— grandes y libres.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.


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miguelarti

3 de julio de 2026

Doy fe de la realidad de las palabras en este artículo. Sin libertad plena, todo lo demás es utopía. De la libertad nace la grandeza y jzmás puede quebrarse la esperanza.

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