Opinión
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias el Mencho y jefe absoluto del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), se ha convertido en un parte aguas para el régimen morenista, tanto por el resultado de la operación en contra de este criminal así como por las perspectivas que surgen de este hecho.
La operación para su captura demostró la capacidad militar de México, reconocimiento que no debe escatimarse, lo cual pone en cuestión se requiera la cooperación de tropas extranjeras para enfrentar a las organizaciones criminales en nuestro país. Es la mejor respuesta a la inquietud del presidente Donald Trump. Pero también cuestiona un hecho: ¿por qué se permitió —y de quién es la responsabilidad— el empoderamiento territorial, logístico, armado, tecnológico, político, social y operativo de este Cártel?
El CJNG es tan sanguinario que la propia Mafia italiana —según Fajtona Mejdini, directora del Observatorio de Iniciativa Global contra el Crimen Organizado— prefirió abstenerse de hacer tratos con el mismo, pues consideraban a su jefe como un sádico intratable.
Sobre la brillante operación de captura de este criminal de alto perfil ya se ha hablado suficiente; estuvo basada en inteligencia nacional a cargo del secretario de Seguridad Pública, Omar García Harfuch, así como en la cooperación estadounidense, lo que permitió al Ejército y sus fuerzas especiales una acción efectiva en el terreno.
La manera cómo los aviones de la Fuerza Aérea Mexicana desactivaron los dispositivos lanza misiles de tecnología china instalados como protección del jefe criminal —ante una eventual incursión en su contra— es una muestra de ello, así como la eficiente y letal acción de los soldados para responder a la defensa de sus guardianes.
Debe señalarse que la muerte de Nemesio Oseguera, quien fue herido durante el operativo, ha despertado especulaciones. Se hubiera querido su testimonio en una Corte estadounidense sobre la red de complicidades gubernamentales, pero éstas a nivel regional, estatal y federal ya han sido rastreadas y se sabe lo suficiente.
Desde la complicidad directa como la del alcalde de Tequila, Jalisco —entre otras— quien ya está en la cárcel hasta la pasividad cómplice del anterior jefe del Ejecutivo, Andrés Manuel López Obrador, las responsabilidades penales y políticas en torno al encumbramiento de esta organización criminal ya se han dirimido.
En 2015 un helicóptero de las Fuerzas Armadas y con personal de élite fue derribado con un misil de hombro lanzado por guarda espaldas de Nemesio Oseguera. Este tipo de misiles fueron fabricados para uso de los mujaidines durante la invasión soviética en Afganistán.
¿Cómo llegó a manos de los criminales del CJNG? No se sabe de ninguna indagatoria en este sentido. El hecho es que doce militares murieron al dirigirse a la región donde podían detener a un capo que apenas despuntaba en las grandes ligas. En ese entonces la Marina localizó a la célula criminal y un helicóptero artillado los bombardeó de manera implacable. Andrés Manuel López Obrador, que se preparaba para su tercera elección hacia la Presidencia, cuestionó dicho ataque y lamentó la muerte de los sicarios. Nunca mencionó a los militares caídos cumpliendo con su deber.
Este es el meollo de la situación actual. La política de pasividad frente al crimen organizado por parte del obradorismo debe denunciarse abiertamente como una política cómplice.
Desde la Presidencia de la República en el sexenio pasado se permitió creciera de manera vertiginosa el CJNG —al igual que otros grupos criminales— que se fue fortaleciendo en el uso de tecnología militar de punta.
El CJNG es un Cártel despiadado que acostumbra atacar civiles en su reclutamiento forzoso, en el ejercicio de sus extorsiones —han instalado, por ejemplo, asociados con criminales locales minas para crear terror en zonas agrícolas—, dedicados a la trata, los secuestros, la tortura, las desapariciones, los delitos en las carreteras y, por supuesto, el narcotráfico que ha ido de las metafentaminas al fentanilo. Quizás bajo la presión del gobierno de Trump, pero el gobierno de Claudia Sheinbaum ha actuado correctamente. No puede haber un grupo criminal que se convierta en un Estado subterráneo, decidiendo incluso elecciones e imponiendo ya gobiernos locales.
Un supra Estado convertido en el verdadero poder en medio de la anarquía criminal y oprimiendo y aterrorizando a la sociedad. Al parecer el objetivo es impedir que México sea un Estado fallido.
¿Qué se puede criticar de esta decisión? Ante una acción de esta importancia, que la Presidente se haya ido de gira sin operar desde un war room o sala de situación, pareciera una concesión al obradorismo, casi un “yo no fui”, al enterrar la infamia de la política de pasividad cómplice.
Pero esto influyó negativamente, pues no pudo coordinar la protección de civiles ante la previsible reacción de los criminales, por ejemplo en las carreteras, o con los gobernadores de las entidades afectadas.
La otra cuestión tiene que ver con la ruptura con el pasado inmediato, Claudia Sheinbaum no puede seguir siendo complaciente con autoridades locales implicadas o políticos en su gabinete o incluso en su propia oficina presidencial (como el ave de tormentas, Jesús Ramírez Cuevas).
Para que el giro sea de 90 grados debe renacer el Estado mexicano y eso significa que la Presidente deje de presidir un gobierno faccioso —la famosa “4ª Transformación”— y se convierta en Jefe de Estado. Que para ella los mexicanos, todos, sean más importantes que el Único, Andrés Manuel López Obrador.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.














